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Homilía DOMINICAL

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

Rema, mar adentro. ¡No temas!

San Lucas agrupa en este pasaje tres acontecimientos distintos: la predicación, el milagro de la pesca y la respuesta de los apóstoles, que marcaron tres momentos en el proceso de la vocación de los apóstoles:

Primero escucharon la llamada (Jesús habló al pueblo desde la barca); luego, el milagro, el signo, reforzó los motivos de credibilidad de los oyentes; y, así, finalmente, los Apóstoles pudieron aceptar personal y totalmente la vocación (lo dejaron todo y le siguieron).

La invitación a internarse en alta mar, entraña el riesgo de tener que afrontar los temporales, tan frecuentes como inesperados en el Mar de Tiberíades.

Esta invitación no fue meramente simbólica: toda la Tradición de la Iglesia se ha recreado en glosar esta figura de la Iglesia como barca de Pedro, y, en este sentido, resultan sugerentes las palabras de Jesús: “rema mar adentro y echen las redes para pescar”. El riesgo de la pesca de altura, en el temporal y en los conflictos, viene compensado por la gracia de Dios, que da una pesca abundante.

La docilidad de Pedro implicó una confianza sin límites en la persona de Jesús. Pedro conocía bien su oficio y sabía que la noche es más propicia para la pesca que el medio día. Sin embargo, san Pedro, más allá de su propia experiencia, se confió de las palabras del Maestro.

Hoy, pues, tenemos la historia de un pescador en cuatro actos: en el primero son presentados los dos protagonistas, por una parte, el Mesías Jesús y, por otra, un grupo de trabajadores, cansados y desanimados por las dificultades de su mísera existencia.

En el segundo acto se encuentran los dos grupos: Jesús busca la barca de Pedro y se establece el primer contacto con ellos.

En el tercer acto: crece la intimidad entre los dos protagonistas, imponiendo Jesús —con la fuerza de su palabra— el riesgo de continuar en la esperanza un trabajo que parece infructuoso y sin sentido (san Pedro, en efecto, se arriesgará “sobre la palabra” de Jesús y obtendrá un resultado inesperado y maravilloso).

El último y decisivo acto se centra en dos verbos típicos de la vocación: “dejar y seguir”.

San Pedro reconoce su impureza y es librado de ella; luego, la voz de Jesús, el Hijo de Dios, le pedirá que deje todo para seguirle. El desapego auténtico, la elección total por el Reino de Dios son requisitos indispensables, un paso difícil de dar ligados como estamos por un conjunto de intereses, de afectos y de cosas.

Sí, “dejaron todo y siguieron a Jesús”. Es un “todo” que se repetirá en la vocación de san Mateo, el recaudador de impuestos. Es un “todo” que se le pide a todo discípulo de Cristo.

 

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