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Homilía dominical

Foto: Megamedia

PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA

“Al que me ama, mi Padre lo amará”

En el texto del evangelio de hoy, no se trata de un catálogo de preceptos, de unos mandamientos semejantes a los de la ley de Moisés; más bien se trata de la obediencia de la fe al evangelio de Jesús y de la práctica del mandamiento nuevo, el mandamiento del amor. Según san Juan lo que Dios espera de las personas es fe y amor, inseparablemente. El amor es la vida de la fe, la fe es la obediencia del amor a la palabra de Dios. El único pecado es la incredulidad, el odio y la mentira que se oponen al evangelio.

Es el Espíritu Santo la fuerza de Dios que enviará Jesús resucitado desde Dios Padre para consolidar su obra y llevarla a cumplimiento. Se llama “defensor”, porque dará testimonio de Cristo no solo en el corazón de los creyentes, sino también ante los tribunales, porque argüirá al mundo de mentira, porque acompañará con su poder la palabra de evangelización. Por eso es también “espíritu de verdad” y “espíritu de Cristo”, pues Cristo es la verdad.

Por otra parte, Jesús no se despide para siempre, porque volverá. Al parecer se refiere Jesús a un nuevo modo de presencia en medio de sus discípulos una vez que haya resucitado. Entonces será invisible para el mundo, pero vivirá y estará con sus discípulos hasta la consumación de la historia.

Además, Jesús asegura que la Iglesia nunca estará sola porque siempre tendrá a su lado —como abogado defensor— al Espíritu Santo que será un “consolador”. Claro que para “recibirlo, verlo y conocerlo” no bastan las manos, los ojos y la inteligencia, es necesaria la fe. Es Espíritu, pues, aparece en la fe y genera la esperanza.

La primera (más no la única) función del Espíritu Santo es la de sostener al creyente en su ardua confrontación con el mal, ayudándolo a descifrar el sentido profundo de la historia, no obstante, las apariencias desconcertantes. En el documento ‘Gaudium et spes’ del Concilio Vaticano II leemos: “La Iglesia está compuesta de hombres, los cuales, reunidos juntos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinación hacia el Reino del Padre, y tiene un mensaje de salvación para proponerles a todos”.

Nosotros invocamos al Espíritu Santo para que nos sostenga e incluso en la desesperación nos defienda y libere. Cuando aquellos dos discípulos de Emaús descubrieron que habían caminado con Jesús, exclamaron: “¡Con razón ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros y nos explicaba las Escrituras…!

 

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