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Lindbergh, la gloria

Por: Franck Fernández(*)

Hoy  día hacer un viaje en avión es algo anodino. Tanto más que, con las compañías de aviación “low cost”, los precios de los billetes de avión han disminuido… en detrimento de los servicios a bordo, dirán algunos. Hubo un momento en que la aviación estaba reservada a unos pocos que podían pagar inabordables precios para hacer un viaje en avión. Pero incluso, antes de eso, fue necesario que algunos pioneros abrieran el camino de la aviación comercial.

Cuando se declara la Primera Guerra Mundial en 1914, apenas unos años  antes  la aviación comenzaba a dar sus primeros pasos y pronto los generales de los diferentes países entendieron la importancia de dominar los cielos. Definitivamente, a pesar del inmenso precio en vidas humanas, al menos esta contienda trajo algo positivo: el desarrollo de la aviación. En el caso de  Estados Unidos, al finalizar la guerra, los aviadores fueron retirados del ejército y, como lo que sabían hacer era pilotar aviones, se dedicaron al transporte aéreo del correo y, para redondear el mes, a hacer demostraciones acrobáticas que generalmente terminaban con un bautismo del aire de los espectadores por unos cuantos dólares.

Les quiero hablar de un joven de tan solo 24 años, Charles Lindbergh. A pesar de proceder de una familia que quería que realizara estudios superiores de Ingeniería Mecánica, pronto abandonó la universidad y obtuvo un diploma de piloto. Él también era de los que transportaba bultos de cartas y redondeada el mes con acrobacias aéreas y bautizos de aire. En los viajes aéreos, las distancias se reducían con aviones cada vez más potentes. Ya algunos aviadores habían intentado unir el continente americano con Europa. Unos norteamericanos habían logrado hacerlo, pero con escalas en Terranova y en las islas Azores. Otro había logrado llegar solo a Irlanda. Para estas fechas, en Nueva York vivía un francés, Raymond Orteig, que había hecho fortuna en la Gran Manzana en el mundo hotelero. Gran admirador del Marqués de Lafayette, francés considerado héroe nacional en  Estados Unidos, y con el fin de fomentar la fuerte relación que había entre su país natal y su país de adopción después de la ayuda que habían dado los norteamericanos en la recién finalizada guerra, propuso un premio de $25,000, unos 200,000 de nuestros días, al primero que lograra conectar por aire y sin escalas las dos ciudades icónicas: Nueva York y París.

Nuestro joven Charles Lindbergh inmediatamente vio la posibilidad de participar y ganar este concurso. En la ciudad de Saint Louis tenía buenos amigos de holgada posición económica, masones como él, a los que conocía por haberles hecho participar en su bautismo del aire. Entre ellos logró reunir $13,000 a los que agregó $2,000 de sus ahorros para construir un avión que permitiera realizar esta hazaña. Este avión se fabricó en unos talleres de aeronáutica en una antigua fábrica de conservas de Los Ángeles que aún olía a pescado siguiendo instrucciones precisas del joven Lindbergh. El motor era potente y los tanques para gasolina grandes para poder alimentar durante todo el tiempo de vuelo a ese potente motor. Tan grande era el tanque que el avión no tenía parabrisas porque ocupaba todo el espacio entre la punta del avión y el piloto. Para eso Lindbergh creó un periscopio que le permitía ver hacia adelante. Así nació el avión llamado a hacer historia. Su nombre: Spirit of Saint Louis.

Voló de Los Ángeles a Nueva York y, ante la mirada entre sorprendida e incrédula de los espectadores y la prensa, después de haber pasado una noche en vela revisando los últimos detalles, salió nuestro joven desde el aeródromo Roosevelt en Long Island a un vuelo de más de 6 000 kilómetros y que debía durar más de 30 horas. El reto mayor es que el viaje era en solitario y que no podía dormir durante todo ese tiempo. Solo llevaba consigo 4 tortas, dos barras de chocolate y una botella de agua. En dos ocasiones el sueño lo venció y logró estabilizar el avión a punto ya de estrellarse contra las olas. Al pasar por encima de Irlanda lo divisaron desde tierra y por radio, que comenzaba a tener importancia en esos tiempos, se dio la noticia. Atravesó todo el sur de Inglaterra sobrevolando las costas de Cornualles y llegó al aeródromo de Le Bourget al norte de París el 21 de mayo de 1927 a las 10:30 de la noche después de 33 horas y media de viaje solitario.

En París lo esperaba una enorme multitud para homenajearlo. El embajador de  Estados Unidos en Francia de inmediato lo llevó a su residencia para que pudiera dormir. La ropa con la que viajaba tuvo que ser tirada a la basura porque había sido el receptáculo de sus necesidades fisiológicas. A la mañana siguiente, multitudes se congregaban delante de la residencia del embajador. Desde su balcón, Lindbergh le gritó al público parisino las pocas palabras que sabía en francés: Vive la France. Fue invitado por el rey de los belgas a presentarse ante el público de Bruselas y también estuvo en un corto viaje en Londres. El regreso a Estados Unidos fue en el barco Missouri y el Spirit of Sant Louis también hizo el viaje de regreso a casa desmontado y embalado en cajas.

El recibimiento en Nueva York fue apoteósico. Multitudes se agolpaban en las aceras de la ciudad para ver pasar al joven héroe al que ya le llamaban Águila Blanca. Por el Cañón de la Fama desfiló bajo toneladas de confetis que le tiraban desde los rascacielos. Allí fue donde Charles entendió que su vida había cambiado para siempre. Ya no podría ir a una tienda o caminar por las calles sin que fuera reconocida su cara por los pasantes. El empresario Guggenheim le pagó $50,000 para que llevara su avión, Spirit of Saint Louis, por las capitales de todos los estados de la unión y después se organizó un viaje por todas las capitales de América Latina. En Ciudad de México se alojó en la casa del embajador de  Estados Unidos y Charles, joven, guapo y tímido, que la fama y el poco tiempo que le dedicaba a su vida privada para encontrar una chica con quien compartir su futura vida, se enamoró de Anne Morrow, la hija del embajador en México. Pronto se comprometieron y se casaron. La luna de miel fue en Acapulco. Anne sabía que se casaba con un hombre famoso y dedicado en alma y cuerpo a la aviación. Entendió que debía adoptar los gustos de su marido y ella también se dedicó a la avión. Pronto obtuvo su licencia como aviadora.

Desde Hollywood le llegaban a Charles proposiciones para trabajar como actor, pues las mujeres amaban a este héroe delgado, rubio y de hermosos ojos azules. Como si fuera poco, con un pícaro hoyuelo en el mentón. La Paramount incluso le propuso un contrato de $700,000, una verdadera fortuna en aquella época, para que trabajara con ellos. Pero la suerte estaba echada, el futuro de Charles Lindbergh era la aviación.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo, correo electrónico altus@sureste.com

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