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La solución está en el interior

Foto: Megamedia

Gaby Vargas Escritora

Todos las conocemos. Hay personas ligeras como el vapor y otras densas como el hielo. Su fluidez o falta de ella es perceptible en su presencia, sus gestos, su movimiento corporal, lo que expresa y lo que hace, pero nada la transmite con más vehemencia que su energía.

Hoy quiero compartir un principio que hará de nuestra vida algo mucho más disfrutable si somos conscientes de cómo y cuándo nos afecta. Durante muchos años di clases sobre comunicación no verbal. En aquel entonces no se hablaba sobre uno de los factores que más incide tanto en la comunicación como en la salud, el desempeño y las relaciones: la energía.

Dicha fuerza es una constante en nuestra vida, la encontramos afuera, adentro, arriba o abajo; nunca desaparece ni es estática. En el presente el tema me apasiona tanto que incluso publiqué un libro al respecto. Pero, “¿esto qué tiene que ver con mi vida?”, te preguntarás querido lector y querida lectora.

Veamos: la energía no se mueve de manera caprichosa, obedece a un principio universal con dos direcciones: o se expande o se contrae. Un claro ejemplo son el agua y el hielo. Las moléculas del agua tienen una frecuencia vibratoria determinada que depende de la temperatura. Al enfriar el agua dicha frecuencia baja, por lo que las moléculas se contraen, se condensan y ésta se vuelve más densa. El agua se convierte en algo más rígido y sólido, ¿cierto? En cambio con el calor se eleva la frecuencia y las moléculas vibran con más rapidez, por lo que se expande hasta convertirse en vapor. El elemento se vuelve más ligero y flexible. Es un principio de contracción y expansión.

La pregunta es la siguiente: ¿Qué o quién te expande? En la vida diaria hay situaciones, cosas, personas, conversaciones, pensamientos, emociones, sonidos y lugares que nos contraen o nos expanden al igual que les sucede a las moléculas del agua. ¿Tienes identificados estos factores?

Te invito a apretar el puño de la mano por unos minutos. Aprieta fuerte, sin soltar y luego intenta trabajar, hacer ejercicio o tener una conversación agradable con alguien. ¿Puedes? No, ¿verdad? La fuerza que requieres para mantener el puño contraído consume tu energía. Tu atención se divide, además de que no hay manera de esconder, disfrazar o manipular la energía que sientes por dentro. A veces, dolorosamente nos acostumbramos a vivir tan contraídos que ya ni cuenta nos damos. Sin embargo, en la comunicación no verbal el otro lo percibe inexorablemente.

Ahora, por un momento, trae a tu mente alguna experiencia con la que te hayas sentido feliz, contento y en armonía. Siéntela, revívela como si estuvieras inmersa en ella de nuevo. Siente el gozo en el corazón e inhala. En estos pequeños segundos, acabas de provocar una expansión por dentro que sana, eleva y te nutre mental y orgánicamente, además de hacer que la proyectes.

Esa es la razón por la que muchas personas son tan ligeras y otras tan densas. Sobra decir que en la contracción, la energía que generas reduce, aminora y debilita tu vida, así como la de las personas a tu alrededor. ¿Vale la pena? Irónicamente, lo natural en el ser humano es contraerse frente al dolor, los temores o las preocupaciones; cuando, de forma paradójica, es al abrirse y hablarlos que la sanación se da.

Cuando generas voluntariamente pensamientos de amor, gratitud y aceptación sin juzgar, las energías condensadas dentro de ti pueden comenzar a disolverse y a encontrar salida para ser y vivir más ligero. La solución está en el interior.

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