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homilía dominical

Foto: Megamedia

PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA

Cinco panes de cebada y dos pescados…

El milagro de la multiplicación de los panes y el reparto a la multitud fue una acción simbólica que anticipó cuanto dijo Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm acerca del “pan de vida”. La acción de gracias que pronunció Jesús antes de repartir personalmente el pan y los pescados sugiere que se trató de una “eucaristía campestre” en la que se anunció la Cena del Señor. Jesús se reveló como el Mesías que alimenta con el nuevo maná al nuevo pueblo de Dios en la celebración de la nueva pascua.

Aunque Jesús sabe muy bien lo que va a hacer, le preguntó a los apóstoles Felipe y a Andrés, pretendiendo saber hasta dónde llegaba la fe de sus discípulos en su persona. Pero Felipe no entendió el sentido de la pregunta e hizo un cálculo aproximado: doscientos denarios no alcanzarían para dar a cada uno un trozo de pan.

Andrés había visto a un muchacho que llevaba cinco panes de cebada (el pan de los pobres y de los esclavos) y dos peces, seguramente para venderlos… Jesús tomó estos panes y, según la costumbre judía, pronunció la acción de gracias y los repartió. Todos comieron hasta la saciedad. Jesús se manifestó como el enviado de Dios que da vida y la da abundantemente.

Ahora bien, tanto en el episodio del profeta Eliseo como en el relato del evangelio, tenemos una sutil trama de recuerdos: los panes de cebada, la constatación de la insuficiencia de dichos panes para tanta gente y el “comer” y “sobrar”. Más aún, los gestos de Jesús en el evangelio fueron modelados por san Juan sobre los gestos de Jesús en la última cena: “tomó los panes”, dio gracias y distribuyó los panes.

El milagro de los panes es, pues, un “signo”, un milagro; además, nosotros no debemos ser indiferentes ante el grito de los hambrientos y necesitados de este mundo, permaneciendo bien sentados y bien comidos, mientras “los Lázaros” estén relegados a las puertas de nuestras casas recogiendo algunas migajas. Sin embargo, el gesto de Jesús también es signo de otra “hambre”: el hambre interior de la persona que nunca termina de buscar a Dios.

El milagro de Jesús nos propone el vacío interior que a menudo se anida dentro de nosotros y que tratamos de ignorar para no sentir el vértigo y la desesperación por estar vacíos. Hoy el relato del evangelio es un eco de la promesa de Dios en el libro del Apocalipsis: “Al vencedor de la daré de comer del árbol de la vida que está en el paraíso” (2, 7).

 

Zarpazo de los Tigres

Monseñor Gustavo Rodríguez Vega: Homilía del domingo 25 de julio