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Homilía dominical

Foto: Megamedia Edi285

Presbítero Manuel Ceballos García

“Levantando las manos, los bendijo…”

Jesús, habiendo cumplido su misión, su obra habría de fructificar en la salvación de todos los pueblos. Por eso era necesario que los apóstoles anuncien el Evangelio a todas las naciones, comenzando por Jerusalén.

Aquellas naciones que escuchen el Evangelio y respondan a la llamada de conversión, se salvarán.

Los apóstoles serán testigos de cuanto han visto y oído, en especial de la muerte y resurrección de Jesús. Pero, para que puedan realizar eficazmente su misión, Jesús les enviará “lo que el Padre ha prometido”, el Espíritu Santo, cuya venida sobre todo el pueblo ya habían anunciado los profetas, Joel sobre todo.

San Lucas concluye su Evangelio narrando concisamente la Ascensión de Jesús.

La subida de Jesús al cielo está descrita según la visión antigua del universo. Pero el autor no está interesado en el hecho como un acontecimiento visible, y mucho menos en confirmar la cosmovisión de su tiempo, sino tan solo en lo que significa realmente la “prueba” o “signo” de la Ascensión: que Jesús retorna definitivamente a la posesión de la “gloria” que le pertenece.

Que Jesús, muerto y resucitado, es hoy el Señor que ha triunfado sobre el pecado y la muerte, que ha tomado posesión del universo y lo ha reconciliado con el Padre.

Los textos más antiguos coinciden todos en asociar íntimamente la ascensión de Jesús a los cielos con su muerte y resurrección.

Así, según san Lucas, todo el itinerario de Jesús y del discípulo que camina con él por los caminos del mundo tiene esa meta ideal colocada sobre el monte más alto de Jerusalén, el de los Olivos. Porque Jesús llegó a Jerusalén como a una meta definitiva, la de su muerte y resurrección.

Fue la conclusión triunfal y pascual de la vida terrena de Jesús. Él, como un sumo sacerdote, levanta las manos y bendice a su Iglesia. Y, delante de Él toda la comunidad creyente se puso en actitud litúrgica de adoración, de alabanza y de fiesta. No era un adiós sino la inauguración de una era de esperanza.

Es fuerte la tentación de quedarnos “mirando al cielo”, arrebatados en una contemplación que nos levanta de la tierra, del ruido cotidiano, del peso de las responsabilidades.

Pero hay que encontrar la armonía entre el camino presente y la meta que hay que conservar viva en el horizonte, entre el destino cotidiano e inmediato y el destino último y perfecto.

Historia y eternidad, desde cuando Cristo se encarnó, se han unido indisolublemente.

Lo que profesamos en el Credo no es tanto la inmortalidad del alma sino la “resurrección de la carne”, es decir, el ingreso de todo el ser y de toda la creación en el misterio glorioso de Dios.

 

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