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Homilía dominical

Foto: Megamedia

PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA

“Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Después de la multiplicación de los panes en el desierto, las multitudes aclamaron a Jesús como Mesías e intentaron proclamarlo rey. Jesús pidió a sus discípulos retirarse, y, después buscó la soledad de la colina para hacer oración.

Los discípulos se hicieron a la mar y ya habían avanzado cuando vieron venir a Jesús caminando sobre las olas. Creyeron que se trataba de un fantasma, pero Jesús los tranquilizó dándose a conocer.

En este episodio aparece el talante de san Pedro, que andaba siempre dudando entre el entusiasmo y el abandono, entre la decidida vocación de seguir a Jesús y la negación de haberlo conocido. San Pedro, caminando sobre las aguas, es una imagen muy sugerente. En la antigüedad se pensaba que las aguas profundas se hallaban detenidas por una roca mítica que flotaba sobre ellas y les impedía así inundar la tierra y destruirla. De ahí que esta agua fuera considerada como el símbolo del caos, de la destrucción y de la muerte.

Si san Pedro (que es la roca, según el nombre que le dio Jesús) se mantuvo flotando sobre las aguas, esto significa que vence los poderes de la muerte por su fe en Jesús. San Pedro no triunfó sobre la muerte por su propia virtud, sino sólo en la medida en que se unió a Jesús y realizó con fe lo que Jesús le dijo.

Así pues, quien fue capaz de alimentar a cinco mil personas, no tenía dificultad para caminar sobre el agua y calmar una tormenta. Si los discípulos se asustaron fue porque “tenían la cabeza dura y no habían comprendido lo del milagro de los panes” (Mc 6, 52). Además, a diferencia de aquella ocasión en que Jesús calmó la tempestad, esta vez no necesitó “dar una orden”, sino que caminó tranquilamente sobre el mar, a diferencia de unos discípulos llenos de miedo y con el pensamiento de estar viendo a un fantasma.

Ahora fijémonos en el diálogo de san Pedro con Jesús: cuando el Maestro dijo: “No teman, soy yo”, san Pedro no le pidió que lo demuestre sino que, diríamos en lenguaje popular que Jesús “se prestó al juego”, de modo que, cuando san Pedro llegó hasta Jesús, no le tuvo miedo al agua, sino al viento, como cuando irónicamente a veces nos asusta lo que menos deberíamos temer. Y Jesús le tuvo que reclamar a san Pedro: “Desconfiado, ¿por qué temes?”, haciendo que esa imagen resulte impresionante y aleccionadora, porque Jesús extendió su mano y agarró a san Pedro. San Pedro, como los demás, necesita ser salvado por Jesús.

Finalmente los discípulos afirman abiertamente que Jesús es “el Hijo de Dios” y lo adoran. En la barca, interpretada como la Iglesia en una difícil aventura y aparentemente abandonada en medio de una tormenta, se ve a san Pedro lanzarse a una ocurrencia de la que sólo Jesús le pudo salvar, poniendo su total confianza en Él.

 

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