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Llueven aplausos a Ruth Bennett y Jesús Medina (fotos)

Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020.– Foto Ramón Celis Perera
Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020 – Foto Celis
Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020 – Foto Celis
Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020 – Foto Celis
Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020 – Foto Celis
Concierto de la OSY con director invitado y arpista solista Noviembre 14 de 2020 – Foto Celis

Al ardentísimo Beethoven, en el abolengo de la madurez e hilando gloria, le correspondió abrir y fortalecer el programa del sexto concierto de la XXXIV Temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán ofrecido anteanoche, en el teatro Peón Contreras.

Un director huésped —el regiomontano Jesús Medina Villarreal— abordó el podio para afrontar el desarrollo de un proyecto que incluía la posibilidad de rastrear entre el quehacer de un compositor mexicano actual como el poblano Eduardo Angulo y constatar el deleite que siempre nos reservan las ejecuciones de la arpista Ruth Bennett, integrante de la OSY.

El arisco sordo llamó “pequeña” a la Sinfonía No. 8 en Fa mayor Op 93 para diferenciarla de su inmediata antecesora, pero consta que le confesó a Kart Czerny, su alumno favorito, que la pieza era una de sus más amadas. Y esto se percibe con tan solo escucharla, pues es evidente el placer que hubo en los acomodos de su hechura y el gozo de abandonar regulaciones para permitirle al genio indagar a sus anchas.

En uso de potente gestualidad en sus marcajes, el maestro Medina, precavido y cauto, se afanó por una lectura amoldada al espíritu de cada segmento, con depurado ritmo y acentuación siempre atinada. Vigiló la compostura de cada sección con ojo detalladamente astuto. Así debe procederse ante una partitura nacida con afán de regocijo personal, de un Beethoven ya ubicado en la cima, que no dependía ya de las opiniones y se permite ese sereno, fecundo oasis que alabaran Wagner y Berlioz.

Así, don Jesús estabilizó los contrastes dinámicos del allegro inicial, incitó la ternura del tierno allegretto con su evocación del sonido del recién inventado metrónomo, y tras el clásico minueto, respaldó la alegre vivacidad del allegro vivace tan complejo en temas contrastantes. El público agradeció la versión con entusiasmo.

La hora del arpa

Ya fatigado de zurcir óperas, Jorge Federico Haendel quiso conservar su público londinense con los oratorios, más simples y no tan costosos. En uno de ellos, “La fiesta de Alejandro”, introdujo el Concierto para arpa en Si Bemol mayor que nuestra orquesta nos habilitó gracias al enlace de dones que se suman en las manos de la señorita Bennett.

“La fiesta de Alejandro” se estrenó en la fiesta de Santa Cecilia de 1736, cuando aún se estaba levantando poco a poco la iglesia de Itzimná. El oratorio debía ser un ejemplo de la fuerza motivadora de la música. Y por eso reproduce el instante en que Alejandro Magno, tras conquistar Persépolis, se deja incitar por la melodía del citarista Timoteo y ordena el incendio del espléndido palacio de Ciro el Grande, crimen del que luego se arrepentiría.

Es por tal razón que en los tres movimientos de su concierto, Haendel le deparó al arpa el dominio absoluto tal como ocurría en los conciertos grossos de Corelli o Vivaldi. La orquesta de cuerdas solo afianza y acompaña, boga tras el surco del instrumento angélico con atenta reverencia.

Ruth ingresa en el primer instante cobijada por un breve preludio que le deja el mando pleno. Con violines tenues, pizzicatos en los bajos, flauta muy leve, el arpa dibuja figuraciones e inocula diestra dulzura en los solos extendidos. Las manos de la intérprete nos emancipan del presente con sus trayectos armónicos.

En el tiempo lento, zarabanda quizá, pareciera como si el arpa improvisara con ánimo reflexivo cual si ansiase que su voz adquiriese la misma sugestión que la lira de Timoteo. Muy vistosa fue la cadencia que Ruth afianzó con su habitual destreza.

Ya en la conclusión, allegro moderato, minueto por el aliento danzable, la solista hermoseó los ritornellos y las minuciosas progresiones armónicas mientras la orquesta se permitía una mayor intervención que logra conducir hasta el fin con vivacidad y festivo ánimo siempre tras el imperio del arpa. Los aplausos no se hicieron esperar.

Suite mexicana

Angulo, orillando actualmente los 66 años de edad, con especialización en Holanda, ha estrenado en Europa sus obras más emblemáticas, aunque es en México donde ejercita la docencia y suele componer. Le escuchamos la Suite mexicana No. 16, originalmente para guitarra y mandolina y más tarde orquestada tal como nos fue propuesta anteanoche.

La composición prospera en los senderos del nacionalismo, aunque sin orbitar por las venas habituales, sino con ajustes formales desde eclécticos procesos. La suite está fragmentada en cinco partes, de las cuales don Jesús enalteció sobre todo la Serenata, con evocaciones de Tata Nacho, el Huapango criollo y la Polka norteña que despide la pieza. La lectura del maestro Medina fue inobjetable y recibió generosos aplausos.— Jorge H. Álvarez Rendón

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