in

Homilía dominical

Foto: Megamedia

PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA

“Tú eres mi Hijo muy amado”

Para san Marcos el Bautismo de Jesús es el momento clave de su manifestación como Hijo de Dios. Jesús constató el sentido que tiene ese momento: su adhesión a Dios Padre, una adhesión que Jesús la llevará al cabo en obediencia de fe.

El bautismo de Jesús hizo realidad el anuncio de Juan el Bautista. Esa expresión “abrirse los cielos” significa que el muro de separación entre Dios y el pecador ha sido derribado. Jesús quedó acreditado como Mesías. Y a partir de este momento Dios habla a la gente de todos los tiempos por medio de su Hijo.

El Bautismo de Jesús aparece, así, como el inicio de un itinerario que llevará a Jesús a la cruz y a la resurrección.

Por otra parte, Jesús es el que trae el verdadero bautismo, no el del agua del Jordán que limpia exteriormente, sino el Bautismo del Espíritu Santo que vivifica y consagra. Además, Jesús es presentado por medio de dos signos reveladores, proféticos y mesiánicos: se abren los cielos (Is 64, 1) rompiendo el muro separador entre Dios y las personas y desciende sobre Él el Espíritu Santo (Is 11, 1). La voz del cielo pronuncia el veredicto definitivo sobre la persona de Jesús: es mucho más que un rey (Sal 2, 7), mucho más que el siervo (Is 42, 1): es el Hijo “muy amado”.

Con “Tú eres mi Hijo” san Marcos construye, pues, un diálogo directo entre Dios Padre y Jesucristo porque entre ellos hay una intimidad profunda, que se revela en ese momento capital en que Jesús recibe la investidura oficial de su misión salvífica ante Israel y el mundo entero. En Cristo la filiación es natural, total y perfecta, no un don divino ofrecido a una creatura.

En la primera parte de la descripción de san Marcos, se precisa que Jesús “viene de Nazaret”, un pueblo de Galilea; se relaciona ese momento con el tiempo de la predicación de Juan el Bautista; y Jesús hace fila con otras personas en la orilla del río Jordán, para ser bautizado por el profeta.

Luego, el cielo se abre haciendo referencia al sueño de Isaías que había orado, diciendo: “¡Si abrieras los cielos y bajases, oh Señor!” (63, 19). La voz de Dios Padre fue el signo de esta irrupción de lo divino, acompañada de la efusión del Espíritu Santo que san Marcos compara con una paloma que vuela en los cielos, como aquella paloma de Noé que simboliza la apertura de una nueva era, ya que se trata de la inauguración de un mundo nuevo iluminado por Dios.

Entonces hoy celebramos el gran cambio de la vida de todo creyente; pero, tengamos en cuenta que san Marcos relaciona esta escena con otra, la de la cruz. En esa ocasión, la proclamación de Jesús como “Hijo de Dios” será de un pagano, aquel centurión romano de cuyos labios salió ese testimonio. Ahora debemos ser nosotros, hijos de Dios por el Bautismo, los que debemos dar testimonio.

Una antigua oración oriental dice: “Oh Dios, haz que nuestros años, nuestros días y nuestras cosas nos muestren que nosotros solamente te pertenecemos a ti y solamente tú nos perteneces”.

 

El Papa tiene cita para ser vacunado

La semana hace 50 años: Víctor Cervera, alcalde de Mérida