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María Margarita Pech Tzab celebra 101 años de vida

Fotografias de la fiesta de María MArgarita, quien cumplió 101 años de edad, el pasado 6 de enero

Agradecida con el Señor

“Mi padre me enseñó a sembrar la tierra: un día puso un puñado de granos de maíz en mi mano y me dijo ‘vas a caminar a mi lado, cada tres pasos golpea el suelo con el palo y haz un hoyo, ahí deposita cuatro granos, ni uno menos, ni uno más y verás cómo vamos a tener una buena cosecha’”, comenta María Margarita Pech Tzab, quien el pasado miércoles 6 cumplió 101 años de vida y que a pesar del tiempo  mantiene vivo aquel bonito momento con su padre en su natal Dzilbalché, comisaría de Hopelchán, Campeche.

“Soy feliz, vivo feliz, estoy aquí porque Dios lo quiere, pero cuando me llame  estaré dispuesta a reunirme con él”, asegura Margarita,   devota de la Virgen de Guadalupe y que  suele orar frente a un altar.

En casa de su hijo menor, en la colonia Sambulá,  Margarita Pech recibe a los colaboradores del Diario. Sentada en una silla de ruedas, pues una lesión en la cadera le impide caminar, su alegría aflora en cada anécdota que viene a su lúcida memoria.

Disminuida de su capacidad auditiva, María Margarita se esfuerza por entender las preguntas que se le van formulando, y cuando lo hace, da rienda suelta a la conversación en un tono alegre y festivo que nos remite al antiguo dicho popular de “la piel se arruga, pero el alma aflora”.

María Margarita nació en 1920 en Dzibalché, comisaría de Hopelchén, Campeche; siendo la mayor de seis hermanos, todos vivos. Desde pequeña aprendió a sembrar   maíz, calabaza, frijol y sandía. Ella aprendía y aplicaba lo que le  enseñaban:  cuántos granos de maíz y a qué distancia sembrar. Comparte que  algunos de sus hermanos hacían trampa: sembraban a menor distancia y ponían más granos por hoyo para terminar pronto, “pero las plantas simplemente no se daban” y ellos le echaban la culpa a las plagas por haberse comido la semilla, aunque  curiosamente las plagas nunca se comían las semillas de Margarita.

"Soy muy feliz"

“No sé por qué Dios me ha dado tantos años, pero soy muy feliz y le doy gracias”, asegura la entrevistada, quien a pesar de su edad disfruta mucho de la buena comida como  cochinita, puchero o  mondongo, siempre acompañados de sus inseparables tortillas. Desayuna y almuerza  fuerte, pero ya por las noches la cena es algo muy ligero.

Se casó con el señor  Pedro Pablo Cauich Cauich, con quien vivió en matrimonio durante  60 años.  Procrearon siete hijos, de los cuales cuatro nacieron en Campeche y los tres últimos en Yucatán cuando se mudaron. La entrevistada  tiene 34 nietos, 30 bisnietos y un tataranieto.

Su cumpleaños es un acontecimiento que une a la familia cada 6 de enero, fecha en la que, por cierto, nació su hijo Raynaldo Gaspar que ahora tiene 74 años. Por cuestiones de la pandemia del Covid-19,  en esta ocasión el festejo se limitó a la celebración del tradicional rezo del rosario por la Epifanía del Señor y al corte de la rosca de reyes con sus seres queridos más cercanos en casa de su hijo Francisco Javier, el menor.

El tren y el aeroplano

Poseedora de buena  memoria, a la mente le llegan los tiempos en que el ferrocarril llegó a su pueblo: “Nos hablaban del caballo de fuego, de un gigantesco caballo de metal y fuego que tiraba de los carros en los que viajaba la gente, yo como niña no lo podía entender   hasta que lo vi: era gigante, de metal, arrojaba humo y vapor, se alimentaba de leña, producía miedo, fue una de las primeras maravillas que descubrí”, dice.

También la llegada del aeroplano fue un suceso impactante para ella: “Veíamos pasar por el aire aquel aparato en forma de cruz;   la gente me decía ‘niña arrodíllate y persígnate ante la cruz en el aire’; yo no lo hacía, prefería contemplarlo y maravillarme”.

Margarita creía en las leyendas mayas que contaba la gente mayor, por eso cuando en su casa llegaba la noche, lo más indicado era irse a dormir de inmediato porque afuera pasaban cosas.  Para agarrar sueño, sus padres les ponían a tejer guano dentro de la casa porque en una ocasión alguien del pueblo tejía a la puerta de su casa y de la nada, de entre la tierra surgió un ser muy extraño que le asustó, “gracias a Dios nunca me asustó cosa semejante”.

Nuevas generaciones

La centenaria mujer considera que de antaño “los hijos obedecían a sus padres, éstos les enseñaban cosas, cosas que luego los hijos transmitían a sus hijos y así sucesivamente; las muchachas de antes eran muy buenas,  obedientes y trabajadoras, los muchachos también; hoy las cosas son distintas”.

Una rosa, una plegaria y su corazón es el tributo de amor que cada año otorga a la Virgen de Guadalupe. El novenario del Niño Dios a principios de cada  año es su promesa de eterna devoción, una que bien ha calado en el espíritu de la familia Cauich Pech, quienes ven en María  Margarita la bondad de Dios,  pues la sigue manteniendo entre ellos como ejemplo de fe, alegría y esperanza.—  Emanuel Rincón Becerra

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