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La soberbia del pequeño Andrés

La soberbia “es un apetito desordenado de grandeza”

Razonando nuestra fe

Por Emmanuel Sherwell Cabello (*)

Criticado en su comunidad por ser juez de todo y de todos. El pequeño Andrés juzgaba todo según su modo de ver o punto de vista. Por confiar solo en su propio querer, era caprichoso y arbitrario, buscaba realizar siempre su propia voluntad a toda costa, sin tener en cuenta la voluntad de Dios (o de los demás) y, si era preciso, aún en contra de ella. Cada que podía, usaba la acusación, la difamación, la condena. Radicalmente malagradecido.

Un día la gente le comenzó a decir que era “muy soberbio”, pero el pequeño Andrés no sabía qué significaba. Y ante la insistencia de la comunidad, el pequeño Andrés fue a visitar a los que sabían de su pueblo para tener una respuesta.

Primero visitó a Teófilo, a quién le pregunto ¿Qué es la soberbia? y él le contestó: “La soberbia es el menosprecio de Dios. Cuando alguno se atribuye las buenas acciones y no a Dios, ¿qué otra cosa hace sino negar a Dios?”.

No satisfecho, mejor visitó a Agustín el hijo de Mónica, y encontrándose con él le cuestionó ¿Qué es la soberbia? Y Agustín le sentenció: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”(...). Y le añadió: “Es un apetito desordenado de grandeza. Esto sucede cuando el espíritu se agrada demasiado a sí mismo, y se agrada a sí mismo cuando declina el bien inmutable que debe agradarle más que sí mismo”.

No satisfecho tampoco, acudió a consultar al patrón de los profesores, a Tomás. Éste le contestó: “La soberbia es el apetito desordenado de la propia excelencia”.

Ante la falta de comprensión, Tomás lo mandó a buscar a un profesor de apellido Savater, quién pausadamente le dice, “La soberbia es el valor antidemocrático por excelencia. Los griegos condenaban al ostracismo a aquellos que se destacaban y empezaban a imponerse a los demás. Creían que así evitaban la desigualdad entre los ciudadanos. Pensaban: ‘Usted, aunque efectivamente sea el mejor, tiene que irse porque no podemos convivir con un tipo de superioridad que va a romper el equilibrio social’”.

Imposibilitado de poder tener una idea clara de lo que le decían, el pequeño Andrés desistió y mejor dijo: “En estas afirmaciones o en estos comportamientos, hay mucha ingenuidad y, tal vez, una auténtica soberbia de ellos”. Y mejor se fue.

Como cristianos estamos llamados en estos difíciles tiempos a mantener nuestra firmeza de espíritu, conscientes de nuestra fragilidad. Toda nuestra grandeza está en Jesús. Seamos verdaderos, sinceros, realistas. Aprender que mi pequeñez es precisamente mi grandeza, porque así soy importante para el gran entramado de la historia de Dios con la humanidad.

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