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La dignidad de la vida humana

Foto: Megamedia

Hablemos de Bioética

Ante los múltiples abortos que se cometen, la Iglesia siente la grave urgencia de cumplir su labor profética de ser voz para los que todavía no tienen voz. “Cada día es mayor la masacre del aborto que produce muchas víctimas en nuestras ciudades y pueblos”.

Algunos, equivocadamente, consideran una desgracia que el acto sexual esté conectado con la procreación. Y así se llega a hablar del hijo no deseado —aunque sea la voluntad de Dios—. “Una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y un concepto egoísta de libertad ve en la procreación un obstáculo para el desarrollo de la propia personalidad, así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada”.

Ante este panorama surgen serias interrogantes: ¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar al más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad?

En el lenguaje médico y penal se considera —con cierta imprecisión— aborto a “la interrupción del embarazo antes que el feto sea viable, es decir, que tenga la posibilidad de sobrevivir”. Estas expresiones no deben atenuar de ningún modo la gravedad del delito abominable que es el aborto, ya que en tal interrupción siempre hay la intención de “eliminar el producto”, lo cual equivale a terminar con la vida humana desde su inicio. La Iglesia ha definido el aborto, junto con el infanticidio, como “crímenes nefandos”.

“El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción a su nacimiento”. Se trata del aborto provocado, o sea, cuando se destruye voluntariamente al embrión o feto. Es distinto al aborto espontáneo o accidental que sucede por alguna enfermedad, lesión o malformación por la deficiencia del útero materno o del feto.

“Desde el siglo I, la Iglesia ha afirmado la malicia moral del aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral”.

Sin embargo, no solo la fe cristiana denuncia el aborto como crimen abominable, sino también la recta razón, fundada en el derecho natural. Por eso los argumentos en defensa de la vida humana inocente, desde su inicio, van dirigidos a todos los hombres de buena voluntad.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, licenciado en Bioética

 

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