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Monseñor Rodríguez Vega celebra cinco años en esta tierra

Imagen con la que la Arquidiócesis felicitó al arzobispo de Yucatán

Celebra  su arzobispado

Monseñor Gustavo Rodríguez Vega conmemoró ayer cinco años como titular de la Arquidiócesis de Yucatán y presidió la misa del mediodía transmitida vía Facebook desde la parroquia de Nuestra Señor del Perpetuo Socorro en Itzimná.

Antes de reflexionar las lecturas y el evangelio, monseñor recordó que “cuando llegué, en la misa inaugural del inicio de mi ministerio en esta tierra del faisán y del venado, les dije que no venía a tomar posesión de mi cargo, sino para que ustedes tomaran posesión de mi persona”.

A continuación, reproducimos la homilía leída:

“Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios” (Jn 11, 27).

Hermanos y hermanas muy queridos en Cristo nuestro Señor. Hoy se cumplen cinco años de mi llegada a esta querida Arquidiócesis de Yucatán, para hacerme cargo de ella por encomienda del Santo Padre el papa Francisco. Desde el primer momento en que fui notificado de este cambio, a finales del mes de mayo de 2015, pensé que esta nueva encomienda era una gran responsabilidad por el tamaño de la población de alrededor de dos millones de habitantes, pero también por la grandeza moral y cultural de este pueblo yucateco, heredero de la historia antigua y actual del pueblo maya.

Cuando llegué, en la misa inaugural del inicio de mi ministerio en esta tierra del faisán y del venado, les dije que no venía a tomar posesión de mi cargo, sino para que ustedes tomaran posesión de mi persona.

Después de este primer lustro les pido perdón por cualquier forma en que les haya fallado, y le doy gracias a Dios por el apoyo recibido de mi obispo auxiliar, don Pedro Sergio de Jesús Mena Díaz; y al papa Francisco por habérmelo concedido; el apoyo recibido de todos y cada uno de mis sacerdotes, de los diáconos, de los religiosos y religiosas, de los seminaristas, y de todos los laicos, aún aquellos que de forma callada me hayan apoyado con su oración.

Ayúdenme hoy, por favor, a pedir perdón, a dar gracias y alabar al Señor por este magnífico don del ministerio episcopal, como sucesor de los Apóstoles en favor de ustedes.

Además, hoy celebramos la memoria de Santa Marta, la cual junto con sus hermanos María y Lázaro eran amigos de Jesús, a quien alojaban en su casa y atendían con esmero.

En la primera lectura, tomada del profeta Jeremías, podemos darnos cuenta del gran sufrimiento que él experimentó ante el rechazo de todo el pueblo, que lo despreciaba por las cosas que anunciaba, y de las llamadas de atención que les hacía de parte de Dios. El profeta expresa sus sentimientos con palabras muy intensas, como éstas: “¡Ay de mí, madre mía! ¿Por qué me engendraste para que fuera objeto de pleitos y discordias en todo el país? A nadie debo dinero, ni me lo deben a mí, y, sin embargo, todos me maldicen” (Jer 15, 10. 16-21).

Pero el Señor lo conforta y lo anima, haciéndole saber que Él no lo abandona. Dios no hará cambiar de actitud al pueblo, pero sí va a fortalecer a Jeremías. Le dice: “Si te vuelves a mí, yo haré que cambies de actitud… seguirás siendo mi profeta… lucharán contra ti, pero no podrán contigo, porque yo estaré a tu lado para librarte y defenderte, dice el Señor” (Jer 15, 10. 16-21).

Las palabras del Salmo 58, que hoy hemos proclamado, también reflejan muy bien los sentimientos del profeta Jeremías, primero de angustia ante el acoso de sus enemigos, y luego de serenidad ante la promesa del Señor de resguardarlo. Dice el Salmo: “Dios mío, líbrame de mis enemigos, protégeme de mis agresores; líbrame de los que hacen injusticias, sálvame de los hombres sanguinarios.” y luego añade: “El Dios de mi amor vendrá en mi ayuda y me hará ver la derrota de mis enemigos”.

De aquí podemos aprender que, si el Señor está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? Lo importante es estar bien con Dios, pero de veras estar bien con Él, y si los demás no lo entienden, o por eso nos rechazan, allá ellos.

El evangelio de hoy es tomado del texto según san Juan, pues es el que narra dos episodios donde aparece santa Marta con sus hermanos María y Lázaro. Hay otro episodio narrado por san Lucas (cfr. 10, 38-42), en el cual, en otra comida, Marta anda muy afanada atendiendo a sus invitados, mientras María está sentada a los pies de Jesús escuchándolo. Sentarse a los pies de un maestro significaba ser admitido como discípulo, pero Jesús era la excepción entre los maestros, pues nadie admitía a mujeres ni a niños, solamente a varones.

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