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La Cruz que se apropió Jorge Luis Borges

Cristo en la Cruz Borges
El Cristo de la Unidad, en la Catedral en Mérida, Yucatán, México. Foto de Fernando Acosta Yam

Con motivo de la Semana Santa, reproducimos el siguiente escrito de Cecilia Peón Molina publicado originalmente en el Diario, en la edición del 25 de abril de 2011, en la sección de Imagen:

Reflexiones sobre un poema del autor, publicado en Tokio

Ha sido Cuaresma, tiempo especialmente propicio para pelearnos con nuestros demonios, para meditar y preguntarnos sobre todo lo cuestionable de nuestras actitudes y decisiones, sobre el aquí y el más allá.

Cristo en la Cruz BorgesEn esa línea de pensamiento, el poema de Jorge Luis Borges, “Cristo en la cruz”, es idóneo para remover nuestra naturaleza interna y provocar así todo tipo de respuestas y sensaciones. “Cristo en la cruz”, publicado en Tokio en 1984, le ofrece al lector no sólo la visión del poeta —a través del narrador— sobre las narrativas de la Pasión sino también una perspectiva tanto de su propia búsqueda de Cristo como de su posición concerniente al Cristo que muere.

El Cristo muriente tiene que ver sobre todo con su propia humanidad, y él, Borges, el eterno escéptico y casi nihilista, estremece y perturba con imágenes totalmente alejadas de la ortodoxia, con pensamientos atrevidos y provocadores. Sin embargo, al hacerlo penetra hasta el fondo de asuntos tanto sagrados como humanos y no puede más que crear una atmósfera de meditación e interés sobre lo que asienta en el papel.

Al recrear las últimas horas de Cristo, el poeta comienza por posicionarlo claramente en la Tierra —no entre Cielo y Tierra— al igual que a los otros crucificados. Borges se atreve a describir a Jesús en el plano físico como “áspero y judío”, alejando todo sentido de superioridad o preponderancia, visión contraria a la tradicional, que pone a Cristo en el medio y a su cruz como la más alta.

A través de este comienzo el lector tiene una idea de lo que trata el narrador: que Cristo es igual a cualquier ser humano, asimismo que su muerte. Todavía más, el escritor reconfirma esta idea cuando pone de relieve que se trata de “un hombre quebrantado”, un Cristo que sufre calladamente aunque la voz del narrador confirma que la corona de espinas lo lastima.

En busca de Dios

A pesar de toda esta descripción provocadora, da a saber en medio de estos versos que él, narrador y/o poeta, seguirá en su búsqueda hasta el final de sus días a pesar de no verlo.

Entonces, la muerte de Cristo deja la escena presente para divagar acerca de lo ocurrido anteriormente o de lo que pasará en el futuro. Así, el Cristo del Credo de Nicea “Dios de Dios” se ve perturbado y presentado como un hombre simple y caótico, que duda, lejos del aura de convicción acerca de la vida eterna de “Su padre celestial.”

Como una introducción a su filosofía, el poeta extiende el ánimo de Cristo hasta bordearlo de indiferencia y falta de cuidado. De nuevo, esta posición va totalmente contra asuntos de fe que enseñan que un cristiano cree en Cristo como Dios y en la vida eterna del alma, que un cristiano es alguien a quien le importa lo que sucede a su alrededor. En esa vena, sacude insistiendo en que Cristo no puede ver el futuro del mundo, un mundo cambiado para siempre debido a las consecuencias del advenimiento del cristianismo, aunque se crea que, como Dios que es, puede saberlo.

Contradicciones

De los versos 14 al 24, el narrador pone de relieve controversias propias de la Iglesia Católica y de sus acciones y actitudes, creando todavía más especulación sobre esos eventos. Y en el verso 25 da la última estocada al principio de la divinidad de Cristo al declarar bruscamente que “sabe que no es un dios y que es un hombre que muere con el día”. Consistente con estas maneras, el narrador declara que “le importa el duro hierro de los clavos” y finaliza el pensamiento con la convicción que Cristo, el Cristo del narrador y/o de Borges, no es ni romano ni griego, no es estoico y, por lo tanto, le es permitido gemir. Cristo es carne y sangre vivas, sin cielo, sin resurrección ni ascensión.

Parada

Al avanzar el poema, el poeta asegura que Cristo le ha dado a la humanidad un modo de vida, “una doctrina del perdón que puede anular el pasado”. Esta nota positiva es solo una parada en el camino, tal vez para dar a conocer al lector de que él, Borges, es un convencido de algunos de los principios del Cristianismo. El poeta existencialista regresa a su temática, exponiendo provocadoramente no solo la confusión de Cristo sino también la búsqueda y esperanza de su propio fin, reduciendo al Hijo del Hombre a su mínima expresión, a una entidad casi suicida.

Después de una imagen de oscuridad, el escritor lleva al lector a sentir simpatía y compasión en vista de la agonía del hombre muriente. Y cuando la mente del lector queda en silencio, llega de nuevo el narrador para despertarlo bruscamente: ¿Qué puede describir mejor la carne muerta que la imagen de una mosca, la eterna putrefacción?

El sufrimiento

Pero eso no es todo. El inesperado giro y epílogo, lo mejor de Borges, está todavía por venir. Sí, después de recrear en su propia epopeya el sufrimiento de Cristo, Borges se enajena totalmente del asunto para poner de relieve su propio sufrimiento, su propia carne humana, el confinamiento y la limitación de su ciego y envejecido cuerpo de más de 80 años. Paradójicamente, es solo cuando el poeta decide tirar a la arena su propia persona que todo el espectro de la humanidad sale a la superficie: al retratarse él mismo, el escritor se ve reflejado en el sufrimiento de Cristo. Sí, al aceptar sus propias limitaciones, Borges —a través del narrador— abraza a la humanidad, a la carne, al sufrimiento inevitable. De esta manera casi inesperada, él acoge y se identifica con Cristo sufriente. Por medio de estas imágenes, el argentino empuja y casi fuerza a su audiencia a pensar en asuntos de naturaleza cristianos, especialmente sobre la carne humana de Cristo.

En esta Cuaresma, este poema me ha invitado a confrontar el sentido del sufrimiento humano, de trascenderlo, de asimilarlo: es parte de la vida. Afortunadamente, el sufrimiento no viene solo. Le sigue la Resurrección. Felices Pascuas.

Cristo en la Cruz Borges

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