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El síndrome de Stendhal

Franck Fernández Estrada (*)

Ya desde los años 1700, los jóvenes nobles de Europa, en particular los ingleses, se dedicaban a hacer un gran viaje por ese continente, más precisamente visitaban Italia y Grecia.  Es lo que se llamaba “Le Grand Tour”, este viaje era casi iniciático, el paso a la edad adulta. Después regresaban a ocuparse de algo o a casarse e iniciar su adultez.

Más adelante, en la medida en que continuaba desarrollándose una burguesía con posibilidades económicas y gustos estéticos, también hubo más condiciones de confort para los viajeros y se hicieron cada vez más populares los viajes al extranjero para conocer lo que estaba más allá del horizonte. Fue el germen del turismo de masa actual que, en aquellas épocas, solo estaba al alcance de unos pocos.

Existió el gran escritor francés Henri Beyle, nacido en la ciudad de Grenoble en 1783. Henry escribía sus novelas bajo el seudónimo de Stendhal. Él fue el autor de varias famosas novelas, de las cuales las más conocidas son “El rojo y el negro” y “La cartuja de Parma”.

Stendhal, después de haber participado en las guerras napoleónicas y de haber trabajado en el Ministerio de Defensa, se dedicó a viajar por buena parte de Europa. Evidentemente, Italia era destino obligatorio y allá fue en un viaje en 1817.

La narración de estos viajes las recogió en una obra que denominó “Roma Nápoles Florencia”. Durante su viaje por Florencia, al salir de una de las principales iglesias de esta ciudad, la Santa Croce, tuvo un sentimiento que describió de la siguiente manera en su libro: “Al salir de la Santa Croce, sentí un fuerte latido del corazón, la vida se acababa dentro de mí, caminaba con el temor de caer”. Sintiéndose mal, no encontró nada mejor que sentarse en un banco que encontró y comenzó a leer versos, lo que completó más el malestar.

Esta fue la primera descripción de algo que bastantes años más tarde fue clasificado como “síndrome de Stendhal”. Esto lo hizo en 1979 la psiquiatra italiana, florentina para más señas, Graziella Magherini.

Graziella trabajaba en el Hospital Central de Florencia. Ahí observó y describió este padecimiento en más de 100 casos, todos turistas extranjeros que iban a ese hospital a buscar ayuda.

Los afectados referían sentimientos y afecciones similares a los descritos en 1817 por el famoso escritor: sofocación, taquicardia, sudoraciones, incluso algunos hablan de alucinaciones. Se considera que todo se debe a una sobredosis, a una sobrecarga de arte que es lo que el turista advertido recibe en Florencia.

Se sienten abrumados por la enorme cantidad de obras de arte en tan poco espacio de tiempo y en tan reducido espacio. Los que sufren estas sensaciones dicen que sienten como una compenetración, un entendimiento, un acercamiento espiritual con los artistas que nos legaron su trabajo.

El hecho de que esto ocurra en Florencia no es casual. Esta ciudad no es solo la cuna del idioma italiano contemporáneo gracias a uno de sus más distinguidos ciudadanos, Dante Alighieri, quien en su magnífica obra “La Divina Comedia” dejó sentadas las bases modernas de ese musical idioma.

También es la cuna del Humanismo y del Renacimiento. El Renacimiento fue un movimiento muy importante que se dio en los años 1400. En gran medida fue patrocinado por los “patrones” de la ciudad, la familia de los Médici.

Los Médici eran banqueros que no solamente supieron enriquecerse y aumentar su poder, sino que también supieron rodearse de y alentar a grandes artistas que, gracias a su patrocinio y apoyo, dejaron para nuestros ojos y disfrute contemporáneo las más hermosas obras de pintura, escultura y arquitectura.

Por muy criticados que hayan sido los Médici, es a ellos a quienes debemos agradecer el trabajo de artistas de la talla de Sandro Botticelli, Miguel Ángel, Donatello, Leonardo da Vinci, Raffaello…

En Florencia se da esta gran acumulación de arte. La ciudad tiene 50 museos en total, una enorme cantidad de iglesias que, a su vez, también son verdaderos museos gracias a las estatuas, las pinturas y los murales que encierran. No se mentiría al decir que toda la ciudad de Florencia es un museo.

En cuanto a la Santa Croce, se puede decir que es una iglesia franciscana, construida sobre una ya existente. Su edificación actual comenzó en 1294. Fue una obra subvencionada por el pueblo de Florencia y por la república florentina. Es la mayor iglesia franciscana del mundo y, con el paso de los siglos, se ha convertido en panteón. Ahí se encuentran las tumbas de personajes como Giacomo Rossini, Miguel Ángel, Maquiavelo, Galileo Galilei... También hay un espacio dedicado para Dante, pero el gran poeta no se encuentra enterrado en la Santa Croce.

Para visitar la tumba de Dante, habría que ir a Rávena, puesto que en Florencia, las autoridades de la ciudad lo habían desterrado en vida. En los años 1500 una delegación florentina fue a buscar los restos de Dante para llevárselos a Florencia. Incluso había una orden papal para este fin. En esos momentos, el Papa era un Médici.

Los curas de la iglesia del también convento franciscano de Rávena, donde se encuentra la verdadera tumba de Dante, escondieron sus restos para que no pudieran ser llevados a Florencia.

Pero volvamos a nuestro síndrome de Stendhal. Se dice que las personas más propensas a sufrirlo en Florencia son personas con un elevado conocimiento artístico, muy alta sensibilidad, las personas emotivas, aquellas que saben reconocer las obras de un pintor de otros o los diferentes estilos.

Se da más entre europeos y norteamericanos que entre los asiáticos. Más entre las personas mayores que entre los adolescentes. También se le ha dado el nombre de “síndrome del viajero” o “síndrome de Florencia”.

Hay personas que dicen que esto del síndrome es algo inventado, otros dicen que es para llamar la atención y también por la propia ciudad de Florencia con fines publicitarios, con el fin de traer una mayor cantidad de turistas que, en definitiva, es un ingreso importante de dinero para la ciudad.

Otros consideran que se debe al normal agotamiento de los viajeros por tantas horas de viaje y de caminatas, algunos sin haber comido como es debido.

También se conoce el síndrome de Jerusalén, que es el que sufren algunas personas, pero ya no por la influencia del arte, sino por el hecho de estar en los lugares en los que viviera Jesús y que fueron también testigos de Su Pasión. Este síndrome, a diferencia del síndrome de Stendhal, se reconoce por un despertar, por una exaltación mística.

En lo que a mí respecta, les quiero confesar que puedo pasar horas y horas dentro de un museo sin agotamiento. Es cierto que el sobrecogimiento, la admiración y el entusiasmo están presentes, pero nunca he sentido ningún síntoma del síndrome de Stendhal.

(*) Traductor, intérprete y filólogo.

altus@sureste.com

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