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Homilía Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Ciclo B
Mc 11, 1-10; Is 50, 4-7; Sal 21; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15, 47.

“Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34).

In láak'e'ex ka t'aane'ex ich maya kin tsikike'ex yéetel ki'imak óolal. Bejla'e' k'iinbejsik Domingo ti Ramos, táank káasik Kili'ich k'iinilo'ob. Yo'olaj le pandemia ma' u páakchajak beetik le ba'axo'ob jéej le xíimbalil súuk beetik tu'ux káaytik u k'aaba' ajaw Cristo. Bejla'e' xane' u'uyik bix úuchik u máansik u k'i'inami' Yuum Jesucristo, tumen kili'ich Marcos. Ko'one'ex beetik junp'éel Ma'alob kuxtal ti' u Najil Yuumtsil beyxan otoch yo'olaj le balo'ob uuyik u ti'al náajaltik ka'an.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este Domingo de Ramos, inicio de la Semana Mayor, durante la cual celebraremos el Misterio Pascual.

Este Domingo de Ramos es distinto, no tanto como lo fue el del 2020, porque al menos ahora estaremos recibiendo en los templos al treinta por ciento del cupo real de fieles, aunque todavía no tenemos las tradicionales procesiones aclamando a Cristo como nuestro Rey. De todos modos, desde las puertas de los templos, los sacerdotes pueden bendecir los ramos y hacer una pequeña procesión con los ministros que los acompañan. Pero más que bendecir los ramos, se bendice a las personas que los llevan, pues en realidad sólo las personas creyentes son objeto de bendición. Debemos tener cuidado de no caer en el fetichismo de exigir que le caiga agua bendita al ramo, como si fuera a ser un amuleto de buena suerte. Lo que realmente nos bendice es nuestra actitud sincera de querer bendecir y aclamar a Cristo como Rey. Esa aclamación sólo será recibida por el Señor si estamos en paz con nuestros hermanos.

         La procesión que solemos hacer aclamando a Cristo Rey, no es mera costumbre popular, sino la actualización anual de un acontecimiento que nos recuerda cómo fue recibido Jesús, en su última entrada a Jerusalén, entre gritos y aclamaciones de sus discípulos, de los niños y de la gente sencilla, que gritaba: “¡Hosana al Hijo de David!”; “Bendito el que viene en el nombre del Señor”; “El Rey de Israel”. Se trata de un hecho atestiguado en los santos evangelios, y hoy se puede escuchar la narración según san Marcos o según san Juan. Además, el mismo evangelio de Juan recuerda que este momento ya había sido anunciado por el profeta: “No tengas temor, hija de Sion, mira que tu rey viene a ti montado en un burrito” (Jn 12, 15; Zac 9, 9).

         Hoy escuchamos en la primera lectura un pasaje del profeta Isaías. Todo el libro del profeta Isaías es extraordinariamente claro en sus profecías sobre Jesús. Aunque se escribió alrededor de setecientos años antes de Cristo, el texto nos ayuda a entender que Dios es el Señor de la historia, que la va conduciendo y que, en ocasiones, la revela misteriosamente en forma anticipada, ya que las auténticas profecías ni siquiera son entendidas en su momento, ni tampoco el mismo profeta conoce el alcance de las mismas.

         Hay muchos pseudoprofetas que hoy en día, como siempre, pretenden anunciar cosas sobre el futuro, sobre todo cosas de orden religioso y catastrófico. No hagamos caso de estos alarmistas que los ha habido siempre. Ya bastante tenemos con lo que sucede en la diaria realidad como para creer en esos presagios de calamidades.

         Tanto la encarnación, como la vida, pasión y muerte de Jesús, se ven reflejadas en el Libro de Isaías, y la Pasión como tal se ve anunciada con santo y seña de todo lo que sufrió Jesús. Hoy por ejemplo dice: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban de la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos” (Is 50, 6). Las profecías que anunciaban a Jesús sirvieron para predicar el Evangelio y para convencer a quienes conocían la Sagrada Escritura de que él era el Mesías.

         También el Salmo 21 que hoy proclamamos es profético sobre la Pasión del Señor, y sus profecías se cumplieron al pie de la letra, como donde dice: “Mis manos y mis pies han taladrado y se pueden contar todos mis huesos”. Esta frase se contiene en aquella oración antigua que decía: “Miradme, oh mi amado y buen Jesús”. A todos nos sorprenden las palabras de Jesús en la cruz a punto de morir: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, y algunos hasta se escandalizan de que Jesús haya dicho que su Padre lo había abandonado, pero la verdad es que una cosa es la convicción y otra el sentimiento, y aún los creyentes podemos en ocasiones experimentar el sentimiento del abandono de Dios.

         Además, esas palabras son las primeras del Salmo 21, el cual continúa poco a poco describiendo la Pasión, pero no termina en la desesperación absoluta, sino en algo muy positivo que dice: “A mis hermanos contaré tu gloria y en la asamblea alabaré tu nombre”. Es decir que, estas palabras reflejan el optimismo de quien está seguro de que vivirá para ofrecer este testimonio.

         Igualmente nosotros, en medio de las situaciones más difíciles y desesperantes, podemos afirmar con la fuerza y la certeza de la fe y de la esperanza, que llegará el momento de ver cómo todo esto que hoy nos sucede se quede atrás, y se adelante la visión de la gloria y la alabanza al Señor.

         La segunda lectura, tomada de la Carta a los Filipenses, parece ser que es la letra de un himno que se entonaba en la primitiva comunidad cristiana, y que san Pablo intercala en su carta, para señalar el gran ejemplo de humildad y obediencia de nuestro Señor Jesucristo. Primero para despojarse de sus prerrogativas que le corresponden como Dios; para luego abajarse a nuestra condición humana al asumir nuestra naturaleza, llevando su encarnación hasta el extremo de aceptar la muerte y muerte de cruz. Posteriormente, en el tercer momento, el Hijo de Dios vuelve a la gloria junto al Padre, pero llevando nuestra humanidad en su cuerpo resucitado, por lo cual su nombre merece toda exaltación en el cielo, en la tierra y en todo lugar.

         La narración de la Pasión del Señor este año es según san Marcos. Inicia con el acecho de los sumos sacerdotes buscando con premeditación la muerte de Jesús. El signo de la unción de los pies de Jesús, la acepta como profecía de su próxima muerte, advirtiéndonos que a los pobres los tendremos siempre con nosotros. Mientras el mundo sea mundo siempre habrá pecado y siempre habrá pobres. El interés desordenado por el dinero es una de las principales causas de la pobreza. Así se interesó Judas por el dinero al grado de entregar a su Maestro.

         Después viene la narración de la Última Cena, durante la cual Jesús anunció que uno de ellos lo iba a entregar, y ni siquiera así se arrepintió Judas. Definitivamente que cuando la tentación se ha adueñado de nosotros, podemos perder incluso el santo temor de Dios. Luego Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre en forma sacramental, dejando a sus discípulos el mandato de hacer esto en memoria suya, como lo hacemos hasta hoy en cada Eucaristía.

         Luego de la cena Jesús les anunció a los discípulos que todos lo iban a abandonar, cosa que ellos no entendieron porque se creían incapaces de hacerlo. No pensemos que somos incapaces de abandonar al Señor, porque si confiamos demasiado en nosotros mismos podemos caer. Siempre es necesario estar atentos. Viene entonces el vibrante episodio de la oración en el Huerto de los Olivos, que nos deja el testimonio de que, aún en los momentos más difíciles, la oración es capaz de fortalecernos para seguir adelante.

         Posteriormente viene el momento en el que, con el beso de Judas, Jesús es apresado y llevado a juicio. Cada beso que damos a una imagen de Jesús debe ir acompañado de la autenticidad de un corazón puro. Siguen los juicios, el religioso, donde Jesús es condenado por afirmar que era el Hijo de Dios; y el civil, donde es condenado por pretender ser el Rey de Israel.

         Enseguida continúa la Pasión de Cristo hasta ser clavado en la cruz en medio de dos ladrones, como si fuera el peor de los pecadores, el peor de los criminales, con un sufrimiento tal que es indescriptible, que concluye con aquel terrible grito lanzado por Jesús antes de morir: “Eloí, Eloí, ¿Lemá Sabactaní?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, Mc 15, 34), palabras que expresan el sentimiento de abandono del Padre, pero a la vez son una confesión de fe si ponemos atención a las palabras del Salmo 21 encabezado por ese clamor.

         Aprendamos nosotros también, en medio de las más grandes angustias, que al final siempre contemplaremos el gozo de alabar al Señor.

         Que tengan todos una feliz Semana Santa. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega, Arzobispo de Yucatán

Se espera un ambiente en extremo caluroso