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La muerte puede ser ''buena''

Limpieza y remozamiento de una tumba a cargo de la familia Arjona Dzul, en el cementerio de Xoclán (Foto de Carlos de la Cruz)

La conciencia de que algún día moriremos nos obliga a darle sentido a la vida.- La soledad y el dolor, los verdaderos enemigos  

De morir nadie se salva. Es algo inevitable que tarde o temprano todos vamos a experimentar. “¿Qué hay de cierto en la tierra, sino la muerte? Adonde quiera que te vuelvas, todo es incierto. Sólo la muerte es cierta”, advierte San Agustín.

Los humanos somos los únicos entre los seres vivos que sabemos que vamos a fallecer. Pese a esta certeza, el miedo a la muerte nos acompaña como una sombra, hablar de ella sigue siendo un gran tabú, nos causa angustia, incertidumbre, fobia.

¿Qué es morir? Definir la muerte resulta mucho más difícil de lo que uno se imagina, ya que implica diversos ámbitos -biológico, filosófico, médico, legal, social, religioso…- que están íntimamente relacionados.

“Literalmente, morir es dejar de estar vivo. Entonces, la primera pregunta que tendríamos que hacernos es ¿qué es vivir? Lo peor que puede pasarnos es que al llegar el momento de nuestra partida nos demos cuenta de que en realidad no hemos vivido. Eso es lo terrible, no la muerte”, dice la tanatóloga Ivonne Castillo Cetz.

Demasiado apego

La muerte no es aterradora. Nos lo parece porque implica separación y no estamos acostumbrados al desapego. Nuestros sentimientos están muy ligados a lo que podemos ver, tocar, escuchar, oler, a lo que podemos aprehender con nuestros sentidos, esteblece la directora del Instituto de Tanatología, Logoterapia y Vida.

“No hemos aprendido a amar más allá de esas experiencias sensoriales. Ese apego hace que sintamos miedo a la separación definitiva, la posibilidad de dejar de ver y escuchar a nuestros seres queridos nos causa ansiedad y puede llegar a aterrarnos”.

Y luego de preguntarnos ¿qué es vivir? o ¿estoy viviendo plenamente?, en algún momento también deberíamos plantearnos qué significa para nosotros morir, porque pasa que cuando nos llega la hora no sabemos a qué nos enfrentamos, nunca pensamos en ello, expresa. Y hemos recibido nociones para responder esa pregunta -lo que nuestros papás, abuelos, la religión que profesamos, nos han enseñado-, pero nunca nos hemos detenido a reflexionar precisamente porque nos da miedo y preferimos no tomar conciencia de que la muerte es un hecho inevitable.

La vida actual nos facilita las cosas en ese sentido, nos permite ser insensibles. Vivimos deprisa, distraídos por las redes sociales, consumidos por el trabajo, abrumados por las obligaciones y no sabemos conscientemente qué es vivir. Y eso hace difícil hacer siquiera una lejana reflexión sobre qué es morir.

“De vez en cuando deberíamos detenernos un momento para preguntarnos ‘¿qué es la muerte, qué significa para mí?’.  Eso nos llevaría a entenderla y encontrarle su verdadero valor”.

Trascendencia

La muerte de ningún modo es horrorosa, insiste. “Tengo tantos años trabajando con ella que incluso la considero una amiga. No porque me traiga clientes, sino porque me recuerda a diario que tengo que vivir plenamente, que tengo que disfrutar de la vida en el presente y que tengo que demostrarles amor a mis seres queridos, al grado de que cuando yo no esté puedan sentirme y mi presencia pueda trascender esta vida terrenal”.

La conciencia de la de muerte nos obliga a tener una buena vida, dice la tanatóloga. Y la sentencia evoca el pensamiento de Stefan Zweig: “No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más importante, más fecunda y más alegre”.

El hecho de morir hace que la vida sea valiosa y merezca la pena ser vivida con la máxima intensidad, repite la especialista, quien acto seguido cuenta que en el Instituto buscan enseñarle a la gente a vivir sin estar atada a lo material, a encontrarle sentido a la vida. “¿Por qué lo hacemos si nos dedicamos a la muerte y a la pérdida? Porque queremos librar a las personas del sufrimiento que provoca una existencia vacía”.

El verdadero enemigo

La realidad sigue siendo que morimos, por lo cual deberíamos educar y educarnos en el proceso del fallecimiento, aprendiendo con ello a despedirnos sin temores ni ansiedades.

Con frecuencia se hace hasta lo imposible para retrasar la muerte y muy poco o nada para mitigar el sufrimiento. La muerte no es el enemigo a batir, sino el dolor, el abandono, la incomprensión que muchas veces están en los momentos previos al fallecimiento.

“La soledad es el enemigo a vencer, la falta de conexión. Muchas familias están juntas, pero no conviven. Comen en la misma mesa, pero cada quien en su mundo, en sus ocupaciones, en su teléfono… sin conversar y sin preocuparse del otro”

Ivonne Castillo Cetz, tanatóloga

Cuenta que entre sus pacientes hay padres que han perdido un hijo por suicidio y que nunca se dieron cuenta si el muchacho estaba triste o actuaba raro porque lo veían solamente a la hora de la comida, todos en silencio. O sea, nunca se conectaron con él. “Eso es triste. Tenemos que mirar a los ojos a los miembros de nuestra familia, escucharlos, estar pendientes, acompañarlos. Es muy importante estar siempre conectados unos con otros”.

No hay tanto misterio, señala. Podemos aprender a hablar de la muerte sin tapujos viviendo bien, teniendo conciencia de nuestra existencia. Sentimos temor porque nos asusta la vida y no tenemos control sobre ella.

Cuando afronto la vida consciente de que van a haber momentos malos -pandemias e inundaciones-, pero también buenos -sonrisas, abrazos, amigos- y acepta esta realidad me estoy preparando para despedirme en el momento correcto. Y la gente que me ama se va a poder despedir sin problemas: “Vivió bien, dejemos que siga su camino”.

Si no hablamos ni sabemos qué es lo que nos va a ocurrir, la muerte puede transformarse en una mala experiencia cuando no debe necesariamente ser así. Ivonne, con más de 20 años de experiencia en cuidados paliativos, asegura que podemos hacer cosas para que esta experiencia inevitable se transforme en algo más positivo, tanto para quien se muere como para quienes lo acompañan.

En la mayoría de los casos, las personas no saben cómo actuar cuando alguien cercano se aproxima al final, dice. De manera inconsciente lo abandonan. La gente que visita a un moribundo -en el hospital o en su casa- está un ratito y se marcha, porque siente pánico de que el enfermo muera en su presencia. Siente miedo y aversión, precisamente por la dificultad para afrontar el tema.

“Por culpa de esta actitud muchos enfermos y ancianos viven sus últimos días en el desamparo emocional. Pocos tienen la suerte de esperar el final rodeados de su seres queridos, acompañados por alguien que les habla, les lee y que aprovecha esa oportunidad para preparar la despedida”.

El antídoto para el sufrimiento y el miedo es el amor, la conexión, dice convencida. Conectarnos nos va a permitir que podamos decir adiós a nuestro ser querido con el corazón sano y la tranquilidad de que hasta el final hicimos todo lo que estaba en nuestras manos.

Acompañamiento

Poder acompañar a alguien en sus últimos días, desde el diagnóstico hasta el momento de la muerte, es un gran privilegio señala. “Los tanatólogos ayudamos a las personas a que vayan procesando su propio duelo -de su propia muerte- y a sus familiares a aceptar la despedida como parte de un proceso natural e inevitable”.

Y no solamente se dedican a la parte emocional, también apoyan en lo logístico, incluso ayudan a preparar el velorio que el enfermo quiere, ya que se atreven a conversar de temas que los demás evitan.

En paz

La licenciada Castillo Cetz, quien ha ayudado a morir a decenas de personas, asegura desde esa experiencia que cuando alguien sabe que le llegó la hora, la inmensa mayoría de las veces lo toma con tranquilidad y vive el proceso serenamente.

Relata el caso de una familia que acompañó a la mamá, que padecía una enfermedad terminal, en un proceso largo, de varios años. Buscaron a la tanatóloga porque habían decidido que la paciente estaría hasta el final en su casa, así que se organizaron las cosas para que no faltara nada en ese difícil proceso: visitas del médico, acompañamiento constante, apoyo emocional…

Tuvieron tiempo para recordar, compartir historias de la familia, reír y llorar juntos. “La señora murió en un estado de paz increíble. Hubo llanto, por supuesto, pero un llanto normal por el dolor de la separación, no un desgarro, porque el proceso se llevó bien, esperando el momento de manera natural. Y es que la muerte es natural…  Si hay comprensión, hay conciencia… hay paz”.

Religión

La espiritualidad, el sentimiento religioso, también es un factor que puede contribuir a una “buena” muerte, considera la especialista.  

En sus cursos, Ivonne invita a los tanatólogos a vivir intensamente su espiritualidad.

“Vivimos en un mundo light, tibio… si somos budistas somos medio budistas, si somos católicos, lo somos a nuestro modo. Eso nos confunde y nos deja sin un soporte donde agarrarnos en caso de un golpe… y la vida está llena de golpes. Entonces una persona que tiene una espiritualidad bien trabajada cuenta con muchas herramientas para manejarse en la hora de la tormenta", comenta.

Los budistas se preparan para tener una muerte pacífica. Los cristianos también, pero además se nos inculca que debemos vivir la alegría de la muerte, que es el paso necesario para encontrarnos con Cristo”

En suma, la espiritualidad es no sólo un soporte, sino una oportunidad. Le da un sentido trascendente a la muerte y a nos brinda la esperanza de que no es todo. Como escribió el pensador católico François Mauriac: “La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”. “Tenemos que aprender a despedirnos. Una persona que tiene una buena vida, disfrutará de una buena muerte”, concluye la Licda. Castillo.

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