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Homilía dominical

Foto: Megamedia

Presbítero Manuel Ceballos García

“Este es mi Hijo muy amado”

Para San Mateo el Bautismo de Jesús es el momento clave de su manifestación como Hijo de Dios. Ante la objeción de Juan el Bautista, Jesús constata el sentido que tiene ese momento: su adhesión a Dios Padre. Una adhesión que Jesús la llevará al cabo en obediencia de fe y, por eso, la justicia de Dios aparece como el Plan de Salvación de Dios Padre.

El centro en el relato de san Mateo está en que los cielos se abrieron y una voz se escuchó. Aquí tendríamos el significado del bautismo de Jesús. El texto del evangelio dice que cuando Jesús salió del agua “se abrieron los cielos”. Si tenemos en cuenta que para aquellas personas el cielo era el lugar donde habitaba Dios y que un signo del inicio de su presencia salvadora era precisamente que los cielos se rompieran para que Dios descendiera (Is 63, 19), la apertura de los cielos estaría indicando —entre otras cosas— la cercanía de Dios.

El Bautismo de Jesús aparece, así, como el inicio de un itinerario que llevará a Jesús a la cruz y a la resurrección. Por otra parte, Jesús es el que trae el verdadero bautismo, no el del agua del Jordán que limpia exteriormente, sino el Bautismo del Espíritu Santo que vivifica y consagra.

Además, Jesús es presentado por medio de dos signos reveladores, proféticos y mesiánicos: se abren los cielos (Is 64, 1) rompiendo el muro separador entre Dios y las personas y desciende sobre Él el Espíritu Santo (Is 11, 1). La voz del cielo pronuncia el veredicto definitivo sobre la persona de Jesús: es mucho más que un rey (Sal 2, 7), mucho más que el siervo (Is 42, 1): es el Hijo muy amado.

Por lo tanto, podemos decir que en el texto de san Mateo el Bautismo de Jesús está en función de una especie de teofanía y acreditación de Jesús, que, posteriormente, será complementada con el acontecimiento de la Transfiguración (17, 5): “Este es mi Hijo amado, en quien tengo me complazco; ¡escúchenlo!”.

Por otra parte, el sacramento del Bautismo es un abrazo con el infinito, es nuestra adopción. Adopción a hijos obtenidos por el Hijo por excelencia, según afirma san Pablo.

La unión que ahora hay entre Dios y todos los bautizados ya no es aquella entre el Creador y la creatura, entre el Señor glorioso y la frágil realidad mortal semejante a la hierba de los campos que por la mañana florece y por la tarde se seca.

Ahora la unión se colorea de intimidad y de amor, es la que brota en una relación de paternidad y de filiación: como afirma el profeta Oseas, Dios se inclina y nos eleva a su mejilla como el papá hace con su hijo para hacerlo comer (11, 4).

¿Recuerdas la fecha en que recibiste el Sacramento del Bautismo? Porque fue en esa fecha en que “naciste para Dios”, fecha en la que fuiste incorporado a la familia de los hijos de Dios.

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