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El termopolio

Por: Franck Fernández Estrada(*)  

Pompeya es su nombre evocador. Al pronunciarlo, a todos nos vienen a la mente las famosas ruinas de aquella que fue una orgullosa ciudad destruida en solo un instante por la famosa erupción del volcán Vesubio en el año 79 de nuestra era. También nos vienen a la mente las imágenes modeladas en yeso de las víctimas de esta tragedia. Plinio el Joven, que fue testigo de la importante erupción del Vesubio desde el otro lado de la inmensa Bahía de Nápoles, nos dejó para la posteridad sus narraciones en las que daba cuenta de lo que él había visto desde lejos.

Pompeya no fue la única ciudad a la que le tocó tan trágico destino. Herculano y Estabia también fueron otras ciudades destruidas, pero de esas se habla menos porque eran ciudades de menor tamaño. Pompeya era el lugar de moda a donde iban a construirse sus palacios de verano los ricos nobles de Roma. Similar a Beverly Hills o Niza en nuestro días. Allá estaba, entre muchos otros, el palacio de Popea, la segunda esposa del emperador Nerón.

Por los escritos de Plinio conocemos la fecha en la que se consumó la desgracia de estas ciudades. Pero la historia se reescribe en la medida en que nuevos descubrimientos permiten entender los acontecimientos. Antes del día de la gran erupción, el Vesubio ya había dado señales de lo que se iba a producir. De hecho, en el año 62, 17 años antes de esta gran erupción, se había producido un gran terremoto. Las réplicas continuaron desde entonces y fueron más intensas en los días previos al de la destrucción de Pompeya y las otras ciudades.

El Vesubio exhaló una enorme columna de excrecencias volcánicas formadas principalmente por piedra pómez y cenizas. Se elevaron a kilómetros de altura llegando a la estratósfera, como el efecto de una botella de gaseosa al abrirse después de sacudirla. Pero en un momento dado, debido a su propio peso, todo esto cayó a tierra por efecto de la ley de gravedad y ahí fue donde toda esta masa, de kilómetros cuadrados, sepultó a las ciudades y a sus víctimas, dejándolos a 8-20 m por debajo de la nueva superficie. Días después vinieron los romanos y otros vecinos a ver lo que había quedado de Pompeya y de las otras ciudades. Solo encontraron un campo de desolación.

Con el paso de las generaciones, los años y los siglos, se olvidó el lugar exacto donde se encontraban las antiguas prósperas villas. Solo fue en el año 1738, en la localidad de Resina, que salieron a la luz algunas de las construcciones de la ciudad de Herculano. Los trabajos para desenterrar Pompeya comenzaron en el año 1748. El Rey Carlos VII de Nápoles, más tarde el famoso Carlos III de España, alentó estos descubrimientos pero no con fines históricos ni arqueológicos, sino para encontrar tesoros y esculturas antiguas que servirían para adornar sus palacios. Solo a comienzos del siglo XX comenzó a trabajarse de forma sistemática en las ruinas de Pompeya para desenterrar aquella maravillosa cuidad. Desde el punto de vista histórico y arqueológico, incluso para nosotros simples curiosos, estos trabajos son de gran interés porque permiten descubrir cómo era que se vivía en aquella época. Esto en la medida en que todo quedó como congelado en el tiempo.

Los trabajos de excavación en Pompeya han tenido altas y bajas y el propio sitio se ha visto relegado en más de una ocasión dedicándose casi exclusivamente a la visita al público. En los últimos años era notorio el abandono, tanto de los lugares ya sacados a la luz como de aquellos que quedan por desenterrar. Recientemente la Unión Europea y el gobierno italiano asignaron importantes fondos para conservar lo que ya estaba a la luz y continuar los trabajos de excavación. El sitio de Pompeya ha sido dividido en regias, en español podríamos llamarlas zonas o áreas. Con el nuevo presupuesto se decidió excavar en la 5ta zona y lo que se ha descubierto sobre la vida de los pompeyanos de aquellas épocas nos deja maravillados.

Tenemos tendencia a pensar que todo lo que nos rodea ha sido de reciente creación y no hay nada más lejos de la realidad. Desde hace algunas décadas por todo el mundo se han hecho populares los restaurantes de comida rápida, también conocidos por su nombre en inglés “fast food”. Nada de esto es reciente, ya los “fast food” existían en Roma al comienzo de nuestra era. Se les llamaba termopolios. Therpolium en latín. Era un lugar donde se vendían varios platos del día, vinos de diferentes calidades y obviamente a diferentes precios, y agua caliente para aquellos que quisieran hacer infusiones. Estos “fast food” romanos tenían como clientela personas de bajos recursos. Los romanos de un estatus superior despreciaban estos lugares.

Ya en la ciudad de Pompeya se habían descubierto varios termopolios que, por su gran cantidad, nos demuestran que eran muy populares entre los habitantes de aquella época. En la zona 5ta de Pompeya, y gracias a las nuevas excavaciones, el descubrimiento de un nuevo termopolio, perfectamente conservado, nos deja boquiabiertos. Podemos descubrir un mostrador en forma de L con unos orificios redondos donde se colocaban las vasijas de barro con calor por debajo para mantener caliente la comida. Se descubrieron ánforas en perfectísimo estado de conservación, como si hubieran salido de los talleres de fabricación la semana pasada. Lamentablemente su contenido ya se evaporó. Como en los “fast food” modernos, había un menú que indicaba los precios. También se pudo descubrir una trastienda donde se conservaban las reservas y los utensilios que no eran de uso inmediato dentro del establecimiento de cara al público.

Este termopolio recientemente descubierto estaba profusamente decorado con dibujos murales. Uno de ellos muestra a una ninfa sentada sobre un caballo en un paisaje marino rodeada por seres de ese medio. Existen otros dibujos murales que representan a dos patos ya sacrificados, listos para ser desplumados y cocinados. Otro de los dibujos es un gallo maravillosamente bien dibujado, en particular las plumas de su cola, pero quiero detenerme en otro de los dibujos, un perro.

Representa a un perro pequeño, lo que nos muestra que los romanos ya hacían selecciones de raza. El perro es negro y estaba amarrado con su collar y una cadena a una pared. Alrededor del perro hay dibujado un marco negro en el que algún chistoso dejó escrita una ofensa a Nicias, posiblemente al propietario del establecimiento, un grafiti. Nunca sabremos cuán ciertas eran las acusaciones del grafiti, si era que su autor estaba en malos términos con el propietario o simplemente con el deseo de mortificar. Lo cierto es que así quedó plasmado para la posteridad el oprobio expresado contra el dueño. El nombre del propietario, Nicias, es un nombre griego, lo que hace pensar a los entendidos que se podría tratar de un esclavo liberto griego.

Por el termopolio de Nicias y por los restos de comida que se han encontrado en los platos podemos saber que los romanos tenían una dieta balanceada. Comían varios tipos de carnes: res, cordero, pato y gallina pero también productos del mar como peces y ostras de las que se han encontrado algunas conchas en este termopolio de la 5ta zona. También se encontraron los restos de un perro, quizás el pequeño perro negro que vemos en la pintura mural.

Algo muy importante que se ha logrado con estas nuevas excavaciones es datar con bastante precisión la fecha de la gran erupción. A pesar de lo que hubiera dejado escrito Plinio el Joven, se cree que en algún momento la transcripción hizo pensar que la fecha fue el 24 de agosto del año 79. Ya existían sospechas en cuanto al mes de agosto, porque en el pasado en los platos se encontraban restos de frutas que no son de temporada en agosto, sino en octubre.

Repito que antes de la gran erupción hubo muchos temblores y muchas casas fueron dañadas, por lo que en uno de los palacios recientemente descubiertos los dueños habían encargado la reparación de una de las habitación. Alguna persona, posiblemente el dueño, escribió con un carbonillo la fecha del día, quizás con la idea de calcular los días de trabajos de reconstrucción. Indica la fecha: dieciséis días antes de las calendas de noviembre, según el antiguo calendario romano. Entendidos del tema consideran que esta inscripción no hubiera podido resistir más de 7 u 8 días a la intemperie, lo que lleva a confirmar la idea que ya se tenía. La erupción no fue el 24 de agosto sino el 24 de octubre del año 79.

En septiembre de 1943, mientras las tropas aliadas entraban a Nápoles para liberarla de las tropas de ocupación alemana, el Vesubio nuevamente hizo de las suyas y tuvo una nueva erupción, pero de poca importancia.

Ahí se encuentra todavía el gran Vesubio, impredecible. Es uno de los volcanes más estudiados y vigilados del mundo considerando que, en nuestros días, a sus pies decenas de miles de personas han vuelto a construir sus casas. Toda esta zona de la Bahía de Nápoles es altamente telúrica y lo vivido en Pompeya, Herculano y Estabia se puede producir nuevamente en cualquier otro momento.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo, correo electrónico: altus@sureste.com

Obituario: José Jesús Angulo López

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