in

Hasta Jesús sintió temor

Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

En la vida hay dos miedos básicos que compartimos la mayoría de las personas: cómo vamos a morir y qué sucede después de la muerte. El miedo y el temor son parte de nuestra naturaleza. Desde el Génesis, vemos cómo el hombre ha sentido temor ante lo desconocido.

La idea de la eternidad está en la mente humana y esta idea ha llevado al ser humano de todos los tiempos a creer y a imaginar una vida eterna, un más allá. En todas las culturas de todos los tiempos ha estado presente esta convicción de que hay algo más allá después de esta vida terrena.

Pero, ¿es posible prescindir de este miedo?, ¿podemos quitarlo de nuestras vidas o acaso podemos controlarlo?

No debemos temer al temor, decía Montaigne. Es parte de nuestra vida, de nuestro día a día. Todos los días tememos y le tenemos miedo a ciertas cosas, decisiones y experiencias, incluso a personas. En este sentido, la mente tiene un rol muy importante, pues ya sea que nos domine, nos paralice, o seamos nosotros capaces de dominarla y controlarla. Decía santa Teresa de Ávila, que la mente es “la loca de la casa”.

Los miedos pueden surgir porque los seres humanos queremos certezas, seguridades y nos angustia saber que después de esta vida no sabemos a dónde iremos.

Aunque seamos hombres y mujeres de fe, pues creemos en la certeza de la resurrección de los muertos, ya que el mismo Jesucristo vivió la experiencia de padecer el sufrimiento, morir y resucitar, y nosotros como sus discípulos no estamos exentos de vivir esta misma experiencia. Pero pues el miedo ahí está.

Él también tuvo miedo

El mismo Jesús tuvo miedo horas antes de su muerte: “Jesús salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: “Pedid que no caigáis en tentación”. El miedo y la tristeza se apoderan de Jesús en la noche oscura del alma, sintiéndose abandonado, en una agonía que marca el inicio de su pasión y muerte.

Según el relato de Lucas, Jesús se apartó de ellos como un tiro de piedra y, puesto de rodillas oraba, diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya. Lleno de angustia oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra”.

De manera que no debemos huir del miedo, sino canalizarlo, lo primero es reconocer que lo tengo, que es humano, que está en mí pero que no me va a paralizar, después convertirlo en oración, ponerlo en la presencia de Dios y entregárselo, procurar ser creativo y pensar qué se puede hacer con eso, sacar una enseñanza para mi vida, un aprendizaje, y así madurar, crecer.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética

 

Síguenos en Google News, da clic AQUÍ .

Mundial Juvenil Yucatán

Rodrigo Pacheco, a cuartos de final en el Mundial Juvenil Yucatán de tenis