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El síndrome K

Franck Fernandez

Por: Franck Fernández(*)

En el momento que escribo esta crónica, seguimos en contingencia por el coronavirus. El mundo sigue encerrado en su casa y en espera de lo que va a pasar. En el pasado ya he escrito sobre otras epidemias y pandemias que han afectado a la humanidad. He hablado de la fiebre amarilla y de cómo un doctor cubano, Carlos Finlay, descubrió cuál era el agente transmisor, el mosquito aedes aegyptis. He hablado sobre la gripe española que atacó al mundo inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial causando más muerte que la propia guerra. He hablado de la quinta pandemia de cólera del siglo XIX en su paso por San Petersburgo y su relación con la muerte del conocido compositor ruso Chaikovski. He escrito sobre la epidemia de peste bubónica de 1720 en Marsella que, por codicia de unos pocos, diezmó a esa ciudad y a toda la Provenza. También he escrito sobre el sudor britanicus, que afectaba fundamentalmente a jóvenes varones nobles ingleses en el medioevo.

Todas estas epidemias y pandemias causaron muerte, dolor, destrucción de la estructura social y económica. Sin embargo, hubo una epidemia que surgió en Italia en los años 1940 y que, a pesar de ser extremadamente contagiosa y causar elevada mortandad, fue una epidemia benéfica que, en vez de causar muerte, lo que generó fue vida y esperanza. Esta epidemia fue más política que sanitaria. Pero para explicarla debemos hacer un poco de Historia.

En 1922 sube al cargo de Primer Ministro de Italia el fundador y líder del Partido Nacional Fascista, Benito Mussolini. Este movimiento sirvió más adelante a Hitler como ejemplo en la fundación de su Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Sin embargo, sí es claro que Hitler fue mucho más allá en sus ideas de preponderancia de su raza, en el dominio del mundo y en el exterminio de todos aquellos que no fueran arios... es decir, todos nosotros… el resto de la humanidad. Objetivo de predilección del régimen nazi alemán en sus afanes de exterminio eran los homosexuales, los opositores político (en particular socialistas y comunistas), los gitanos, los católicos, las personas con deficiencias mentales y los judíos. No es necesario repetir aquí cómo fueron tratados los judíos por los alemanes nazis. Sin embargo, si bien en la Italia fascista hubo muy fuertes leyes segregacionistas, es necesario reconocer que, en sus comienzos, Benito Mussolini no tenía ideas de exterminio.

Mussolini partía del principio de que no había que perseguir a los homosexuales porque los italianos son muy machos y no existen los unos entre los otros. En cuanto a los judíos, consideraba que se habían establecido en Italia desde la época de los emperadores romanos y, con altas y con bajas, formaban parte de la historia del país. Incluso importantes dirigentes fascistas eran judíos. Así estaban las cosas hasta que se adelantaron los acontecimientos: la entrada de las tropas aliadas a Italia por el sur del país, la destitución de Mussolini de su cargo por el Consejo Fascista y por el Rey, su apresamiento, posterior rescate de Mussolini por tropas especiales enviadas por Hitler a su rescate y el regreso de Mussolini a Italia con la creación de una república fantoche, la conocida como República Social Italiana o República de Saló. Con esta republiqueta, realmente los que gobernaban el país eran los oficiales de la Gestapo. Desde Berlín llegaban las órdenes que Benito debía acatar. Ya no era el hombre fuerte de la política italiana que había sido. Entre las medidas que tomaron los alemanes ya a cargo de las riendas del gobierno fue eliminar físicamente a los judíos, cosa que hasta ese año no se había hecho.

Estamos hablando de 1943 y en Roma, a orillas del río que atraviesa esa ciudad, el Tíber, había una comunidad judía ahí establecida desde antaño. Era el gueto de Roma. Frente a este ghetto se encuentra la isla Tiberina y, desde 1539 en esta isla existía un hospital, el Ospedale Fatebenefratelli, fundado y dirigido por los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Si queremos hacer una traducción del nombre de este hospital nos da algo como: Los hermanos que hacen el bien. Las incursiones de los nazis alemanes al ghetto de Roma comenzaron el 16 de octubre de 1943. En esos momentos el hospital era dirigido por un reconocido médico cirujano, Giovanni Borromeo.

La historia del Doctor Borromeo era singular. Por su prestigio profesional, las autoridades fascistas le habían propuesto el cargo de Director de los Hospitales de Roma. La condición era que tenía que afiliarse al Partido Fascista. Como la posición del doctor era contraria a las de los fascistas, Borromeo no aceptó el cargo. Sin embargo, existía un acuerdo entre las autoridades fascista de Italia y el Vaticano por el cual las instituciones religiosas no tenían que cumplimentar las disposiciones de las instituciones públicas y privadas italianas. De inmediato fue llamado el Doctor Borromeo al Ospedale Fatebenefratelli como director. También los sacerdotes recibieron a doctores judíos que no podían ejercer en las instituciones públicas ni privadas italianas de salud para que continuaran su trabajo. La Iglesia les procuraba falsa identificación.

Al hospital de alguna forma llegaban los judíos que lograban escaparse de las persecuciones de los alemanes y allí eran acogidos por los sacerdotes. Era evidente que en cualquier momento el hospital también sería visitado por las hordas alemanas y fue así, como precaución, que otro doctor del hospital, Adriano Ossicini, tuvo la idea de abrir un expediente médico a estos refugiados, confinarlos en un ala del hospital y poner en la puerta un cartel con la nota: “Cuidado, área de alto contagio”. En el expediente médico se indicaba el diagnóstico: Síndrome K. Es evidente que este síndrome no existe en ningún libro de literatura médica. Era una estratagema para proteger a los judíos.

En el alfabeto italiano no existe la letra K, por lo que, al darle nombre a esta enfermedad, tomaron la letra K, Kappa, del alfabeto griego. También le llamaban “il Morbo di Kappa”. Pero las actividades de los médicos y sacerdotes del Ospedale Fatebenefratelli no se limitaban a esconder a judíos. Dentro de las instalaciones del hospital también instalaron una estación de radio para comunicar información de inteligencia a los partisanos, que es como en Italia llamaban a los guerrilleros que luchaban contra la opresión.

El nombre de Síndrome K fue escogido por los apellidos de dos importantes ocupantes alemanes tristemente célebres en la Italia de esos negros días. El primero era Albert Kesserling, comandante alemán de la plaza de Roma, y el otro era el jefe de las SS, Herbert Kappler que tenían en común la letra inicial de sus apellidos.

Pronto los alemanes identificaron el lugar desde donde salían las transmisiones de radio, pero, gracias a una advertencia, los sacerdotes recogieron todo el material de transmisión y lo tiraron al Tíber. Cuando llegaron los alemanes no encontraron nada. En cuanto a los judíos, de los que se calcula fueron unos 350 en total, se les enseñó a toser de forma grotesca para saber cómo actuar en caso de que vinieran los alemanes. Esto no fue necesario. Cuando llegaron los alemanes a revisar el hospital, los doctores le explicaron que en aquella ala del hospital había enfermos extremadamente contagiosos con una enfermedad desconocida, el Síndrome Kappa. Los alemanes, ignorantes y cobardes, pusieron pies en polvorosa y nunca más volvieron al hospital. Así continuaron los sacerdotes y los doctores del Ospedale Fatebenefratelli dando cobijo no solo a judíos, sino a otros que eran buscados por las autoridades alemanas. Así actuaron hasta el mismo día de la liberación de Roma por las tropas aliadas

Como las personas que obran bien no van por el mundo pregonando lo que han hecho, estas actividades de los médicos y sacerdotes del Fatebenefratelli fue ignorada por la Historia hasta que salió a la luz 60 años más tarde.

Debemos saber que en momentos de peligro algunos actúan mostrando lo peor de sí. Otros, por el contrario, hacen el bien al prójimo incluso si es en detrimento y peligro de su propia vida.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com

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