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Equilibrio y armonía al buscar nuestro bienestar

Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

La Biblia señala que Dios no creó al hombre simplemente para que alcanzara una excelente forma física sino para convertirse en fiel administrador suyo y en imagen y semejanza de su amor, verdad y justicia. Por consiguiente, la visión global de la salud tiene en cuenta la dimensión corporal, psíquica, afectiva y espiritual de la persona.

La definición utilizada por la Organización Mundial de la Salud ha sido: “Salud significa el estado de perfecto bienestar físico, espiritual y social, y no solo la ausencia de enfermedad”. El estado más elevado posible de salud es uno de los derechos básicos de la persona.

El respeto a la vida humana desde su concepción en el vientre materno hasta su desenlace natural abarca de manera particular el cuidado de la salud, es decir, procurar el alimento y la higiene necesarios y todos aquellos recursos que podemos alcanzar para conservar la vida.

El hombre debe tener sumo cuidado por la vida y salud del cuerpo porque se trata de dones que Dios le ha confiado. Por tanto, no debe disponer de ellos a su antojo sino administrarlos fiel, responsable y sabiamente. Además, la salud del cuerpo influye determinantemente en el equilibrio y armonía espiritual.

Procurar cuidar la salud

La salud del cuerpo es un bien precioso que debemos proteger y cultivar, de acuerdo al ejemplo de Jesucristo y sus apóstoles, quienes no solo se preocuparon del bien espiritual de los enfermos y las multitudes sino también del bien corpóreo. A su vez, la Iglesia primitiva conocía el don carismático de la sanación de los enfermos para reconfortar el cuerpo y sanarlo. La Iglesia actual conoce numerosas formas de oración y bendición con las cuales implora a Dios la salud del cuerpo y del alma.

El hombre debe hacer todo lo necesario para mantener e incrementar la salud. Debe nutrirse de manera suficiente y justa, observar las normas necesarias de higiene, dormir en la medida conveniente y recrearse. Debe procurar esto tanto para sí mismo como también para su prójimo. Los padres de familia y los otros educadores han de tener cuidado de la vida y salud de las personas confiadas a ellos.

El Estado, cuyo principal deber es procurar el bien de la sociedad, debe promover y mejorar las condiciones sanitarias. Los ciudadanos de las naciones más desarrolladas tienen el deber de ayudar —incluso con sacrificios y contribuciones financiarías, o por otras vías— a los pueblos que carecen aún de los presupuestos necesarios para sostenerse con vida y gozar de buena salud, procurándoles ayuda, por ejemplo, para una alimentación suficiente o asistencia médica.

La salud física es un valor precioso, pero no es el valor más alto, puesto que el cuidado de la salud debe permitir al hombre cumplir otros deberes para con Dios y para con el prójimo. No solo la falta de cuidado y desprecio de la salud son inhumanos y anticristianos, sino también su cuidado exagerado, que muestra rasgos patológicos en la hipocondría.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, profesor de Bioética en el Seminario Conciliar

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