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Homilía Dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

Este es mi Hijo, ¡escúchenlo!

La transfiguración de Jesús se relata con la intención de profundizar en su significado. Con Pedro, Santiago y Juan, Jesús sube a orar. Antes, después de haber orado, Jesús preguntó a los discípulos si ya sabían su identidad; ahora él ofrece la confirmación extraordinaria de sus palabras. Su resplandor hace que lo reconozcamos como el Hijo del hombre profetizado y esperado.

Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, son los testimonios de la veracidad del evento. Ellos hablan con Jesús que está llamado a “salir” hasta el límite. En eso, un sopor se apoderó de los discípulos (como sucederá en Getsemaní), dando a entender que el humano no puede soportar el peso de lo divino en sus manifestaciones, sean de gloria o de sufrimiento.

Jesús es el cumplimiento de la historia: desde el Tabor, Él será “la tienda del encuentro” de Dios con el hombre. La voz divina desde la “nube” lo proclama Hijo predilecto y pide que se le escuche. Luego, cuando se desvanece la visión, Jesús está solo con los tres apóstoles: inicia de nuevo el camino de la fe, una fe que nace de la escucha-obediencia (como afirma san Pablo en Rom 10, 17), y se lleva a la práctica en la fidelidad del seguimiento.

Todo, pues, en el episodio de la gloriosa revelación de Dios en la transfiguración de Jesús está lleno de ingredientes narrativos que culminan en las palabras que Dios dirige a la humanidad: “¡Este es mi Hijo, el elegido!”. Aparece todo el misterio que Jesús oculta bajo los rasgos de un hombre que camina por los senderos de Palestina. Es como si se levantara un velo y detrás de la humanidad de Jesús resplandeciera la divinidad.

Por ahora es solamente un resplandor; Jesús bajará del monte Tabor, volverá a la llanura de lo cotidiano en donde convivirá con gentes que sufren y son pecadoras, pero también con enemigos implacables. Sin embargo, su misterio divino ya ha aflorado por primera vez ante los ojos de sus discípulos. Sin embargo, Cristo se revelará plenamente a sí mismo cuando suba al Cielo en la Ascensión llevando consigo a todo el pueblo de los redimidos. Aquel será el gran éxodo de la esclavitud del pecado y de la muerte hacia la libertad perfecta y la vida.

El perfecto y eterno amor de Dios se revela y difunde en Jesucristo y de Él se extiende a miles de amores, tantos cuantos corazones de los hombres.

 

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