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“El ser humano es posibilidad”: Mariana Enríquez

“Nuestra parte de noche” (editorial Anagrama)

Aun a plena luz del día, bajo un Sol incompasible, los personajes de las historias de Mariana Enríquez están envueltos en oscuridad. Son tinieblas en las que coexisten lo que el consenso llama “mal” y “bien”, ambivalencia con la cual la escritora argentina explica la complejidad del ser humano.

“La maldad es un concepto moral que no manejo en mis textos”, dice la autora de cuentos y novelas, periodista del diario “Página 12” y directora de Letras en el Fondo Nacional de las Artes de Argentina. “Trabajo sobre el lado oscuro, pero no lo pienso como algo que tiene que ver con el mal exclusivamente”.

Premio Herralde de Novela 2019 (por “Nuestra parte de noche”) y Premi Ciutat de Barcelona 2017 (por la colección de cuentos “Las cosas que perdimos en el fuego”), Enríquez es finalista —con los relatos de “Los peligros de fumar en la cama”— de la edición 2021 del Premio Booker Internacional, que el 2 de junio anunciará su elección del mejor libro de ficción traducido al inglés y publicado en Gran Bretaña o Irlanda.

El domingo 25 pasado la autora compartió aspectos de sus inicios en la escritura durante una lectura de obra en la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (Filey), evento que hizo posible su presencia virtual en Mérida, una de las ciudades mexicanas que no conoce, como admite al Diario.

Tu literatura está poblada de maldad. ¿Qué hay de la idea de que el ser humano es en esencia bueno?

El ser humano en esencia es posibilidad. Y esa posibilidad son puros matices. Salvo villanos célebres, habría poca gente que yo podría decir que es mala. El ser humano es capaz de grandes maldades y de grandes bondades; por eso es tan confuso y complejo no solo él sino nuestras sociedades, porque están formadas por comportamientos donde se mezcla todo: un criminal vuelve a casa y es amoroso con su familia o un hombre muy rígido en cuestiones morales es un padre abusivo. El mal y el bien no son conceptos de lo humano, sino abstractos.

Cuentas que parte de ese lado oscuro viene de mitos latinoamericanos. ¿Tu obra podría ser un realismo mágico de lo oscuro?

No, mi literatura es fantástica. El realismo mágico es un género que solo se aplica a García Márquez y a algunos de sus epígonos. Una de las características de la literatura de García Márquez, y en todo caso del boom latinoamericano, es el optimismo. En los años 60 América Latina estaba llena de posibilidad, sobre todo en términos políticos y sociales, y mi literatura ya no corresponde a ese estado de ánimo, no puedo escribir con esa luminosidad. Incluso en los momentos más oscuros de cualquier texto de García Márquez hay cierta vitalidad y una explosión de optimismo que no creo que se pueda reproducir. También, esas novelas son en su mayoría de escritores varones; había escritoras mujeres pero estaban en un total segundo plano, muy diferente a lo que está pasando en América Latina hoy.

En este momento América Latina es muy diferente, es una generación mucho más pesimista.

Esta visión que tienes de la sociedad, ¿qué tanto es dibujada por tu trabajo como periodista?

Es difícil saberlo porque empecé a trabajar de periodista a los 20 años, es casi la mitad de mi vida; supongo que me formó mucho. Me interesa la política, la historia... El periodismo está en un momento muy crítico. Siempre estuvo atravesado por cuestiones que tienen que ver con la propiedad de los medios, el poder; pero en este momento se le agregan dos cosas que lo presionan mucho: el afán del clic, la necesidad de competir con las redes sociales, y la falta de rigurosidad en la información, que tiene que ver con la precarización laboral de los periodistas y lo fácil que es diseminar una falsa noticia en redes. Mi subjetividad como periodista también está cambiando, preguntándome cómo va a hacer para sobrevivir el oficio en esta crisis mundial.

¿Tienes algún criterio para decidir qué idea desarrollar como novela y como cuento?

Siempre es un poco instintivo, pero me di cuenta con los años que la diferencia más clara es que lo que tengo para empezar un cuento es una idea, una imagen; en cambio, con la novela los que se me ocurre primero son los personajes en una situación y de ahí va surgiendo una trama. Los personajes en los cuentos son representaciones de las ideas; en una novela son personas, converso con ellos, discuto, los obligo a hacer cosas.

Con la fama literaria llegaron las invitaciones a entrevistas, que no disfrutabas. ¿Qué está haciendo mal el periodismo cultural al difundir las obras literarias?

Ahora no sufro nada. El padecer en ese momento tenía que ver muchísimo con mi edad —tenía 19, 20 años— y con que los periodistas estaban más interesados en mi vida que en lo que escribía. Y eso es un problema del periodismo cultural cuando trata con cualquier artista, hay muchísimo interés por la vida. En este momento eso no me molesta porque estoy muy segura, pero cuando tenés 19 años es más difícil, porque estás saliendo de la adolescencia y tenés mucho pudor. A veces me pasa como periodista no poder darle al público los suficientes argumentos para sostener por qué es poderosa una obra sin tener que recurrir además a contar quién es y qué le pasa a la persona. En el momento en que yo lo padecí era casi un bicho extraño: una chica de 19 años que escribía literatura con contenido homoerótico, sobre drogas. En algún sentido lo entiendo, es posible que yo hubiese hecho lo mismo; pero, claro, cuando uno está del otro lado es muy incómodo.

¿Te involucras en el proceso de traducción de tus obras?

Me involucro sobre todo con mi traductora al inglés (Megan McDowell), porque el inglés y el francés son los idiomas que manejo mejor. Pero tengo la suerte de tener en ambos casos traductoras muy libres, que traducen solas muchísimo texto y trabajan conmigo las dudas, que en muchos casos tienen que ver con cuestiones culturales intransferibles. La traductora en inglés vive en Chile, así que es más fácil con ella, porque hay más cosas en común. Con la francesa es a veces más intenso el intercambio. Y con las demás no sé (ríe). También por la personalidad que tienen ellas, que son muy seguras, el trabajo es intenso, breve y cuando tienen la versión final; no son traductoras que están todo el tiempo preguntándome. Pero lo leo poco, no soy muy obsesiva.

¿Hay diferencias en la manera en que se aprecia tu obra cuando te leen en inglés y en español?

Hay bastante que se pierde en la traducción, lo que tiene que ver con costumbres. En América Latina, aunque no todos tenemos las mismas experiencias, cuando hablamos de violencia institucional todos sabemos de lo que estamos hablando; si hablamos de guerra civil, del narco... aunque lo suframos de distintas maneras estamos en un universo que contiene este tipo de problemas, que comprendemos aunque no los vivimos. Muchos de los lectores británicos y norteamericanos tienen un total desconocimiento de América Latina en general, no solamente de Argentina. Cuando hablo con los lectores o hago entrevistas allá tengo que darles mucha información, desde lo muy elemental: que no todos los países son iguales, que no es lo mismo el México de la frontera con Estados Unidos que el del Sur, que en América del Sur nuestra relación con Brasil es distante y tiene que ver con la lengua... La literatura fantástica no puede ser leída sin esas referencias. Esa desigualdad cultural tan pronunciada la sabía teóricamente, pero al compartir mi obra en el ecosistema cultural de esos países lo noté de una manera brutal. Ahí te das cuenta que ellos no te ponen en un lugar exótico solamente por pereza, sino porque realmente sos exótico para ellos. Ese ecosistema cultural del Norte ve una especie de mancha sin demasiadas diferenciaciones y en algunos casos le interesa muchísimo saber más y en otros casos sinceramente no. Lo curioso es que es al revés con nosotros: es irrelevante si nos interesa o no; llega.

¿Cambiaría en algo tu vida como escritora el ganar el Booker Internacional?

En mi vida personal, no. Sería muy grato, me halagaría, disfrutaría muchísimo; pero no. Los premios, sobre todo los de este tipo, son importantes porque no mandé obra, la eligieron ellos, y te hacen bien porque son un reconocimiento. A veces los premios son un arma de doble filo, más allá de que te hacen vender más libros también crean expectativas; dependiendo de la personalidad del escritor eso te puede paralizar o poner desafiante y decir: voy a escribir algo más poderoso. Las expectativas son muy difíciles de cumplir; uno puede escribir un libro buenísimo pero a lo mejor no cumple las expectativas de los demás, que son subjetivas. Siempre fui una escritora muy apegada a mis gustos, mi mundo, sin pensar mucho en la crítica, incluso en los lectores; no hago muchas concesiones en el sentido de que sigo escribiendo lo que me gusta y no tengo mucha noción de qué esperan los demás. Tampoco sé escribir de otra manera, me cuesta mucho salirme de mis intereses.- Valentina Boeta Madera

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