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Lo lleva a los umbrales del gozo

Aplaudida velada con Rivero Weber y solistas de casa

Luciendo a otro par de sus elementos en oficio de solistas y basándose en textos de dos alemanes llamados Ricardo —Wagner y Strauss— así como de los rusos Tchaikowsky y Borodin, la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) ejerció el sexto programa de su XXXI temporada.

Un director huésped, Gustavo Rivero Weber, pianista y viajero por el mundo, alzó la batuta para el inicio del programa con la obertura de la ópera Rienzi de Wagner —favorita (dicen) de un tal Adolfo Hitler desde que vendía sus acuarelas en calles de Viena— dotada de un estruendoso follaje de trompetas, pero asimismo con pasajes líricos que semejan la oración del “último tribuno” antes de enfrentarse a su trágico destino en su lucha contra los nobles Colonna. Limpia y briosa versión.

Concierto breve

A los 83 años, refugiado en una villa del sur de Suiza, finalizó Strauss un breve concierto para fagot, clarinete y orquesta de cuerdas con caricias de arpa. Para apuntalar la apreciación emocional de la estructura, don Ricardo difundió una trama simple, de fábula mágica, subyacente en su creación:

Una jovencita de noble cuna, extraviada en mitad de un bosque, escucha los gruñidos de un oso, y corre perdiendo toda orientación, de modo que divaga un tanto. El oso no era más que un muchacho atrapado en perverso hechizo.

Cuando la joven se encuentra frente a frente con el oso, ocurre un portento y aquel recupera su forma natural. Ambos jóvenes —sorprendidos y un tanto enamorados— danzan con alegría.

En el primer movimiento, don Ricardo ubica al clarinete con signo femenino y predomina el motivo de la sorpresa. Es el fagot la voz fundamental del segundo instante, lleno de confusión y quejumbre. Para el final, ambos alientos se funden en frases de regocijo que redimen los pasados lapsos de estupor.

Paolo Dorio (clarinete) y Miguel Galván (fagot) cubrieron un periplo de efectiva y clara exposición del lenguaje tardío de don Ricardo, de retorno a sus clásicas fuentes, aspirando a la pureza y la simplicidad. Muy correcta la versión ofrecida por el maestro Rivero, de manera que no se hicieron esperar los aplausos para solistas y orquesta.

De un químico atraído a la composición, el culto Alejandro Borodin, escuchamos el poema sinfónico “En las estepas de Asia Central”, que fue un homenaje a la expansión rusa hacia regiones del Cáucaso, detalle político que olvidamos con el primor de la pintura musical del cruzar de un desierto por una caravana de centroasiáticos protegida por el ejército del zar.

Dos temas se presentan, el del pueblo ruso y el de inspiración oriental —melodía en el corno ingles— y lentamente se fusionan en elaborado trabajo de contrapunto. El pizzicato en las cuerdas reproduce el paso de la caravana por la desolada inmensidad. El público disfrutó estampa tan diestramente ejecutada.

Para finalizar se escuchó la Obertura “Fantasía de Romeo y Julieta” en la que Tchaikowsky dejó plasmada su versión sobre aquella afamada pareja de la cuentística italiana que finalizó por inmortalizar el británico Shakespeare para su propio beneficio de empresario teatral.

Amor y tragedia. Dos temas que predominan en la partitura e intentan unir dos orillas del sentimiento ante el destino que marca la vida de los amantes suicidas. Matices de besos y rumor de odios. Juventud engalanada de nobleza y bajo cadenas de viejos prejuicios.

Cuerdas que parecen alzarse desde los balbuceos del amor avasallante y alientos portadores de preguntas con respuesta vaga caminan entrelazándose en la magnífica pieza.

Tchaikowsky siempre lleva a nuestro público a los umbrales del gozo, así que no fue de extrañar el regocijado aplauso que se otorgó al maestro Rivero Weber y nuestra orquesta por lectura tan afortunada.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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