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Francisco Toledo dejó su huella en el Macay

Se ignora en cuál momento dio su nombre a ese mal que es sinónimo de muerte. Aun al terminar el siglo veinte, permanece invencible —y basta su mención para que el miedo cruce el rostro de todos los presentes (“Nuevo álbum de zoología”, José Emilio Pacheco-Francisco Toledo. Era 2013)

El pasado jueves 5 de septiembre amaneció enlutado el panorama del arte mexicano por la partida definitiva de Francisco Toledo, el artista mexicano más importante e influyente de las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI.

Se ha dicho ya mucho sobre el maestro juchiteco, y seguramente —es lo deseable, lo justo, lo mínimo— se sucederán los homenajes, memoriales y ceremonias en su honor; ritual humano de despedida a la materia que regresa a su origen, ritual que consagra al hálito que permanece, el individuo eterno, la obra que trasciende.

Con esta columna el Museo Fernando García Ponce se suma al luto por el fallecimiento del gran artista y agradece y celebra la constante presencia de su obra en sus espacios. Hoy mismo, en la sala 11 bis y como parte de la exposición “Recuento”, el visitante puede ver una muestra de la recurrente fauna feraz de la iconografía toledana, en cuatro piezas del maestro, hechas en cerámica de alta temperatura.

Desde la apertura del Museo, hace un cuarto de siglo, la obra de Francisco Toledo ha ocupado en sus salas un lugar preponderante: en 1994, a meses de abrir sus puertas, el entonces joven Museo presentó su primera muestra individual “Los cuadernos insomnes”, una extraordinaria serie de dibujos. En el memorable año 2000 se recibió una colección de gráfica fascinante, surcada de crustáceos, miriápodos, acáridos, anélidos y moluscos —catalogación de su particular “Insectario”—, realizada con aguatinta, aguafuerte, litografía, punta seca y xilografía en blanco y negro, a color y sepia. Un año después, en 2001, su obra participó también en la exposición “Vislumbres” que lo reunió en una tríada con otras dos grandes creadoras: Lola Álvarez Bravo y Alba Rojo.

En 2004 el Macay se vistió de nuevo de manteles largos, ahora con la emblemática serie de “Autorretratos de Toledo”, presentada por la Galería Juan Martín. Desde estas imágenes su mirada inquisidora y penetrante parecía traspasar al espectador, quizá intimidado por su entrecejo fruncido, su cabeza hirsuta, sus ojillos profundos e indiferentes y su zoomórfica naturaleza, transfigurado en iguana, pizote o pijije.

En 2005, la obra del maestro volvió a estar presente con una muestra de su gráfica reciente expuesta en las salas 6 y 7, y en 2007, Toledo llegó hasta a la tienda del Museo: se pusieron a la venta 120 papalotes diseñados por él y cuyas plantillas fueron proporcionadas a los artesanos de Oaxaca, quienes las interpretaron para dar vida a estos juguetes que cobraron forma de cangrejos de mar, vampiros, elefantes, monos y figuras eróticas, realizados con fibras naturales como algodón blanco, pochote, agave y mapaua, entre otros. Además, el producto de su venta se destinó a los artesanos del taller Arte Papel de Oaxaca.

(Recordemos que recientemente Toledo diseñó también 43 papalotes para honrar la memoria de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, uno para cada uno de los jóvenes, víctimas de la tragedia).

Ya en los años ulteriores, el maestro realizó “El maíz de nuestro sustento”, serie de fotografía intervenida que se expuso en 2017 en la sala 11, ejemplo del cruce de técnicas tradicionales y contemporáneas al servicio de los valores originarios y el rescate de la imagen patrimonial.

Colectivas

Junto con las muestras individuales, la presencia de Francisco Toledo en el Macay en exposiciones colectivas fue prácticamente ininterrumpida. Su trayectoria lo sitúa en casi toda posibilidad taxonómica posible. Es decir, si la muestra reunía a artistas con trayectoria, o creadores premiados, o grandes creadores, o autores recientes, Toledo siempre estaba: en 1997 como parte de los diseños que hizo Tane Orfebres con obra artistas mexicanos; en 1998 en la colectiva de fotografía seleccionada por el Fonca con el nombre “Siglo de la plata”; en 1999 en “A flor de piel”, colección del INBA con obras de los artistas pertenecientes al Sistema Nacional de Creadores dedicadas al tratamiento pictórico del cuerpo y su belleza.

A fines de 2003 y principios de 2004 una nueva exposición incluyó también al ya inmortal juchiteco en su repertorio de creadores cuya obra se hermanó en extraordinaria curaduría de convivencia, con obras prehispánicas de nuestro país: la muestra “Tiempo, piedra y barro”, un interesante trabajo colectivo que entretejió el presente y el pasado en una experiencia inédita.

Al cumplir su primera década de existencia, el Macay celebró en 2004 este aniversario con un año pleno de exposiciones colectivas de primer nivel, entre ellas la participación de los principales museos y galerías mexicanas. La obra de Toledo fue incluida tanto por la Galería Pecanins como por el Museo de Arte Moderno (MAM), junto con García Ponce, Aceves Humana, Aceves Navarro, Lilia Carrillo y los Castro Leñero, Pedro y Rafael Coronel, Fernando Castro Pacheco, Vicente Rojo y Von Gunten, entre muchos otros.

En 2005, una colectiva de gran calidad reunió una selección de los artistas visuales mexicanos que desde 1945 a 2005 habían recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes, y por supuesto que entre ellos estuvo con su obra Francisco Toledo, quien también formó parte de otra colectiva, ésta de la galería Juan Martín, en 2006.

De las colectivas de los años más recientes en el museo Fernando García Ponce, en 2017 la obra de Toledo se incluyó en dos muestras extensas y de gran alcance: “Paralelismos plásticos en México, cuatro décadas en la colección BBVA Bancomer” y en “Confrontación 66, cincuenta años 1966-2016”, que conmemoró la muestra de artistas de La Ruptura inaugurada en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México el 28 de abril de 1966.

De esta manera, sea con dibujo, obra gráfica, fotografía o pintura, en este recorrido de 25 años de existencia del Macay ha estado presente con su obra el maestro juchiteco, cuya ausencia física se transmuta hoy en su gran herencia cultural y artística, plena congruencia, de solidaridad, de conciencia social y reivindicación de lo que generalmente olvidamos sin recordar que es lo más nuestro: el origen.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”

 

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