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La rosa negra

Franck Fernández Estrada (*)

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…” – Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

El hombre ha recibido el don de la palabra. De Dios dirán unos y de la evolución dirán otros. Lo que ninguno puede negar es que la palabra le fue dada al hombre para difundir y dar a conocer los más excelsos pensamientos, así como para transmitir las ideas más sucias. Si bien en la Declaración de independencia redactada por los padres fundadores de los Estados Unidos se puede leer claramente que todos los hombres nacen iguales, cuando se trataba del hombre negro, la igualdad era una palabra muy relativa. De hecho, fue esta discrepancia y forma de entender la palabra, esta vez escrita, lo que llevó a los estados del norte y los estados del sur a enfrentarse en una cruenta guerra civil conocida como la Guerra de Secesión y que duró del año 1861 al 1865. En esta guerra salieron victoriosos los estados del norte que preconizaban la eliminación de la esclavitud y la real igualdad entre hombres negros y blancos.

Pero la palabra también sirve para desvirtuar. En los estados del sur, algunos crearon leyes (conjunto de palabras) en las que se decía que, si bien los negros tenían derecho a todo, debían hacerlo por su cuenta y, por sobre todas las cosas, sin mezclarse con los blancos. Ahí surge una odiosa palabra: segregacionismo. En África del Sur esta misma idea llevó otro nombre, otra palabra, pero con la misma significación: apartheid. Otros regímenes han instaurado la segregación no por el color de la piel sino por si eres o no ciudadano del país y si puedes o no pagar con divisas extranjeras a las que normalmente no tienes acceso. Prestaciones y servicios les están vetados. La idea es: si eres extranjero y tienes divisas extranjeras tienes acceso a ciertos establecimientos, si eres nacional y no tienes divisas no tienes derecho. Aquí una vez más la palabra sirve para adornar y justificar estos actos.

Pero hoy les quiero hablar de una mujer. Negra. Una valiente mujer que un buen día dijo: – Hasta aquí. Les quiero hablar de una señora que nació en Alabama, estado del sur de los Estados Unidos, en febrero de 1913 y bautizada como Rosa Louise Turkegee. Al crecer, su familia la envió a la cercana ciudad de Montgomery para que pudiera realizar estudios. Ahí nuestra Rosa estudió en una escuela de señoritas dirigida por blancos. Blancos que no creían en la palabra segregacionismo. Su maestra, casualmente apellidada White, no solo le enseñaba las artes de una buena ama de casa, sino también sus derechos como ser humano, como habían escrito con palabras los padres fundadores.

Pronto se casó con el señor Raymond Parks del que tomó el apellido como hacen los anglosajones y comenzó a trabajar como costurera. Por su parte, Raymond era barbero. En la ciudad de Montgomery, donde vivían, en aquella época básicamente los coches pertenecían a los blancos y los negros tenían que desplazarse en camión. Camiones propiedad de blancos que creían en la palabra segregacionismo. En estos camiones, las seis primeras hileras del camión estaban destinadas a los blancos que no tenían coche. Las 6 hileras el fondo estaban destinadas a los negros y las hileras del medio pues… al que llegara primero, pero los negros tenían que levantarse y ceder su asiento a un blanco si sus seis hileras ya estaban ocupadas. El esposo de Rosa pertenecía a la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. En la asociación querían emprender alguna buena acción para acabar con estas odiosas leyes segregacionistas.

En el pasado reciente ya se había presentado el caso de una joven chica negra que, con su abuela, se mentó al camión y al agotarse los asientos para blancos, los negros sentados en las hileras del medio tuvieron que ceder su asiento. La joven en cuestión se negó, fue a los tribunales, pero pronto se supo que estaba embarazada sin estar casada y los de la Asociación entendieron que no era la persona con la que debían luchar. En esa época, los Estados Unidos vivían un periodo muy puritano y no se veía bien una madre soltera y, por demás, negra.

Y es aquí que, sin querer, un buen día, el jueves 1ro de diciembre de 1955, nuestra Rosa, cansada de una larga jornada de trabajo, tomó el camión para regresar a su casa. Se sentó en una de las hileras del centro y pronto llegó un blanco que se quedó de pie. El chofer del camión le exigió que le cediera el asiento. –No, fue la respuesta. De inmediato llamaron a la policía, la detuvieron y se preparó un juicio al que se debía presentar el siguiente lunes. Es aquí que entran en acción los miembros de la Asociación a la que pertenecía su esposo. Rosa era una mujer con una trayectoria intachable, mujer de su casa, trabajadora, todo un ejemplo. El reverendo de la iglesia protestante a donde asistían mayoritariamente los negros decidió que era el momento de llevar el caso ante la corte suprema. Por indicación de sus líderes y pastores de las iglesias, los negros decidieron llamar a un boicot de los camiones propiedad de los blancos a partir de ese lunes. Rosa Parks fue condenada a pagar 10 dólares, bastante dinero en aquella época.

El día que comenzaba el boicot Montgomery amaneció con el cielo nublado. Desde el Ártico llegaba un frente con lluvia fría y esto podría desalentar a los usuarios de los camiones a llevar a buen término el boicot. Para la sorpresa y alegría de todos, el boicot fue respetado y los negros, con sus sombrillas e impermeables, enfrentaban a los elementos y caminaban a sus trabajos y quehaceres en vez de subirse a los camiones de los blancos. Este es el momento en que sale a la palestra nacional y después internacional un personaje llamado a crear historia: Martin Luther King, pastor recién llegado a la ciudad. En su posición de pastor insistió en respetar el boicot y, desde el púlpito, cada domingo exaltaba a sus feligreses a defender la causa de una hermosa palabra: igualdad.

La respuesta de la corte suprema tardó año y medio, pero el resultado fue el esperado. Se les otorgó a los negros no solo el derecho de subir a los camiones, sino de disfrutar de todos los servicios y lugares destinados únicamente para los blancos. Fue personalmente al reverendo Martin Luther King el que una mañana subió a un camión rompiendo el boicot que tanto había ayudado a la causa de los segregados. Tengo que decir que en esos momentos la vida separada de unos y otros llegaba a incluso a que hubiera bebederos públicos para negros y para blancos, como si el agua de unos y otros no tuviera el mismo sabor. Los baños públicos estaban separados para blancos y para negros, como si el inodoro de los blancos no sirviera para lo mismo que lo utilizan los negros. En edificios públicos los negros tenían que subir por las escaleras y ascensores de servicio y en los cines había zona para blancos y otra para negros.

Durante la contienda judicial, Rosa y su esposo perdieron su trabajo y se vieron forzados a abandonar su Alabama natal para dirigirse a Detroit, donde encontraron mejores condiciones laborales. La batalla por el derecho a sentarse en cualquier asiento en los camiones de Montgomery estaba ganada, pero aún quedaban 25 años de luchas para lograr que la segregación fuera prohibida en todos los estados de la Unión. Personajes como Rosa Parks, Josephine Baker y el propio Martin Luter King fueron algunos de los que abrieron este camino. De hecho, Luter King pagó con su vida haber emprendido esta lucha por la palabra igualdad.

No lo olvidemos, la palabra sirve para enaltecer los mejores sentimientos e ideas, pero también es el medio para vehicular el mal. Démosle el uso adecuado.

Traductor, intérprete, filólogo. altus@sureste.com

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