in

La revolución olvidada

Por:   Franck Fernández Estrada(*)

Con frecuencia se dice que Luis XVI, el rey que fue guillotinado en lo que hoy en día es la Plaza de la Concordia de París y que en aquellos días se llamaba Plaza de la Revolución, fue el último rey de Francia. Nada más lejos de la realidad.

A la muerte de Luis XVI, el título de rey pasó inmediatamente a su pequeño hijo, el delfín, Luis Carlos. La historia y los revolucionarios de ese momento borraron el destino de ese niño. Su único delito era ser hijo de rey, por ende, el heredero al trono. Se le dio en custodia a un zapatero, Antoine Simón. Se dice que murió tuberculoso y de descuido, pero nunca se conocieron los detalles de esta muerte. Incluso, pasados los años, se presentarían algunos falsos pretendientes que alegaban ser el hijo de Luis XVI y de María Antonieta, salvado de forma milagrosa y rocambolesca, reclamando sus derechos.

A la caída de Napoleón, se produce en Francia lo que se llama la Restauración. Es decir, la restauración de la monarquía. Es el Duque de Vendée, hermano de Luis XVI, el que sube al trono como rey de Francia bajo el título de Luis XVIII. XVIII porque XVII fue el pequeño Luis Carlos. Luis Estanislao, el nombre de pila de Luis XVIII, no supo entender la historia reciente por la que había pasado Francia y su familia en particular. Él mismo tuvo que abdicar al trono a favor de otro hermano. Esta vez era Carlos X. Aquí mismo les señalo que tampoco fueron Luis XVIII ni Carlos X los últimos reyes de Francia.

Hoy les quiero hablar de una Revolución ya prácticamente olvidada, la revolución más corta de la historia de Francia. Esta segunda revolución francesa fue para derrocar a Carlos X, el último de los reyes Borbones de Francia. El nombre que se le da a esta revolución es “Las tres gloriosas” debido a que duró solo tres jornadas. Carlos X tampoco entendió las enseñanzas de la historia. En vez de continuar con una monarquía constitucional, sus intenciones eran reinstalar en Francia una monarquía absoluta.

En 1830 Carlos X tomó una serie de medidas que provocaron un enorme descontento. Una de estas medidas fue limitar el acceso a los ciudadanos que votaban porque, para esa fecha, para poder votar se necesitaba cumplir con toda una serie de requisitos y también pagar para ello. Otra de las medidas, la más impopular, fue eliminar la libertad de la prensa.

La libertad de la prensa es necesaria en todo régimen, de cualquier naturaleza que sea. La prensa es quien sirve de contrapeso informando al pueblo cuando existen derivas incorrectas del gobernante en turno. Pues bien, tan mal reaccionaron los parisinos al intento de abolir la libertad de la prensa, que se lanzaron a la calle. Este alzamiento comenzó en los barrios populares del este y del noreste de la capital el 27 de julio de 1830. Pronto se unió todo tipo de persona a esta revuelta: estudiantes, jóvenes sin techo, soldados, burgueses, albañiles, artesanos… todos luchaban por la libertad de la prensa. La revolución duró solo los días 28, 29 y 30 de julio de 1830. Los muertos fueron casi 1000, pagando su más fuerte tributo los amotinados.

Aún no había llegado el Barón Haussmann quien años más tarde realizaría la urbanización de París tal y como lo conocemos hoy, por lo que las calles en París eran muy estrechas y sinuosas. Con esta característica, los vecinos levantaron barricadas. Una barricada es una “muralla” que erige el pueblo y que está formada por los adoquines de las calles, por los muebles de los vecinos, por las farolas, por los árboles que se cortan para la ocasión... El objetivo es impedir o dificultar al máximo el avance de las tropas enemigas, forzosamente mejor organizadas y armadas.

Al cabo de los tres días, las cosas volvieron a la normalidad en París. Carlos X huyó de Francia y el Marqués de Lafayette propuso como nuevo rey a Luis Felipe. Pero antes quiero hablarles del Marqués de Lafayette.

El Marques de Lafayette fue un personaje que primero defendió a los reyes Luis XVI y María Antonieta. Luchó por la independencia de los Estados Unidos, donde es reconocido como un héroe nacional. A estas alturas, Lafayette había entendido las virtudes de la república y con el prestigio de su persona, a pesar de sus convicciones republicanas, propuso que Luis Felipe de la casa de Orleans fuera nombrado rey. Cierto, no fue nombrado “Rey de Francia”, sino “Rey de los franceses” lo que, si lo analizamos bien, observamos que la diferencia es sutil pero de gran importancia. El padre de Luis Felipe había votado a favor del guillotinamiento de Luis XVI, a pesar de ser su primo hermano, y el propio Luis Felipe se había destacado en las guerras que Francia había tenido que enfrentar contra los enemigos extranjeros.

De esta revolución algunos artistas, si bien no participaron directamente en ella, dieron testimonio de lo que habían visto. El joven pintor Eugène Delacroix decidió pintar un cuadro, de enormes proporciones: 2.60 x 3.25 m, al que llamó “La Libertad guiando al pueblo”. En este cuadro y en primer término vemos la alegoría de la Libertad, pero con una actitud activa, como nunca se había visto en historia de la pintura. En su mano izquierda lleva un fusil y en su mano derecha lleva un asta en la que flota la bandera tricolor. Esto porque durante el período de Luis XVIII y Carlos X se había restablecido la antigua bandera de los reyes Borbones, la bandera blanca con el escudo de la monarquía en su centro.

La Libertad pintada por Delacroix representa a una hermosa mujer con drapeados que nos recuerdan los de la Victoria de Samotracia, aunque es necesario decir que en el momento en que Delacroix pinta ese cuadro, aún no se había presentado al público parisino esta famosa escultura griega. A pesar de que los colores de la mujer que alegóricamente representa a la Libertad son más claros que los del resto del cuadro, se ve como si estuviera sucia, quizás por el hecho de estar manchada de pólvora. También tiene una mancha negra en la axila derecha que representa el vello. Detrás de ella está el pueblo, al que arenga. Se ve a un joven, con la cara de Delacroix, que por su vestimenta podemos pensar que es un burgués. También podemos ver a un campesino y vemos a un obrero de la construcción. Al fondo vemos a un estudiante de la prestigiosa y exclusiva Escuela Politécnica y más al fondo aún la catedral de Notre Dame donde ya ondea la bandera tricolor.

Uno de los personajes que más llama la atención es un niño de la calle. Lleva dos pistolas y un gorro de terciopelo negro. No podemos menos que recordar el famoso personaje de Gavroche al que más adelante daría vida Víctor Hugo en su inmoral novela Los Miserables. La Libertad y el resto de los personajes de nuestro cuadro pasan por encima de los cadáveres. Los cadáveres de los enemigos están representados como parte integrante de la barricada. Podemos ver a un soldados de la guardia suiza, soldado a sueldo como los que todavía sirven en la ciudad del Vaticano. Vemos a otro soldado al que le han robado el pantalón y dejaron al cadáver desnudo.

Este cuadro no representa la República, como algunos pudieran pensar. La República tiene nombre en Francia, se le llama Mariana. Tampoco debemos pensar que Delacroix era un revolucionario. Nada más lejos de la realidad. Delacroix era un verdadero dandy parisino amigo de la alta intelectual del momento y gran burgués. Se codeaba con Georges Sand, con Chopin, con el propio Víctor Hugo.

El cuadro fue presentado en el Salón (concurso de pintura) de 1831. Con esta obra, Delacroix quería pasar a la posteridad como lo había hecho antes de él Jacques-Louis David, que fue el pintor “oficial” de la revolución francesa y del imperio de Napoleón. El cuadro fue adquirido por el propio Luis Felipe para donarlo al Louvre.

Debemos señalar que el cuadro impactó al público más bien de forma negativa. Los comentarios eran que cómo se había atrevido Delacroix a pintar personajes del bajo fondo parisino como los únicos (o casi) participantes de Las Tres Gloriosas. Se le criticaba la forma en que había representado la alegoría de la Libertad, sucia y con vellos en las axilas. El público burgués parisino quería una Libertad más “apropiada”, como fue más tarde la Estatua de la Libertad. Por otra parte, el propio Luis Felipe consideró que no era conveniente para su régimen, por constitucional que fuera, que una alegoría (la Libertad) fuera la que dirigiera al pueblo y no un líder de carne y hueso.

De inmediato pasó a los almacenes del Louvre. Hubo que esperar el fin del régimen de Luis Felipe, él también derrocado por otra revolución y del paso del Segundo Imperio para que la Tercera República de 1871 lo expusiera como la gran obra maestra que es en el Louvre solo en 1874, 11 años después de la muerte del pintor. También es necesario decir que desde siempre el Louvre ha tenido la política de solo exponer pintores fallecidos.

Mientras tanto, tenemos ahí a la Libertad, arengando al pueblo. Esta imagen, en una composición pictórica en triángulo, ha servido de elemento a otros regímenes en representaciones que recuerdan lo que dejó plasmado Delacroix en el lienzo. También fue el propio rostro de Delacroix con su Libertad los que figuraban en los últimos billetes de 100 Francos Franceses antes de la creación del Euro. Tan osada fue considerada, que el billete de 100 Francos Franceses estaba prohibido en el Irán musulmán por la desnudez del personaje.

Aquí tenemos a la Libertad guiando al pueblo. Se encuentra en el Louvre, como una de sus más preciadas obras. Recuerde el amable lector que la dirección de este célebre museo parisino, mientras mantenía cerradas sus puertas debido a la pandemia de la Covid 19, tuvo la excelente idea de digitalizar 400 000 obras. Estas obras ahora se encuentran a la disposición de cualquiera que tenga acceso a internet y esté interesado en conocer tan inestimable tesoro. A consumir sin moderación. (*) Traductor, intérprete y  filólogo, correo  electrónico: altus@sureste.com

Analizan posible futuro político de Ramírez Marín

“Un rebrote anunciado”, urgen a acciones más enérgicas en contra del Covid