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“En cada despedida siempre existe una enseñanza”

Síntesis del mensaje del presbítero Cristian Uicab Tzab en la misa de cuerpo presente del padre José Antonio López Rivera Cuessy.

Nos hemos reunido hoy en este templo para despedir a un pastor y a un hermano sacerdote. Toda despedida duele, no es fácil, pero sabemos que son parte de la vida y de la experiencia humana, y son más dolorosas cuando le decimos adiós a un ser querido que parte de este mundo, y duele más cuando no lo alcanzamos a hacer mientras estaba con vida.

Desde los ojos de la fe,  despedimos al  presbítero José Antonio con dolor, sin duda, pero también con la esperanza puesta en la resurrección de Cristo.

Hace 32 años, 19 jóvenes acompañados por monseñor Pedro Mena, que fue nuestro formador en el seminario, nos tocó iniciar  una aventura  que para muchos familiares y amigos más que una aventura era casi una locura, pero para nosotros era el comienzo de un camino tal vez incierto: estábamos ilusionados ante esa inquietud vocacional que latía  en nuestros corazones, sin saber por qué nosotros y no otros.

Iniciaba así los lazos de una nueva familia más allá de lo lazos de sangre, y más que perder a nuestras familias se hizo más grande nuestros círculos familiares.  Vivimos el tiempo del seminario con todo lo que implica: una experiencia con incertidumbres y certezas, alegrías y tristezas, pero fue una etapa excepcional. José Antonio fue y seguirá siendo parte de nuestra familia.

Ya como sacerdote, en su paso por la Arquidiócesis de Yucatán, sin duda dejó una gran huella en comunidades y familias.

Incansable en el trabajo, buen administrador, claro y directo en palabras, y muy humano ante el dolor y las necesidades de sus comunidades, sin  olvidar desde luego su compromiso por el cuidado de la naturaleza. Una persona de buena plática, conocedor de la historia y de la cultura. Por algo antes de entrar al seminario tenía la profesión de arqueólogo. Una persona austera y sencilla. Sin duda era un alma libre, sin ataduras de ninguna clase, pero con una obediencia probada a sus superiores.

Si me permiten decir ahora lo siguiente en calidad de secretario ejecutivo de SED, instituto que debe velar por provisión social y de la salud del presbiterio de Yucatán, cuyo presidente es el señor arzobispo Gustavo Rodríguez Vega: el que sigue a Jesús plenamente, sin reservas, nunca se arrepiente. El que ha sido llamado al sacerdocio el día de la ordenación no puede contenerse la alegría, ya que es la culminación de una etapa vocacional.

Es cuando nos sentimos ya dispuestos a vivir y realizar el ministerio que Cristo nos ha confiado, a través de  la persona de nuestro Obispo. Aquel que aceptó seguir la llamada vocacional y quedó encantado por Jesús puede, en los años de formación y en los primeros años del sacerdocio, experimentar continuamente el sueño del ideal: la espiritualidad ideal, el obispo ideal, la parroquia ideal, los fieles ideales, el clero ideal y, muchas veces frente a la  realidad que oscila entre lo espiritual y lo cotidiano, choca  lo que soñó con la realidad.

Tantas veces, durante su ministerio, tantos jóvenes sacerdotes que aceptaron seguir a Jesús con tanto entusiasmo y encanto, se ven frustrados por la imposibilidad de realizar los proyectos que soñaba.

Así es, no somos ángeles, somos seres humanos; ademas, aún existe la posibilidad de sentirse confrontado y muchas veces desilusionado por las estructuras y personas encargadas del acompañamiento sacerdotal y con la falta de fraternidad de su clero.

Al darse cuenta de esta dicotomía, y la lista de problemas encontrados, el sacerdote puede verse inundado por un continuo cansancio físico y psicológico.

Ante esta realidad hay que preguntarnos: ¿No estamos tan preocupados por los problemas de la administración de la iglesia que ya no estamos prestando suficiente atención a la persona? ¿Cuántas veces en los últimos tiempos hemos llamado a un  hermano sacerdote y le hemos preguntado “¿Cómo estás ?”.

Creo que no hay nada más significativo para un sacerdote que recibir una llamada o una visita y preguntar con sinceridad: ¿Tú cómo estás? ¿Has rezado? ¿Cómo estás de salud? ¿Has comido bien? ¿Cómo estás con el pueblo de Dios? ¿Como está la pastoral?

En nuestras realidades sacerdotales, debemos estar más atentos a nosotros mismos y a nuestros hermanos en el presbiterio. También se nos dio la misión de cuidar a los demás como familia sacerdotal

¿Y quién es mi prójimo?  Estamos llamados a vivir la dinámica del buen samaritano cada día en nuestro ministerio. Vivirlo con nuestra gente, pero de manera especial vivirlo con nuestros hermanos en el ministerio.

Cuántos hermanos abandonados, que no encuentran apoyo y están condenados a la soledad de su ministerio. Muy a menudo rodeado de gente, pero totalmente solo en su mundo de angustias y zozobras sacerdotales. Los sacerdotes estamos llamados a caminar juntos; hay que sentirnos cercanos los unos a los otros.

No hay por qué mirarnos con desconfianza y rivalidad, sino mirarnos unos a otros con confianza, como miembros de una sola familia que tiende a un mismo objetivo, velando por el bien común, en lo espiritual y material de todos nosotros.

El sacerdote y sus fieles deben de apoyarse mutuamente para que cada uno en su vocación demos testimonio de una verdadera comunidad cristiana.

Hermanos, hoy despedimos físicamente al padre José Antonio. Que esta despedida nos anime a ser mejores como familia y apoyarnos mutuamente, y si es el caso dar paso al perdón como nos invitada hoy el evangelio.

Como pueblo de Dios debemos estar atentos de sus sacerdotes, de sus necesidades y orar por nosotros.

“Si hay ovejas buenas, hay también pastores buenos, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores”.

Seguiremos unidos como familia Yucatán y Chiapas.

Nos tocará en su momento visitar  al padre José Antonio,  ya en su tierra natal.

El padre José Antonio ya se preparaba para la reapertura del templo de su parroquia, pero Dios dispuso primero abrirle a él las puertas de su casa. Descanse en paz.

Bajan al Santo Cristo de las Ampollas