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Javier Camarena da El Grito en Mérida

La pianista María Henneman y el tenor Javier Camarena durante el recital que ofreció anoche el mexicano en el teatro Peón Contreras

Un recital para la posteridad en el Peón Contreras

Vallas por doquier. Policías que no dejaban pasar a ni una mosca. Ese era el 15 de septiembre que se viviría en la Plaza Grande de Mérida, desangelado y pandémico.

Y es que el torrente sanguíneo se agolpaba en otra parte. En el corazón. Y el corazón de Mérida estaba en el teatro Peón Contreras.

Ahí, algunos privilegiados serían testigos de un concierto histórico: El del tenor Javier Camarena que vestido de charro cantaba la Serenata Huasteca que tan famosa hiciera Pedro Infante.

Antes, Camarena, vestido de negro, ya había puesto de pie al público con “La donna è mobile”, luego de estremecer hasta el último palco con “E lucevan le stelle”.

Y cuando canta esas dos arias que de inmediato tienen como referente al gran Luciano Pavarotti, un referente también para Camarena, de cabecera, curiosamente no viene a la memoria el italiano sino la voz clara y potente de Camarena, una voz que va creciendo nota a nota, que cuando piensas que ya lo ha dado todo te deja boquiabierto con un torrente que no sabes de dónde ha salido; frases de largo aliento que ya hubieran asfixiado a alguien que no tuviera su nivel. Como hizo en “La malagueña” que plagó de hermosos e infinitos falsetes.

Ya había dicho el pianista acompañante, Ángel Rodríguez, que si algo sorprendía de la voz de Camarena es su proyección, una voz “echada para adelante” con un fraseo y expresividad envidiables.

Camarena no llegó solo a Mérida, además de Rodríguez se hizo acompañar por la joven pianista María Hanneman, ganadora del International Music Competition Salzburg Grand Prize Virtuoso de 2020 y estudiante del Conservatorio Nacional de Música, que brillante como el vals de Chopin que interpretó en su primera participación, apareció pestañeando rápido, como alas de colibrí, y con la expresión angelical de la quinceañera que es, deslizó sus largos dedos por las notas de un vals que ella misma ha confesado que mejora cada vez.

Tras la dedicada participación de María, que además interpretó una Gavota de Manuel M. Ponce y acompañó a Camarena en la alegre aria “Lo spazzacamino”, el experimentado pianista Rodríguez hizo estallar palmas con una popular pieza, “Las bodas de Luis Alonso”, que el público acompañó con olés.

Y así fue el resto de la noche, una fiesta. El público coreaba las canciones, apladía, chiflaba festivamente, pedía “otra, otra...” y el encore no se hizo del rogar: una tenoril y aterciopelada versión de “Esta tarde vi llover” de Manzanero, “Viva México” y “Motivos”.

El Grito de Camarena fue universal, fue francés, italiano y mexicano, demostrando el enorme potencial que la música vernácula y la trova yucateca tienen en salas de concierto e hinchando el orgullo nacional. Viva México, el de la verde esperanza en tiempos de pandemia, un Grito que casi nos devuelve a la normalidad.— Patricia Garma Montes de Oca

 

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