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Franck Fernández Estrada: Iván “el Terrible” matando a su hijo

Por:  Franck Fernández  Estrada(*)

Nadie puede negar la riqueza de la cultura rusa. Todos conocemos la voluminosa y generosa obra musical de grandes compositores rusos y/o soviéticos. Los nombres son muchos: Chaikovski, Glinka, Rimski-Kórsakov, Shostakovich, Prokófiev, Stravinsky, Schedrin… En ballet no es necesario mencionar la gran cantidad de ballets clásicos que nos ha legado este gran país. También podemos señalar muchos nombres en cuento a la literatura: Tolstoi, Turguéniev, Pushkin, Dostoyevsky, Gogol, Chejov, Pasternak...

Pero hay que reconocer que la pintura rusa es poco conocida entre las personas que no están particularmente interesados en ella. Esto no quiere decir que no existan grandes pintores en ese país. De hecho la Academia de Pintura de San Petersburgo, que tengo el honor de conocer personalmente, es una prestigiosa institución de formación de grandes pintores.

Uno de los grandes pintores de Rusia vivió en el siglo XIX. Estoy hablando de Iliá Efímovich Repin. Es necesario decir que para deleitarse con los grandes cuadros de Repin hay que ir a Rusia. Están fundamentalmente en la Tretiakóvskaya Galeréia y en el Museo de Arte Ruso de San Petersburgo. La Tretiakóvskaya Galeréia es un museo fundado por dos hermanos, Pável y Serguéi Tretiakov, fabricantes de telas, inmensamente ricos, y que emplearon una buena parte de su fortuna en la fundación de este museo. En él se presentaban al público las obras de pintores rusos. Fueron grandes mecenas de estos pintores. La Tretiakóvskaya Galeréia es el más importante museo del arte pictórico ruso.

La obra tema de mi crónica  de hoy es posiblemente el más importante cuadro que encontramos en esta Tretiakóvskaya Galeréia. Atención, no estoy diciendo para nada que no existen otros magníficos exponentes de la pintura rusa en este importante museo, sino que es este el que atrae la mayor cantidad de visitantes. Refleja un momento de la historia de Rusia. En particular, del zar Iván IV, denominado “el Terrible”, nombre con el que es reconocido por la historia. Fue el primer zar en ser coronado. Esto no significa que fuera el primer zar. Su padre y su abuelo antes ya habían utilizado este título, que es una interpretación rusa de la palabra César. Las autoridades eclesiásticas habían “encontrado” un vínculo consanguíneo de estos nobles moscovitas con los antiguos césares romanos.

Tenía Iván 3 años cuando perdió a su padre y 8 cuando perdió a su madre. Los boyardos, nobles rusos contrarios al poder central de los príncipes primeramente y ahora zares, pretendían recuperar sus poderes feudales. Huelga decir que maltrataron mucho al pequeño niño… ya zar. Sufrió vejaciones, hambre, maltratos físicos…

A los 13 años decidió tomar las riendas de su reino castigando e incluso asesinando a aquellos que habían querido robarle su poder. A los 15 años, edad de su mayoría de edad, se presentó ante la Duma, una especie de parlamento a pesar de todos los zares hasta Nicolás II eran autócratas, diciendo que se quería casar y que su mujer debía ser rusa. Escogió a una hermosa joven de nombre Anastasia Romanova (atención, nada que ver con los Romanov que vinieron más tarde). Durante el tiempo en que estuvo casado con esta mujer fue un gran marido y un excelente zar para con su pueblo. Hizo grandes reformas fiscales siendo más justo con los que menos ganaban, llevó a cabo cambios en la administración y en las leyes. Todo mundo estaba maravillado con su zar.

Pero como las cosas no son para siempre, llegó la muerte de Anastasia, de la que estaba profundamente enamorado. El detalle es que ella murió de forma repentina. Envenenamiento gritó Iván IV y, evidentemente, los culpables eran los boyardos. A partir de este momento pierde la razón haciéndose muy paranoico y viendo enemigos y conspiraciones por todas partes. Llegaron a sus oídos rumores de que en dos ciudades de Rusia se organizaban los boyardos y el pueblo para luchar contra él. A ellas mandó 15 mil soldados a sofocar con sangre y fuego las presuntas sublevaciones. La ferocidad y la crueldad de los castigos y torturas fue tan grande que le valieron el título de Terrible, GROSNY, en ruso. Inocentes empalados, descuartizados, desollados, quemados vivos… y un largo etcétera.

El cuadro tema de mi escrito de hoy nos narra el momento en que su hijo heredero, el zarevich, Iván Ivánovich (es decir, Iván hijo de Iván) vino a anunciarle que su esposa Elena estaba embarazada. El joven heredero tenía 27 años. El zar, siempre malhumorado, consideró que su nuera no estaba lo suficientemente bien vestida y comenzó a golpearla. Eso de golpear a aquellos que tenía delante cuando por alguna razón Iván el Terrible no estaba contento era algo corriente. Ante los golpes, el zarévich se interpuso para proteger a su mujer. Esta vez fue el zarévich el blanco de los golpes del zar. Uno de los golpes con su cetro fue en la cien.

Manando sangre de su cabeza cayó el joven zarevich. Al darse cuenta el zar del acto que había cometido bajo los embates de la ira, llorando, rezando, besándolo y pidiéndole perdón a su hijo lo recogió del piso. Desesperadamente con su mano izquierda trataba de contener la sangre que abundante fluye de la cabeza de la víctima. Uno con una cara sosegada, como de resignación, el otro con el miedo, el pánico reflejado en su rostro. Los ojos que se salen de su órbita ante el infanticidio que acaba de cometer como los ojos de Saturno comiendo a sus hijos del célebre cuadro de Goya.

En este cuadro vemos una utilización exacerbada del color rojo, como para darle más intensidad al cuadro. Roja la sangre que sale de la cabeza del zarévich y que impregna los dedos de la mano izquierda del zar, rojo burdeos los tapices que adornan el piso y el fondo de la escena, rosa salmón el traje que lleva el zarevich. A la muerte del zarevich cuentan que el zar estuvo solo ante el ataúd de su hijo 7 días llorándolo y rezando por él. Cuando sus fuerzas desaparecían se caía al suelo dormido, extenuado. Los sirvientes venían y le ponían almohadas. Los dos años que sobrevivió Iván IV a su hijo fueron de torturas psicológicas, caminaba de noche por palacio, con los brazos extendidos, como un sonámbulo, llamado a gritos a su hijo.

Este cuadro de Repin fue pintado entre 1881 y 1883. En este momento muchos pintores de Europa utilizaban las escenas con sangre como tema para sus cuadros y Repin no fue la excepción. Independientemente de eso, dos hechos también influyeron sobre el pintor: el atentado que sufrió el zar Alejandro II el 1 de marzo de 1881 regresando al Palacio de Invierno después de un paseo matinal. Otro elemento que inspiró a Repin fue un viaje por Europa. En España había sido testigo de varias corridas y venía con esas imágenes de derroche de sangre en su mente.

El zar Alejandro III no consideró que el cuadro era digno de ser visto, lo consideraba demasiado violento, por lo que lo censuró. Pável Tretiakov ya había comprado al cuadro. Con su ojo experto se daba cuenta de que era una obra mayor de la pintura rusa. Esta censura de Alejandro III solo duró dos años y al levantarla el zar, de inmediato fue expuesta la obra en la galería donde la encontramos hoy.

Desde el mismo comienzo de su realización, este cuadro ha generado sentimientos encontrados. Por una parte, la censura que hizo el zar Alejandro III que ya he mencionado. Otros consideraban que no respetaba lo que había ocurrido en realidad. De hecho, no está absolutamente demostrado que este incidente que les acabo de narrar con Elena, la nuera del zar, sea cierto. Otros dicen que fue por cuestiones políticas que el padre se enfureció contra el hijo. Estudios recientes de científicos han demostrado que en los restos del zarevich había restos de veneno. Esto tampoco prueba la muerte por envenenamiento. Se sabe que productos hoy conocidos como venenosos se utilizaban para tratar ciertas dolencias de salud. Es el caso del arsénico que, en pequeñas dosis, se le consideraba benéfico para ciertas enfermedades. Otro es el mercurio, que se utilizaba para trastornos venéreos, entre ellos la sífilis. Iván IV era sifilítico.

Ya en 1913 una persona con un cuchillo atacó al cuadro haciendo tres grandes rasgaduras sobre la cara de Iván. Al atacante se le consideró loco, se le llevó a un manicomio donde solo estuvo dos años y medio por la gran influencia y poder que tenía su padre. En aquel momento el atacante, mientras atacaba al cuadro, gritaba “Demasiada muerte, demasiada sangre”. Este acto de vandalismo causó que, por vergüenza, el responsable de la Tretiakóvskaya Galeréia se suicidara tirándose bajo la ruedas de un tren por el deshonor de que los cuidadores bajo su responsabilidad no hubieran podido evitar el daño. Para la fecha Repin ya tenía 63 años y, con mucha dificultad, logró restaurar el daño causado.

En 2013 nuevamente fue atacado, pero esta vez fue un borracho que había tomado varios vodkas de más en la cafetería del museo. Tomó una de las barras metálicas de separación y arremetió contra el cristal de protección. Afortunadamente solo afectó el marco y los bordes del lienzo. Esta vez el atacante gritaba que actuaba por razones históricas.

Repito que este cuadro es origen de controversias. En el pasado reciente, ha habido manifestaciones de monárquicos que le exigían al museo retirar de la vista del público este cuadro porque daña la imagen del primer zar de Rusia. Huelga decir que el museo no tiene la menor intención de sacar de la vista del público el cuadro que más visitantes atrae. Hoy hay revisionistas que cuestionan los hechos históricos. Alegan que toda esta historia del asesinato del zarévich es una manipulación de occidente contra Rusia. Creo que se olvidan de que el cuadro es de 1883. No pocos en estos momentos en Rusia quieren reivindicar al personaje Iván IV. No sé si pretenden retirarle el sobrenombre de Terrible.

Lo cierto es que tenemos una maravillosa obra, gran exponente de la pintura rusa que lamentablemente no tiene todo el reconocimiento mundial que merece. Este es mi pequeño aporte para ayudar a su fama.

(*)Traductor, intérprete y  filólogo; correo electrónico:  altus@sureste.com

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