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Homilía Dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

Cargar con la cruz de cada día

Después de escuchar la parábola de los invitados al banquete, los oyentes de Jesús podían llegar a creer que la entrada en el reino de Dios era cosa de chiquillos y que todo consistía en aceptar la invitación que se hace a todo el mundo. Sin embargo, la cosa no es tan simple y tiene sus dificultades. Por eso san Mateo precisa en el sentido de la parábola hablándonos seguidamente del vestido apropiado que hay que llevar al banquete de bodas, y san Lucas recoge una serie de palabras de Jesús sobre las exigencias que hace a cuantos quieran ser sus discípulos y entrar en el Reino de Dios.

Cuanto se presente como un obstáculo en el seguimiento de Cristo debe ser eliminado sin contemplaciones. No importa que se trate de los vínculos más legítimos o de los más grandes bienes. Todo debe sacrificarse con tal de seguir a Cristo hasta la muerte, incluso dando la propia vida.

La intelección de ambas parábolas depende del versículo 33, que es el último de nuestra lectura. Jesús quiere decir solo, y nada menos, que para ser discípulo hace falta una actitud de total desprendimiento y que esto no debe olvidarlo nadie. A veces esta actitud deberá traducirse en renuncias efectivas, pero en cualquier caso el discípulo de Jesús debe estar a punto de dejarlo todo por la causa del Evangelio.

Así, el estribillo que resuena tres veces, es: “No puede ser mi discípulo”. Hay que dejar familia y hasta uno mismo. Pero, ¿no es cierto que el cuarto mandamiento exige “honrar al padre y a la madre? Además, hay que descifrar el valor de la expresión de Jesús cuando dice: “odiar”, y su verdadera intención. Digamos que, para ser discípulo del Señor, es necesario rehuir a la tibieza porque la elección de fe es radical. El cambio de mentalidad es decisivo y Jesús lo apremia —a la manera semítica—, con palabras duras, intensas, que muevan la conciencia.

Por otra parte, “cargar la cruz” indica que la adhesión del compromiso cristiano no es solo fruto de la adhesión valiente y entusiasta de un momento, sino que es una elección pesada, continua, cotidiana. La cruz se imprime sobre todos nuestros días, un “viacrucis” que no dura solamente la tarde del Viernes Santo, porque Jesús “está en agonía hasta el fin de los siglos”, como escribió el gran filósofo Pascal.

Las dos parábolas finales del relato de hoy enseñan que la empresa de seguir a Jesús es difícil y seria, no se la puede afrontar con ligereza y superficialidad, porque el fracaso puede ser amargo.

Para el reino de Dios hay que invertir todo lo que se tiene y si hay que sacrificar lo que más se ama, también hay que renunciar a ello para invertirlo en la caridad.

Avanzan hacia su objetivo