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Gironella en seis recuerdos

“El banquete de los mendigos I” (litografía

El Macay, un leal difusor de la obra del fallecido artista

Primer recuerdo:

Hace apenas cuatro días, en una publicación en Facebook, fecha exacta de la efeméride, el Museo Fernando García Ponce-Macay recordó a sus seguidores en redes el nonagésimo aniversario del nacimiento de Alberto Gironella (1929-1999), integrante de la Generación de La Ruptura, fundador en 1952 de la Galería Prisse junto con los pintores Héctor Xavier y Vlady.

El mismo post nos recordó la predilección del maestro por la acuarela y el collage, en el que usaba corcholatas y otros objetos brillantes como latas de ultramarinos, y también evocó sus contenidos temáticos: lo literario y clásico, la herencia del Greco, Velázquez y Goya, la Revolución Mexicana, la cantante Madonna…

Segundo recuerdo:

Hace apenas un mes, en agosto, como parte del programa Punto de Encuentro de la Fundación Cultural Macay, A.C., el museo presentó al doctor en Historia del Arte Esteban García Brosseau con la conferencia “Alberto Gironella: esperpéntico surrealista novohispano”, dedicado al vigésimo aniversario de la muerte del pintor. Durante la hora que duró su intervención y acompañado de imágenes, García Brosseau condujo al público por la trayectoria y obra de Gironella, su tránsito por diversas técnicas y búsquedas, su espíritu irreverente y sus motivos artísticos y de contenido. En opinión de Brosseau, entre otros contenidos interesantes de su conferencia, la obsesión de Gironella por reinterpretar con irreverencia los temas religiosos (como las barrocas pinturas de “triunfos”) y los relacionados con la realeza española, en particular con la imagen de la reina Mariana de Austria, tiene relación directa con la conexión genética del maestro Alberto con la península ibérica, pero trasciende lo meramente estético para profundizar hacia vetas más oscuras y escondidas: amor y odio, vinculación indivisible, rechazo (a lo Octavio Paz) contra los orígenes. Mucho qué pensar.

Tercer recuerdo:

Hace —ya no tan apenas— 15 años, exactamente en junio de 2004, se presentó en el Macay en el marco del décimo aniversario del recinto la exposición “Alberto Gironella, Barón de Beltenebros”. Instalada en las salas 6 y 7, fue una de las muestras más concurridas de su tiempo. No en balde la obra del maestro hizo honor a la fama de éste de ser artista provocador, a veces escandaloso y siempre osado, dueño de un lenguaje propio, excéntrico como él mismo, en el que dialogan viejas imágenes de vigencia incólume, la vieja escuela negada adrede con baratijas de lata que evocan brillos ancestrales caducos, trazos de gran colorismo, gruesos empastes, tonos cálidos. El total de 28 obras invitó al recorrido por sus obsesiones: la tauromaquia, Emiliano Zapata y la Revolución Mexicana, la pintura española de canon, incluido el arte religioso y el cortesano, y la huella indeleble de la literatura. Su pintura, escribió Juan García Ponce en 1968 en “Nueve pintores mexicanos” “…se sirve de la misma cultura plástica como objeto y sujeto: juego de espejos en los que creación y tradición se contemplan interminablemente dando lugar a un extraño mundo en el que las fronteras se borran en un reflejo de reflejos”.

Cuarto recuerdo:

Hace ya dos décadas que en Ciudad de México, el 2 de agosto, Alberto Gironella falleció a los 80 años de edad tras una larga y prolífica existencia. El entonces muy joven escritor Carlos Castillo López, quien le había conocido poco tiempo antes, escribió en “La Revista” lo siguiente: “El lunes 2 de agosto me asaltó su foto, portada de un diario. Como pie de la imagen, la noticia de su muerte. Fue difícil de creer; hacía apenas dos meses que lo habíamos encontrado con un ánimo normal y con voluntad de continuar su trabajo pictórico […]. Su legado queda en mi mente como un recuerdo: el de un pintor raro y excéntrico que me abrió una mañana las puertas de su casa y de su afecto. Alberto Gironella vivió en su genialidad y creyó en ella; exploró nuevos campos en la pintura y encontró en ese descubrimiento la forma de expresar sus ideas más escondidas”. Gironella murió con un deseo, plasmado en su testamento: dejar un legado que hoy día aún no ha sido posible, el de convertir su casa de Valle de Bravo en un museo para salvaguardar su obra y crear también una biblioteca, archivo y espacio de promoción cultural.

Periodistas como Merry McMasters denunciaron prontamente el incumplimiento de este deseo, apenas a dos años de su muerte. Y en 2012 la familia, en voz de su hijo Emiliano Gironella, anunció la cancelación del museo por falta de recursos y de apoyo oficial.

Quinto recuerdo:

Hace… todavía más tiempo, casi 50 años, el mexicano Carlos Fuentes grabó para Radio UNAM un texto en junio de 1970 sobre el artista, como parte de una serie llamada “Presencia de Carlos Fuentes”. En voz del extinto autor de “La muerte de Artemio Cruz”, el audio comienza sin freno: “Alberto Gironella sube por La Castellana y entra al Museo del Prado. Su Velázquez, desde luego, es el de Ortega; el primer pintor pictórico, que libera a la pintura de la escultura. Pero es también el Velázquez estructuralista al que Foucault atribuye la mirada soberana, que simultáneamente ocupa el lugar del rey y lo concede a cada espectador. Y no deja de ser el Velázquez buñueliano que dice tanto sobre el que posa como sobre el personaje interpretado. Pero es sobre todo el Velázquez de Gironella, cuyo realismo pictórico está en el filo de la navaja…”.

Era entonces una España aún franquista y era un Gironella —hijo de mercader catalán republicano, no lo olvidemos— apenas cruzando el umbral de los cuarentas, ya muy hecho en su lenguaje visual y con sus resortes motivacionales plenos. El recomendable podcast se puede escuchar completo en descargacultura.unam en la sección de Carlos Fuentes.

Sexto recuerdo:

Es así como hace casi un siglo, 90 años, en Ciudad de México nació el 26 de septiembre de 1929 el pintor Alberto Gironella, hijo de madre yucateca, artista de lo esperpéntico y la irreverencia, la tradición desmontada, la figuración descarnada, el pincel y el collage, quien no solo tuvo el “loco deseo de pintar el tiempo” como él mismo dijo, sino que logró trastocarlo y quitarle la piel del pasado para traer al presente su voz inextinguible.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”

 

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