in

Homilía Dominical

Presbítero Manuel Ceballos García

“SI ALGUNO QUIERE SER EL PRIMERO…”

Hoy escuchamos que “el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”.

Los discípulos no alcanzaron a comprender que su Maestro tendría que sufrir tantas afrentas y hasta la misma muerte de cruz.

Tampoco entendieron ni una sola palabra sobre la resurrección “al tercer día”. Pero callaron respetuosamente, y, mientras le seguían en silencio, su corazón se fue llenando de tristeza.

En realidad, el pensamiento de los discípulos volaba hacia otros horizontes fascinantes, las de un triunfo político.

Precisamente por el camino de la pasión dolorosa y del perder todo, ellos discutían sobre los diversos grados de su futura participación en el poder.

Recordemos aquella ingenua petición de los hermanos Santiago y Juan: “Concédenos sentarnos en tu gloria, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda” (Mc 10, 37).

Cuando Jesús preguntó qué era lo que venían discutiendo en el camino, callaron. Entonces Jesús enseñó que el mayor honor es el servicio, que el primero en un grupo es el que sirve a todos.

Cuando a Jesús lo crucificaron, empezaron a comprender el hondo significado de esta enseñanza y vieron que el último es, efectivamente, el primero.

Es menester servir a todos, pero en especial a los más humildes y pequeños. El que sirve a los más pobres y humildes, sirve a Jesús y sirve también a quien lo envía, a Dios Padre.

Mala interpretación

Ahora bien, la actitud de Jesús frente a los niños ha sido con frecuencia mal interpretada: un niño es para Jesús alguien que no es habitualmente considerado por los demás, que está en último lugar.

Por eso Jesús lo toma como símbolo de todos quienes tenemos que servir, si queremos ser los primeros en llegar al Reino.

Así, al niño Jesús lo convierte en sujeto que tiene un mensaje precioso para transmitir precisamente al que le es superior por edad, cultura y madurez. No es el mensaje muy usado del candor, de la inocencia, sino el de la pequeñez, de la sencillez, del abandono sin cálculos, dobleces e intereses.

Con este ánimo el discípulo debe comportarse no con el orgullo del poder, con la fuerza de las armas, sino con la actitud del sirviente, con la voluntad de la persona de paz y con la donación de quien ama y espera…

Recibiendo con paciencia y caridad a los más necesitados, el católico en realidad recibe a Cristo. Porque, “cada vez que hiciste esto a los más pequeños, a mí me lo hiciste” (Mt 25, 40).

Oración

El padre Grandmaison oraba diciendo: “¡Santa Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y transparente como una fuente de agua cristalina!”.

Denuncian graves irregularidades en los comicios rusos

El autobús del Ayuntamiento de Tizimín será reparado