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Mirada de esperanza

Un peregrino muestra una imagen de la Virgen de Guadalupe en su trayecto rumbo a la Basílica

Misterio de amor

Manuel Gracián (*)

En la aparición a Juan Bernardino, tío de Juan Diego, la Virgen María reveló el nombre que debía darse a su imagen: “Tequatlaxopeuh”. Los españoles, al castellanizar el nombre, encontraron fonética semejante a “Guadalupe”, la Virgen de Extremadura. El mensaje guadalupano significó el paso de un paganismo violento, con ritos humanos, hacia la mansedumbre simbolizada en la dulce faz de la virgen morena.

Cuando el papa Francisco visitó México en 2016 expresó: “Hoy vengo como misionero de misericordia y paz, pero también como hijo que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella”.

El “Nican Mopohua” (“Aquí se narra”), texto náhuatl de Guadalupe escrito por Antonio Valeriano, coetáneo de los hechos, ha sido traducido por eruditos y estudiosos: Luis Becerra Tanco (1666), Primo Feliciano Velázquez (1926), Mario Rojas (1978) y Guillermo Ortiz de Montellano (1989), Miguel León-Portilla (2000).

Todas las versiones revelan la maravillosa historia de las apariciones: hojas de espinos y nopales semejantes a esmeraldas, troncos de oro bruñido, suelo matizado de colores parecidos al jaspe...

Nuestra madre

Aparte de la maravilla del acontecimiento guadalupano, ¿cuál fue la síntesis del mensaje de Nuestra Señora? La lectura cuidadosa de las traducciones del “Nican Mopohua”, al margen de la imaginativa lengua náhuatl, puede revelarlo:

La Virgen María le dice a Juan Diego: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el creador de las personas (…) Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada en donde lo mostraré, lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres (…) porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores…

“¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija ni te perturbe…”

El 16 de mayo de 1970 san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, permaneció arrodillado en el presbiterio de la Basílica de Guadalupe durante más de hora y media. Con la mirada fija en el cuadro de la Virgen, elevó una oración: “Mostra te esse Matrem! Muestra que eres Madre (...) Si un hijo pequeño le pidiera esto a su madre, es seguro que no habría madre que no se conmoviera (...) Escúchanos: ¡yo sé que lo harás!”.

Cincuenta años después, ante el embate maligno del virus de la pandemia del siglo XXI, volvamos nuestra mirada hacia María, omnipotencia suplicante, madre del verdadero Dios por quien se vive. Esperemos contra toda esperanza; no seremos defraudados: así es el amor.

Cardiólogo. mgracianb@gmail.com

 

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