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Homilía Dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

El relato de la Pasión que narra San Lucas tiene grandes convergencias con el de San Marcos, pero sorprenden las afinidades que tiene con San Juan. San Lucas presenta a Jesús en la pasión como testigo, justo perseguido injustamente en línea con el justo sufriente que describe el profeta Isaías en el capítulo 53 de su libro.

La responsabilidad de la condena de Jesús recae con más fuerza sobre los judíos. Por su parte, el pueblo asiste en actitud pasiva y en silencio a cuanto ocurre. Ahora bien, el adversario de Jesús realmente es Satanás y la fuerza de Jesús para combatirlo reside en su abandono confiado y radical en Dios Padre.

El rebajamiento de Cristo, el despojarse de sí mismo, contra el que se hincha con un honor aparente, no debe entenderse como si por un solo instante dejara de ser el Hijo de Dios, sino como la voluntaria aceptación de nuestra condición frágil y humilde. Cristo quiso acreditarse como verdadero hombre, vivir como uno de tantos, sin hacer valer con ostentación su dignidad divina. En su obediencia al Padre y en su condescendencia para con los hombres, se anonadó Cristo hasta el límite: hasta la muerte y muerte de cruz.

Como señala el autor de la carta a los filipenses el “despojo” de Cristo que, desde su gloriosa divinidad baja hasta el nivel más ínfimo de la humanidad, la muerte de cruz, el patíbulo de Roma destinado a los esclavos y a los terroristas; pero, haciendo brillar en este texto el canto del alba de la Pascua cuando Cristo, superada la galería oscura de la pasión y de la muerte, retorna en el esplendor de la divinidad.

San Lucas dibuja en el texto de la pasión de Cristo, un camino que el discípulo debe seguir detrás de los pasos de su Señor; siguiendo a Jesús en la pasión, el católico está llamado a una adhesión personal y vital. Así, Simón de Cirene y aquellas mujeres no fueron espectadores o testigos neutros, sino que son casi modelos del seguimiento de Jesús, incluso en el instante último y decisivo. Simón, hace de modo concreto lo que Jesús había indicado a los discípulos: “cargar cada día su cruz”.

Finalmente, Jesús sobre la cruz ofrece al discípulo otro grande ejemplo que hay que practicar en la vida, el del perdón a los pecadores y el perdón por las ofensas recibidas. También está el ejemplo del criminal arrepentido, al que Jesús ofrece el don de la salvación en el reino. Además, el perfecto abandono en las manos de Dios, es como la síntesis de esa larga lección que Cristo dio en todos sus mensajes. La última palabra que afloró en los labios de Jesús fue, según San Lucas, la de “Papá”, pronunciada con serenidad y confianza.

Desde hoy haz tu mejor esfuerzo para vivir intensamente cada uno de estos días de la Semana Santa.

 

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