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Ermilo Torre Gamboa, alma del color

El pintor Ermilo Torre Gamboa explica aspectos de su colección “Se hace camino al andar” a María Teresa Mézquita Méndez

Para Teresita Sierra, con amistad y afecto

Por María Teresa Mézquita Méndez (*)

Aún no amanece. Son las cuatro de la mañana y Ermilo Torre abre los ojos… “un día más, gracias a Dios” piensa, y su mirada azul busca la lamparita de su habitación. Sale de puntillas sin despertar a su cónyuge. Al lado, en un espacio pequeño y confortable, enciende las lámparas y empieza a bocetar mientras llega la luz del día. A las seis, sale de casa a una caminata de media hora. Después del desayuno y enterarse de lo que pasa mientras escucha las noticias o lee la prensa, dan las ocho: hora de pintar ininterrumpidamente en su amplio estudio hasta el mediodía. Y después de comer, de nuevo a partir de las 4 de la tarde, a su misma disciplina, pincel, lienzo, color… hasta que el sol se esconde.

Así transcurría el día a día del maestro Torre Gamboa. Ocho décadas de vida dedicadas a la pintura. ¿Cómo abarcarlas en reducido y limitado espacio de unas líneas, en el escueto vislumbre de un texto?

Ermilo Torre falleció, ya lo sabemos, el lunes 7 de junio pasado. Su partida enluta al arte de Yucatán y revive las reflexiones que a muchos nos asaltan sobre la pertinencia de la preservación de nuestra memoria visual, de la documentación de las trayectorias de quienes han construido la historia de nuestra producción artística. Y Torre Gamboa es un pilar, una columna vertebral en esta historia por construir.

Don Ermilo, dibujante precoz, sempiterno artista, vino al mundo a pintar, de eso estaba seguro. Su trayectoria, relatada por plumas mejores que la mía ya se ha repetido varias veces estos días posteriores a su muerte y han recordado sus estudios en México y en Madrid y su aprendizaje en otros países, sus abundantes exposiciones, su pincel diáfano e iluminado, su transformación estética gradual y controlada y la innumerable cantidad de retratos dispersos en los comedores, salones y salas de residencias familiares, en iglesias, oficinas, antesalas, consultorios, salas de juntas, en colecciones privadas y en recintos públicos.

Hace 12 años, en una entrevista en la exposición “Se hace camino al andar” en la galería del Peón Contreras, le pregunté al maestro, cuya pintura contenía al mismo tiempo su estilo de siempre y sus cambios y transformaciones, qué era lo que contenían sus nuevas series, en las que la abstracción contenida, plena de transparencias y veladuras, se recogía en formas orgánicas siempre controladas.

—Mira, este cuadro es abstracto en esta zona —dijo en aquella ocasión— la composición puede ser muy complicada, hay que saber dónde y por qué hay que poner aquí los naranjas o los azules, dónde los rojos y luego por qué añadir la imagen realista de la mujer que está al centro.

—Y esta textura y todos estos relieves que ves aquí —y mientras acaricia con la mano la piel irisada de otro de sus óleos— no se hace con un pincelito, así jamás terminarías… al final da gusto lograr esos colores, esas superficies.

Sin embargo, don Ermilo no siempre quedaba contento con su trabajo:

—A veces pasa que estás haciendo un cuadro y cuando ya te encuentras a punto de terminar te das cuenta de que no, no es lo que esperabas. Y te dices a ti mismo “esto es un churro… lo siento pero no me gusta” y entonces agarro mi bote de vinílica y aunque haya estado meses trabajando lo embarro todo de blanco y comienzo de nuevo…

El maestro Torre tenía además la virtud de brindar a cada una de sus obras una rica anécdota que siempre disfrutaba compartir: “Todo lo que pinto tiene su historia, en cada imagen hay un cómo y un por qué…”.

Al mismo tiempo, hay otro Ermilo igualmente nuestro, entrañable, que sin restarle mérito al pintor, está igual de imborrable y de presente. Se trata del Ermilo hombre de bien; padre, esposo, hermano, abuelo, bisabuelo, amigo y colega ejemplar.

Es verdad que hay pocos creadores de alcance local y regional que puedan decir que vivan exclusivamente del arte y también muy pocos que puedan ostentar una trayectoria de ocho décadas constantes de creación continua en la que han alcanzado innegables estándares de calidad profesional. Pero todavía son menos, mucho más escasos, los seres humanos de bien, individuos íntegros y de una pieza, plenos de luz, que reúnen en una misma identidad el perfil inquieto, entretejido de curiosidad del ser creador y artista, con el temperamento afable, la palabra dulce, la naturaleza generosa y apacible que fueran el “santo y seña” de don Ermilo, dueño de la capacidad de percibir en el otro siempre lo mejor, de saber qué decirle para procurar la armonía, la comunicación, la mejor de las atmósferas. Ermilo, en quien el decoro convivía con la alegría de compartir sin falsa modestia cada nueva pintura, cada nuevo proyecto, fue un ejemplo de equilibrio y de virtud escasísimo en estos tiempos, exhibicionistas y caníbales.

Nada de esto es desconocido para quien ha estado alguna vez cerca de él, quien le ha acompañado en una charla, en la visita a una exposición, en una mesa de un homenaje o una conferencia de prensa. Definitivamente no se trata en modo alguno de un panegírico sin sustancia. Más bien pensamos —y mucho— en el camino que espera a la preservación de su legado.

Precisamente con este nombre de “Legado” se tituló su última exposición en vida, en el espacio que el Macay brindó al maestro en el último trimestre de 2019. Con 95 años a cuestas, su entusiasmo volvía brillante a su mirada cuando a su alrededor veía en las salas espaciosas sus grandes piezas colgadas de las paredes. Y más aun, todavía en 2020 —como recordamos en la columna “El Macay en la cultura” de febrero pasado—, su pincel ilimitado trazó en un gran lienzo una realidad contemporánea lacrada en nuestra historia para siempre: la pandemia del Covid. Vigente hasta el final de sus días, Ermilo Torre trascurrió durante los 97 años de su longeva existencia por su propio sendero pictórico con espíritu libre y siempre esperanzado, con una fortaleza sorprendente para la superación de episodios personales profundamente dolorosos sin merma alguna de su entusiasmo por la creación.

Por eso Jorge Ermilo Espinosa Torre, su nieto, quien le hereda no solo el nombre sino también su vocación y su sensibilidad y compromiso con la pintura, desea, así lo dijo, poder mirar el mundo con la lucidez y bondad de aquel anciano de mirada transparente y azul.

Regresemos a aquel 2009 y a la exposición en el Peón Contreras. Preguntamos: “¿Y por qué ahora, maestro, esos cambios en los colores, en la atmósfera, por qué sin perder su estilo percibimos mucha más intensidad, incluso elementos inquietantes?

—A mi edad no te imaginas lo que se siente… ¡Tengo 85 años, se está acabando mi vida! Veo que todos mis contemporáneos o ya se murieron o están con muletas o no salen de su casa… A mí Dios me dio el don de la pintura y de estar lúcido y seguir produciendo, pero me pregunto cuánto tiempo más… a los 90 a lo mejor ya ni conozco a nadie. Pienso y pienso que quizá pueda pintar por dos, tres o cuatro años pero… ¿y luego? Eso influye mucho en lo que vislumbro e imagino cuando voy a pintar, el saber que mis días están contados.

—¿Sabes? —continuó— me acuesto pensando “Dios mío, dame más tiempo… que yo despierte mañana”. Y por eso quiero que todo lo que yo realice merezca la pena y siempre superar lo que ya hice…

Y pasaron todavía 12 años más, y así fue como la vida, magnánima en tiempo y entusiasmo, correspondió a los íntimos anhelos de don Ermilo, activo pintor, espíritu de artista, lúcido toda su nonagenaria existencia, ungido siempre por el aura de la diferencia, y por la luz de la virtud y la bondad.

* Periodista, crítica cultural

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