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Luis Eduardo Aute y la belleza que da sentido a la vida

Luis Eduardo Aute en una imagen de 2016
Luis Eduardo Aute en una imagen de 2016

No se puede vivir como si la belleza no existiera.

La belleza está en todas partes, es una descarada, una exhibicionista. Para el de espíritu entusiasta es más que obvia, para el nostálgico apesadumbrado y meditabundo igual, aunque entre uno y otro la belleza será totalmente diferente.

El primero tal vez la encontrará en una mariposa, el mar cristalino, un amanecer radiante, y el segundo en el esqueleto transparente de una hoja, una charca que refleja el mundo, una bolsa de plástico que baila en el aire y nos sigue a todas partes…

Más vale que uno descubra la belleza a tiempo, antes de que la rutina y el tedio nos conviertan en seres casi autómatas que solo desean un poco de paz mental, cosas simples como una taza de café… o una canción.

La mayoría de tus músicos favoritos tienen más de setenta años: Serrat, Silvio, Sabina… y Aute, el gran Luis Eduardo Aute, nacido un 13 de septiembre de 1943.

Con tanto homenaje por el centenario de Mario Benedetti nadie se acordó de él, a la redacción apenas llegó una lista de nombres famosos que comparten su onomástico, entre los que figuran actrices, ex presidentes, atletas, modistas, cantantes, escultores, filósofos, un premio Nobel de la Paz y el rey Felipe II de España.

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Aute falleció apenas el pasado mes de abril -diría Silvio: “Y tú pasas tocando /El frío con suave silencio /Y, ciego, te sentencio /A que nombres todo lo que ahora no sé”- y a diferencia de otros grandes que nunca escuchaste en vivo (hubiera sido genial asistir a un concierto de Charles Aznavour, por ejemplo), de él te queda una caja de klínex vacía y un boleto del metro de recuerdo.

Corría el año 2004 y en el Distrito Federal había frío, así que te enfundaste con tu chamarra de plumas de ganso y tus guantecitos negros comprados en el metro Chapultepec, a juego con una bufanda chafa adquirida en el mismo lugar. Vaya contraste.

A diferencia de otros conciertos, no recuerdas a decenas de vendedores de souvernis afuera del Auditorio Nacional (cada vez que ibas comprabas algo, de perdido un CD pirata o unos binoculares).

Voz dulce, melodiosa...

Tampoco recuerdas con precisión el repertorio, si el auditorio estaba lleno o no, si los que asistieron eran bohemios de ocasión o de corazón, debió haber sigo por mayoría los segundos porque todo mundo coreaba los temas y era un coro tan ensordecedor que a veces ya no escuchabas a Aute.

La suya no era la voz aguardentosa de Sabina ni la nasal de Silvio, era dulce, melodiosa y melancólica en sí misma, esas voces que penetran, que calan.

Todo el concierto resumía la belleza, esa que “se hunde en el asfalto” de un gran monstruo de cemento como el Distrito Federal, esa que le da sentido a la vida, aunque sea por una noche.

Tampoco recuerdas si el concierto duró “Dos o tres segundos de ternura”, si te fuiste “Al alba”, si cantó “Giraluna” (oías una y otra vez el sencillo mientras un velo de agua cubría tu parabrisas) o si lo hizo con “Alevosía”, pero lo que sí es un hecho es que con tus lágrimas estabas “Mojándolo todo”, un pañuelo tras otro, sobre todo con uno de tus temas favoritos, “Dentro”.

Música de verdad

El suyo no era un concierto con demasiada producción, vistosas coreografías o fuegos artificiales, la música de verdad no la necesita, esa que está llena de poesía y que es capaz de conmover al erudito y al que vende aguas frescas afuera del auditorio.

Ahora que piensas en su muerte, tan reciente, tan sensible aún, es inevitable la analogía con otra de tus canciones favoritas de Aute, “Polvo enamorado”, que comenzaba con un “No le temo a la vida ni a la muerte”.

Vale la pena recordar que si todos vamos a morir algún día, es mejor que sea amando.

“Y si al fin no somos mas que polvo,
Seamos polvo, seamos polvo nada más…
Mas polvo enamorado”.

Antes de Aute lo dijo Francisco de Quevedo en “Amor constante más allá de la muerte”:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

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