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Homilía VII Domingo de Pascua

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

54º JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Ciclo A

Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20.

“Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

         In láake'ex kat'aane'ex ich Maaya, kintsikike'ex yéetel ki'imak óolal. Bejla'e' kiinbensik u kiinil u Náaka' Ka'an Yuumtsil, táak xane' kiinbensik u jo' p'éel ja'ab Laudato Sí'. Yéetel dso'ok u k'áata' to'on tak Roma ka kiinbensik tuláakal jun p'éel ja'ab, tak 24 ti' mayo ti' 2021, le Encíclica Laudato Sí, u ti'olal bix jeel u páajtal kalantik u lu'umil Naj u Láajklo'on.

         Muy queridos hermanos y hermanas les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor Jesús resucitado, en este día de la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. En esta fiesta también converge la celebración de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Esto me permite la ocasión para mandar un gran saludo y felicitación a todos los comunicólogos por profesión, así como también a todos los empresarios y trabajadores de los distintos medios de comunicación y de las redes sociales, que cada día cobran más y más importancia en el campo de las comunicaciones.

         También aprovecho la ocasión para agradecer a todos los que han estado apoyando a la Iglesia, sea en las televisoras, en las radios, en los periódicos y en las redes sociales, para estar en comunicación continua con la feligresía, en medio de esta pandemia, difundiendo las celebraciones de la Eucaristía, los rosarios y en muchas otras formas de evangelización.

         Para nosotros, los obispos y sacerdotes, está resultando una experiencia extraordinaria el aprendizaje en estos temas de comunicación, y creemos que mucho de lo que hemos aprendido y estamos haciendo lo debemos continuar después que termine la pandemia. Además, surgieron muchos jóvenes que, sin ser expertos en comunicación, han apoyado a sus párrocos en las transmisiones. ¡Dios les bendiga por su colaboración! 

         El Papa Francisco, en su bello mensaje para este 54º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, se refiere a la capacidad narrativa de los comunicadores, plasmada en libros, películas, revistas, periódicos y redes sociales. Aquí les presento algunas de las primeras palabras de su mensaje: “Para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias, historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros”.

         Considero que la narrativa sobre los acontecimientos de esta pandemia es vital para mantener el ánimo de todos, para provocar la unidad de todos los sectores, familias y personas, y para suscitar el compromiso necesario de cada uno en orden al servicio de nuestros hermanos. También pienso, junto con el Papa, que la mejor obra narrada de todos los tiempos, se encuentra en la Sagrada Escritura, en particular en los santos Evangelios, y con esta obra podemos iluminar cada día la narración de nuestra historia actual.

         Además, hoy celebramos el quinto aniversario de la Encíclica Laudato Si’. Es tan urgente el cuidado de la Casa Común, que el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral del Vaticano, nos ha convocado a celebrar el “Año de la Laudato Si’”, que ya inició el pasado jueves 21 de mayo y continuará hasta el 24 de mayo del 2021.

         La pastoral que apoya a los Pueblos Originarios y a los pobres, que son los primeros afectados por la industria extractiva, por la contaminación y por la tala inmoderada de bosques y selvas, ha visto que es necesario el trabajo en red, pues la unión hace la fuerza. Por eso desde el año 2011, nació la REPAM, que es la “Red Pan-amazónica del Cuidado de la Casa Común”; y en el año 2017 nació la “Red Mesoamericana de las Iglesias de México y Centro América” para el mismo fin.

         Pasando a la Palabra de Dios hoy, la primera lectura, tomada de los primeros versículos del Libro de los Hechos de los Apóstoles, nos trae el relato de la Ascensión del Señor. El texto inicia enlazándose con el libro anterior, que es el evangelio según san Lucas, mismo que presenta la vida y enseñanzas de Jesús; por lo que en esta otra parte se nos narra la fundación de la Iglesia y sus primeros años de vida. La Ascensión sucedió en un jueves, cuarenta días después de la resurrección de Cristo. De hecho, en la mayoría de los países, se celebró esta fiesta el pasado jueves, en cambio México es uno de los países autorizados para trasladar esta festividad al domingo siguiente.

         Antes de ascender a los cielos, Jesús les manda a sus discípulos, permanecer en Jerusalén aguardando el don del Espíritu Santo, el cual descendió sobre ellos el día de Pentecostés, diez días después. Por eso nosotros celebraremos la solemnidad de Pentecostés el próximo domingo, cuando clausuraremos el santo tiempo de la Pascua.

         Todavía en ese momento, los discípulos dieron muestras de no haber entendido el porqué de la misión de Cristo. Le dijeron: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” (Hch 1, 6). Ellos estaban confundiendo la misión de Jesús de establecer el Reino de los Cielos, con el establecimiento del Reino de Israel. Revisemos nuestras expectativas ante nuestra relación con Jesús, no vaya a ser que estemos esperando y trabajando por nuestro reino y no por el Reino de Dios.

         Mientras los discípulos continuaban mirando al cielo tratando de ver todavía a Jesús, unos ángeles les hacen un reproche amoroso, preguntándoles: “Galileos, que hacen allí parados, mirando al cielo? Este mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse” (Hch 1, 11). Esto nos debe recordar ante cualquier problema personal, familiar, comunitario, o social, que no podemos esperar a que todo nos lo venga a resolver el Señor, sino que estamos llamados a poner lo mejor de nosotros mismos en la solución de cada problema. Como dice el pensamiento de san Ignacio de Loyola: “Dios no nos suplanta, sino que actúa a través de nosotros. Actúa como si todo dependiera de ti, pero confía sabiendo que todo depende de Dios”.

         En la segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Efesios, el Apóstol expone lo que nosotros decimos en una breve expresión del Credo, que Cristo está sentado a la derecha del Padre, y él pide al Señor que podamos descubrir y calcular la grandeza de nuestra esperanza. Dice: “Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos” (Ef 1, 18); y es que a veces confundimos el don de la esperanza cristiana, con las triviales expectativas que a veces se nos ocurren.

         El santo evangelio según san Mateo, nos presenta otra versión del mismo episodio de la Ascensión del Señor, que es anterior en el tiempo a la narración de san Lucas, y que nos da una visión complementaria para asimilar un acontecimiento tan significativo. Dice san Mateo que al ver los discípulos “a Jesús se postraron, aunque algunos titubeaban” (Mt 28, 17). Una cosa es aceptar a Jesús como el Mesías y Redentor, reconociendo el hecho de su resurrección, y otra cosa es aceptarlo como Dios verdadero.

         Es natural que, habiendo nacido con una fortísima herencia del monoteísmo, los discípulos batallaran para captar el significado y la realidad de la Santísima Trinidad, aceptando que habían convivido con Dios en persona. Hubo necesidad de algunos siglos de reflexión teológica y de algunos concilios, para que la Iglesia pudiera expresar claramente en su doctrina, la convicción sobre la Encarnación del Hijo de Dios; incluso hoy todavía hay muchos que no acaban de entenderla y titubean, porque no están suficientemente evangelizados.

         Luego tenemos dos elementos más: Misión y confianza. La misión, desde aquel día, bajo el poder de Cristo, consiste en ir y hacer discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu santo, enseñándoles a cumplir todo cuanto él nos ha mandado. Aún hoy, esa es la tarea: Hacer discípulos, bautizar y enseñar. Lamentablemente hay quienes desean sólo los sacramentos sin importarles el ser discípulos, y mucho menos el ser enseñados. Por otro lado, también tenemos el consuelo permanente de su promesa: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Él sigue y seguirá siempre cumpliendo esta promesa.

         ¡Sea alabado, Jesucristo resucitado!

+ Gustavo Rodríguez Vega, Arzobispo de Yucatán.

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