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Hizo carrera de escéptico

James Randi en foto de junio de 2007 en Fort Lauderdale

James Randi se propuso luchar contra el fraude

WASHINGTON (AP).— Fue un popular mago que renegó de su oficio y cuestionó a quienes doblan cucharas, leen la mente y curan con la fe. Lo hizo con tanta fuerza que pasó a ser conocido como el escéptico más reconocido de Estados Unidos.

James Randi, el “Sorprendente Randi”, falleció el martes 20 pasado a los 92 años de causas naturales “asociadas con su edad”, según la Fundación Educativa que lleva su nombre.

Artista, genio, desmitificador, ateo. Randi era todo eso y más. Se dio a conocer poco después de dejar la preparatoria y unirse a un espectáculo ambulante. Escapó de un ataúd cerrado con llave bajo el agua y de un chaleco de fuerza mientras colgaba de sogas en las cataratas del Niágara.

Alcanzó fama como mago hasta que un día puso fin a sus presentaciones por el mundo y dijo en un breve comunicado que no tenía poder sobrehumano alguno. “Son todos trucos. No hay nada sobrenatural”.

Pasó a ser el mayor escéptico del país. En un episodio de “The Tonight Show” de 1972 ayudó al conductor Johnny Carson a engañar a Uri Geller, el israelí que decía que doblaba cucharas con la mente. Randi se aseguró de que Geller no tuviera contacto alguno con cucharas ni con ningún otro elemento a ser usado en su acto.

El resultado de esto fueron 22 minutos inacabables en los que Geller no pudo completar un solo truco.

Randi trató de desenmascarar no solo a los lectores de mentes y manos, sino también a quiroprácticos, homeópatas y otros que según él engañaban a inocentes para llevarse su dinero.

“Veo que la gente es embaucada todos los días por curanderos, farsantes de todo tipo, médicos y sus líneas telefónicas, gente que dice que encontró niños desaparecidos o que ayuda a invertir dinero”, declaró en 1998. “Sé que dicen cuentos porque conozco sus métodos”.

“Es una obsesión, siento que esto que hago es importante”, explicó en 2007.

En una ocasión demostró que los mensajes que el sanador televisivo Peter Popoff decía recibir de Dios le llegaban de su esposa a través de un audífono. Pero la mayor parte de las personas que desenmascaró como embaucadores eran gente poco conocida, a la que la Fundación Educativa James Randi convenció de que demostrasen sus poderes.

La organización ofrecía un millón de dólares a quien demostrase que tenían poderes naturales o la presencia de un ser sobrenatural.

Sus detractores decían que la fundación no tenía ese dinero, pero Randi ofreció documentación bancaria y, además, nadie estuvo ni siquiera cerca de ganárselo.

Randi, cuyo nombre verdadero era Randall James Hamilton Zwinge, nació en Toronto el 7 de agosto de 1928. De pequeño cuestionaba todo. Se aburría en la escuela y sus maestros decían que era un prodigio, muy adelantado a sus compañeros. Nunca terminó la preparatoria ni cursó estudios universitarios, pero en 1986 recibió una beca MacArthur, conocida como un “reconocimiento para genios”.

Hablaba con autoridad. Decía que no dudaba de sus creencias, pero que siempre existiría la posibilidad de que estuviese equivocado.

“Probablemente esté en lo cierto. Solo probablemente”, afirmó. “Cuesta mucho encontrar absolutos”.

Por más que se tomase muy en serio el tema de los engaños, disfrutaba viendo actos de magia y películas que eran pura fantasía. Habló del dolor que sintió al ver morir a un amigo y de la magia del amor. En 2010 anunció que era gay y se casó con su compañero de años, Deyvi Peña, en una ceremonia en Washington. En 2014 se distribuyó un documental sobre él, “An Honest Liar (Un mentiroso honesto)”.

Randi admitió que le molestaba que la gente que fingía escapes siguiera atrayendo público y ganando dinero. Quería que los embaucadores fuesen castigados, aunque al mismo tiempo reconocía que la gente quiere creer en estas fantasías.

“Los que creen de verdad”, decía, “no prestan atención a la evidencia que indica que aquello en lo que ellos creen no es cierto”.

Sentía un auténtico rencor hacia quienes tildaba de farsantes. Cuando lo expresaba, lo hacía con una cierta gracia, como cuando se le preguntó qué le gustaría que hiciesen con sus cenizas una vez muerto. “La pedí a mi mejor amigo que se las tire en los ojos a Uri Geller”, respondió. “Me encantaría que se le llenasen los ojos con mis cenizas. Sería lo más apropiado”.

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