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Homilía dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

“Mis ovejas escuchan mi voz”

La “Vida eterna”: es la vida que Jesús da a sus ovejas, a cuantos creen en Él. Es la vida que se recibe por la fe. Todo esto nos lleva a la conclusión de que san Juan entiende esta “vida eterna” como algo que se inicia en el mundo, aunque adquiere su plena manifestación en la gloria que aún esperamos. El polo opuesto a la vida eterna es la “perdición eterna”, de la que han sido liberados los que creen en Jesucristo.

Jesús está seguro de que nada ni nadie puede apartar de sus brazos a los que son suyos. Por esto, cuantos creen en Jesús tienen su vida guardada en buenas manos y no morirán para siempre.

Nadie ha expresado más bellamente que san Pablo la actitud del creyente que corresponde a estas palabras del Señor. San Pablo dice en su carta a los romanos: “Pues estoy absolutamente convencido de que ni la vida ni la muerte, ni los ángeles ni las potestades, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas, ni lo bajo, en fin, ninguna criatura podrá separarnos del amor que Dios nos tiene en Jesucristo nuestro Señor”. Es como dice Jesús: “Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. El Padre y yo somos uno”. El poder de Dios es el mismo poder de Jesús, pues el Padre y el Hijo son un mismo Dios.

Así pues, la relación íntima y profunda que se establece entre Jesucristo y la persona, es definida con el verbo “conocer” que unifica mente, corazón, acción y ser total de la persona, de modo que en los labios del Jesús de san Juan se convierte en la definición de la vida eterna: “La vida eterna es conocerte a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo”.

La persona que ha escuchado y se ha hecho conocer y ha conocido a Dios “sigue” a Cristo su único pastor. Este seguimiento debe ser cotidiano y continuo, incluso cuando en el horizonte se vislumbra la pesadilla del lobo que se coloca delante dispuesto a devorar nuestra vida y a desgarrar nuestro espíritu. Y, siempre, en todo momento, debe venir a nuestra mente y a nuestro corazón la promesa de que nunca estaremos “perdidos” y que nadie nos podrá “arrebatar” de la mano segura y omnipotente de Cristo. San Pablo lo expresa densamente al final del capítulo 8 de la carta a los Romanos: “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni el presente ni el futuro, ni la altura ni la profundidad, ni ninguna criatura podrá nunca separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor” (8, 38-39).

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