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La voz del Pastor

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MONSEÑOR GUSTAVO RODRÍGUEZ VEGA, ARZOBISPO DE YUCATÁN

“Yo soy quien debe ser bautizado por ti” (Mt 3, 14).

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este segundo domingo del 2020, fiesta del Bautismo del Señor, cierre del tiempo de Navidad y apertura del Tiempo Ordinario de la liturgia.

Todavía esta fiesta tiene sabor de Epifanía, pues a sus aproximadamente 30 años de edad, Jesús se manifiesta públicamente al acercarse al bautismo de Juan, para dar inicio a su vida pública, así como a su ministerio de predicación del Evangelio y realización de la salvación.

Además también se manifiesta el Padre al escucharse su voz, que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” (Mt 3, 17). Igualmente se manifestó el Espíritu Santo, que descendía sobre él en forma de paloma. Es la manifestación de la Santísima Trinidad.

Al festejar la Navidad hemos celebrado nuestro nacimiento en Cristo en la pila bautismal, esto es, la vida nueva en Cristo. Más aún, hoy hemos de celebrar nuestro propio bautismo donde el Espíritu descendió sobre cada uno de nosotros, y la voz del Padre debe haber dicho algo muy semejante a lo que dijo de Cristo en su bautismo.

De ti y de mi dijo seguramente: “Este también es mi hijo muy amado, y quiero tener en él mis complacencias”. Si hoy pudieras escuchar lo que la voz del Padre dijera de ti, ¿qué es lo que diría?

Jesús de Nazaret comenzó a manifestarse como el Cristo, cuando en su bautismo el Espíritu descendió sobre él, para señalarlo como el “Ungido”, que en griego se dice “Kristos” y en hebreo se dice “Mesíah”.

Cristo no recibió el bautismo de Juan para ser perdonado, pues nunca podría haber conocido el pecado. Más bien, se puso en la fila de los pecadores en señal de humildad y solidaridad; así como al final sería crucificado entre dos ladrones. También se bautizó para anunciar su propio Bautismo, que iniciaría cuando ascendiera a los cielos resucitado y enviara al Espíritu sobre la Iglesia.

Dice el presbítero san Hipólito: “Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable! El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres, es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras”.

El pasaje del evangelio de este domingo, según san Mateo, donde Jesús es ungido por el Espíritu y señalado por la voz del Padre, tuvo previamente una magnífica y clara profecía, misma que escuchamos en la primera lectura, tomada del Profeta Isaías, que dice: “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias. En él he puesto mi espíritu” (Is 42, 1).

El Padre no se encarnó, ni tampoco lo hizo el Espíritu Santo, sino sólo el Hijo. Pero Jesús no abandona la Trinidad al encarnarse, ni la Trinidad lo abandona a él; sino que el Padre sostiene a su elegido y el Espíritu se posa sobre él.

Su condición de “siervo” al encarnarse, no hace menos digno a Jesús; al contrario, como nuevo Adán, encuentra su máxima realización humana en la obediencia y sumisión al Padre, mostrándonos el modelo para todo ser humano que quiera experimentar la máxima libertad de espíritu, en la obediencia al Padre celestial. La rebeldía del hombre a la voluntad divina, es lo que acarrea las más grandes tragedias personales, familiares y sociales. No hay título que engrandezca más al ser humano que el de “siervo de Dios”.

En la segunda lectura, tomada del Libro de los Hechos de los Apóstoles, antes de que Pedro se convenza de bautizar a un grupo de creyentes que no eran judíos, encabezados por el centurión Cornelio, el Espíritu desciende sobre ellos, dándose cuenta Pedro de que Dios no hace acepción de personas; por lo que la Iglesia tendrá que hacerse católica, es decir, no de un pueblo, sino universal.

Pedro señala el principio de la obra de Jesús a partir de que fue bautizado por Juan en el Jordán. Ahí Dios ungió a Jesús con el poder del Espíritu Santo, y resume su obra en unas cuantas palabras: “Pasó haciendo el bien, sanando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38).

Pues bien, Dios quiere estar contigo y conmigo. Si hoy se hiciera un resumen de tu vida, ¿se podría decir que pasaste haciendo el bien? Para eso fuimos bautizados, para pasar haciendo el bien. Muchos podrán decir que no han hecho nada malo, sin embargo lo que nos hace verdaderos cristianos es pasar haciendo el bien, no sólo evitando el mal.

¡Qué contrariedad para Juan el Bautista, el recibir a Jesús pidiéndole que lo bautice, pues él hubiera esperado en cambio, que Jesús lo bautizara! En ocasiones, los ministros de Dios tenemos necesidad o al menos deseos de consuelos espirituales, y sin embargo, nos toca esperar y atender a Cristo en la persona de los que nos buscan para atención espiritual. Pidamos por nuestros sacerdotes, para que no nos falte la paciencia y la resistencia para aguardar a ser atendidos, pues también lo necesitamos.

Algunos creen que, porque Jesús fue bautizado a los treinta años, todos deberíamos ser bautizados hasta que fuéramos adultos; pero la práctica de la Iglesia desde su origen, ha sido bautizar a todos a cualquier edad, y también a los bebés, contando con la fe de sus padres. Tengamos en cuenta que los niños en Israel eran circuncidados a los ocho días de nacidos, y era cuando se les imponía el nombre. La circuncisión era para ellos, su rito de iniciación en el judaísmo, así como para nosotros lo es el Bautismo en el cristianismo.

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