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Homilía dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

“Ven, no temas”

La primera cuestión que tenemos muy clara en las lecturas de hoy es la invitación de Jesús a la conversión (es decir, a cambiar de mentalidad), como consecuencia de haber escuchado la Buena Noticia de Dios. Y esta Buena Noticia es el Reino de Dios. La segunda cuestión es la llamada de los primeros discípulos al seguimiento de Jesús.

La salvación, significada en el señorío de Dios, no es lo mismo que la llamada al seguimiento. Jesús llamó a su seguimiento a unos pocos, aunque su situación salvadora sea para todos. La finalidad del seguimiento es que todos “vean” esa especial relación que mantiene el discípulo con el Maestro.

Además, es Cristo quien llama, no el discípulo quien elige. Por lo tanto, no hay seguimiento de Jesús sin llamada suya y encuentro personal con El. Llegar a ser “pescadores de hombres” será fruto de la instrucción personal de Jesús. El realizará la instrucción de los discípulos después de que éstos se han encontrado con Él.

Ahora bien, en sintonía con la invitación de Jesús a la conversión está el relato de la primera lectura, sumamente interesante por su mensaje aleccionador. Se trata de ese personaje simpático llamado Jonás, de quien recordamos del catecismo sus días dentro del vientre de una ballena. Pues, situémonos para entender de qué se trata. Primero, tengamos en cuenta que, después de tantas dolorosas experiencias de guerras y sus respectivas esclavitudes, los judíos llevaban a flor de piel el constante deseo de justicia, es decir, los sentimientos de rencor y los impulsos de no perdonar a quienes habían sido sus esclavizadores.

Nínive era la capital del imperio asirio a partir del rey Senaquerib, pero había quedado en la conciencia de Israel como una ciudad-símbolo del imperialismo y de sus crueldades hacia el propio pueblo de Dios. No representaba sólo el mundo pagano en cuanto tal, sino a los opresores de todos los tiempos.

Ahora bien, el libro de Jonás tiene dos aspectos: uno corresponde a los opresores que deben convertirse; el otro, toca a Israel, que debe aceptar que Dios los perdone. Lo primero resulta claro; lo segundo es inaudito y difícil de aceptar. Jonás preferirá la muerte antes que aceptar el perdón de sus opresores. Ahora bien, Dios perdona a los opresores no por convertirse a Dios, sino por convertirse de sus malas acciones.

La situación de Jonás es obvia dentro del esquema simplemente humano: ¿cómo voy a perdonar a quien me hizo daño, me lastimó y me puso en crisis? Era la gran pregunta que Jonás se hizo ante la misión que Dios le confió: por eso se resistió y no quiso obedecer.

Pero, la misión era de Dios, no se la dejaba al libre albedrío de Jonás. Estaba muy fuertemente arraigada en la mente de los hebreos la exigencia de: en primer lugar, la justicia y; en segundo lugar está la misericordia. Pero, como aseguraba la teología profética: los pensamientos y sentimientos de Dios no coincidían con los pensamientos y sentimientos humanos.

Por lo tanto, el mensaje de este episodio y de todo el pequeño libro, es que Dios ama también a los opresores, “hace salir el sol sobre los buenos y los malos, y manda la lluvia sobre los justos e injustos” (Mt 5, 45). Jonás terminará sorprendido cuando el rey y todos los ninivitas se arrepentirán y harán penitencia. Fue el triunfo de Dios.

 

Gallos, por el invicto puma