in

El profeta predica la liberación

Foto: Megamedia

Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

En toda Yehudá (Judea) y Ha Galil (Galilea), dijo el profeta, hay una grave crisis política, social y religiosa.

El pueblo elegido, sentenció el bautista, está asqueado de la superficialidad y corrupción de los sacerdotes del templo de Yurusalim. Ya no representan para él ni la voz ni la presencia de Ha Elohim.

El pueblo se siente impuro, abandonado de Dios.

Exiliado en su propio territorio, como cuando lloraba a orillas de los ríos de Babel, añorando el cumplimiento de aquella lejana profecía de Yechezkel, “los rociaré con agua limpia y quedarán puros”.

Con razón, cuando anuncié un bautismo de arrepentimiento y purificación, recordó el profeta, con fe —y nueva esperanza— el pueblo se agolpó a orillas del Yarden buscando ser purificados.

Con razón —reflexionó el precursor— cuando aparece Yeshuá de Natzrat predicando con autoridad —y no como los Soferim (Escribas) y Perushim (Fariseos)— a un Dios cercano, misericordioso —Abbá— que hace ver a los ciegos y caminar a los cojos; hace oír a los sordos, resucitar a los muertos y que anuncia el perdón de los pecados y la liberación a los pobres, el pueblo alaba a Dios diciendo, “un gran profeta ha aparecido, Yahveh camina de nuevo con su pueblo”.

Atisbamos ya a la izquierda la gran metrópoli de Gerasa y a la derecha el río Jabok delinea la frontera norte de Perea. En ese momento, la advertencia de Julius al bautista resonó de nuevo: “en Perea, eres reo de muerte”.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

México recupera primer lugar como principal socio de EE.UU.

Sube el mero: $210 el kilo