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Eligio y “Valentina”

Recupera Juan Ramón Góngora drama yucateco

Anteanoche estábamos ya en ese templo pagano del drama que es el Tanicho, sosegados de los avatares del día y dispuestos para escuchar la voz de un muchacho de 19 años que, a mediados del siglo XIX, se le ocurrió escribir un melodrama. No tendría la obra —Valentina— tanta importancia si no fuera porque el tal adolescente llegaría a ser uno de los patricios del liberalismo yucateco, Eligio Ancona para no dar más vueltas, de cuya labor como perito narrador estamos todos enterados.

Desde hará unos meses, al incansable Juan Ramón Góngora, que lo mismo rescata autos medievales que monta una pieza de Carballido o habita el difícil espacio del monólogo, se le ha ocurrido promover la lectura de textos dramáticos decimonónicos de plumas yucatecas acaso un poco olvidadas.

Texto en mano, los actores —seis en este caso— se amparan solamente en su pericia vocal, con simples elementos de vestuario y ocasionales recursos miméticos. Al texto frío le otorgan la holgura que proviene de la expresión con sus ajustes de matiz, énfasis y emotividad. Los del público vamos rastreando la trama y el diseño de los personajes al ejercer el otro gran recurso del teatro: escuchar.

Como el agua puesta a hervir, una obra dramática debe cambiar paulatinamente de aspecto, expandir sus moléculas y entrar en ebullición. En verso, con pluralidad de metros, “Valentina” está repleta, más bien sobrecargada, de pasión y contrastes, como heredera juvenil de aquel romanticismo hecho cumbre por Fernando Calderón y José Peón Contreras.

La pluma juvenil de don Eligio le impide discernir cuando detenerse en el tumulto de ideas que se le ocurren para armar el conflicto social y erótico de esta pieza que fuera rescatada de los archivos conservados por su bisnieta.

Entre sus apropiaciones clásicas —quizá Tirso— todavía no consigue la pericia para precisar situaciones y definir caracteres. Dentro del esquema de tópicos —matrimonio arreglado, pasión culpable y lejos de “lo que Dios manda”, juventud inclinada a la aventura— Ancona luce un tanto indefinido en la fluencia de la acción, despliega una buena porción de escenas innecesarias y llena el desenlace de vibraciones que suenan falsas.

El lenguaje, en cambio, es impecable. Por las rendijas de los octosílabos percibimos la excelente base formativa del autor, aunque los parlamentos vistan una trama prolongada en demasía.

¿Cómo no felicitar a Juan Ramón por estos singulares intentos de insuflar vida a renglones dormidos hace más de una centuria? Hay que agradecerle por formalizar estos actos de justicia recuperativa, así como a su cuerpo de actores: Estela Gameros (Valentina), Fabián Sosa (el noble Alberto), Nicolás Macín (Rodrigo de Villalpando), Fernanda Bolívar (Teresa) y Gabriel Arroyo (Pedro el pescador de Sisal).— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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