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Nada lo detiene, pintar es su vida

Foto: Megamedia

Ermilo Torre le dedica al arte 80 de sus 96 años

Ermilo Torre Gamboa tiene 96 años y sigue pintando como si nada, bueno, casi como si nada, pues por su edad prefiere hacer abstractos en vez de figurativos.

“No me pidas que pinte una cara porque me sale un disparate. Ya no puedo, ya no veo bien y la mano me tiembla”, confiesa con su voz fluida cuando se le pregunta qué está haciendo actualmente.

Son días de pandemia, pero amablemente nos invita a su hogar con motivo de la donación que hizo al Diario de Yucatán del cuadro “Coronavirus sorprende, ataca y mata”, que pintó durante la cuarentena.

El maestro, quien nos conduce a su sala donde cuelgan varias obras suyas, entre ellas el retrato de su esposa, Teresa Sierra, y una alegoría de la boda de “Marte y Venus”, asegura que ni la edad ni la pandemia le han impedido hacer lo que más ama: pintar, pintar como cuando era un niño y estudiaba en el Colegio Montejo que en ese entonces se encontraba en la calle 63 del Centro.

Allí, recuerda divertido, fue un estudiante muy malo: “En lugar de escuchar al maestro me ponía a dibujar y al día siguiente pegaba su caricatura en la pared, ocasionando risas a los demás alumnos”.

Risas y más risas, Ermilo descubrió que la pintura y el dibujo eran su vocación, la cual afianzó más cuando lo inscribieron en Bellas Artes, en tiempos del director Armando García Franchi. Allí estuvo dos años, pues luego partió a estudiar a la Academia San Carlos de Ciudad de México.

En San Carlos, donde hizo tres años “me enseñaron realmente a pintar, incluso tuve la suerte de conocer personalmente a Alfaro Siqueiros, a Diego Rivera y a su esposa Frida Kahlo”.

A Rivera lo conoció cuando fue al colegio a saludar a los alumnos; pero con Siqueiros, cuyas obras le gustan más que las de Rivera, tuvo oportunidad de platicar: “Me lo presentó un yucateco que era doctor y me llevó a la rotonda donde Siqueiros estaba pintando. Yo me subí adonde estaba y él, muy amable dejó de pintar y se puso a charlar, luego agarró el pincel y me lo pasó. Yo estaba nervioso, el me lo agarró y pintó un poco. Estuvimos platicando como media hora. Más adelante lo fui a visitar a su estudio”.

Tras su estancia en el centro del país, donde tuvo la oportunidad de hacer sus primeras exposiciones en Puebla y Ciudad de México, regresó a Mérida, ayudando en “El Paje”, el negocio familiar donde vendían artículos religiosos, hasta que un día su padre le dijo: “Me convencieron mis amigos, es tiempo que vayas a Europa”.

Su primera parada fue Madrid. Allí, un veinteañero Ermilo se dirigió al director de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con cartas de recomendación del arzobispo Fernando Ruiz Solórzano y el escritor Antonio Mediz Bolio, y un montón de fotografías.

El director, recuerda el maestro Ermilo, al ver todas las cartas, le dijo que no entraría como alumno, pues ya tenía suficientes estudios en México.

“Me puso a copiar a los grandes maestros: Murillo, Goya, Velázquez… en el Museo del Prado”, expresó.

En el museo, recuerda, había una sala de copias: “Pintar allí era un relajo. El museo siempre estaba lleno, la gente se paraba delante de ti y tenías que esperar a que se fueran para volver a pintar. Con mucha paciencia pinté varios cuadros”.

Año y medio después partió a París donde también se dedicó a copiar cuadros en el Museo de Arte Moderno, entre ellas “La ronda nocturna” de Rembrandt que hasta el día de hoy conserva en su casa. De Francia viajó a Italia donde también se dedicó a copiar y conocer.

De regreso a Mérida con todos sus cuadros arrollados, montó una exposición en una casona de la calle 59 con 64, propiedad de la familia Palomeque Pérez Hermida y que hoy es sede de una clínica del IMSS: “Fue un éxito porque nunca habían hecho exposiciones aquí”.

Mucha gente comenzó a hablar de Ermilo, quien pronto fue contratado para hacer retratos y otros temas. “Fue una época gloriosa para mí porque tuve mucho trabajo. De los años 50 a los 70 fue muy bueno”.

De hecho, le hablaron para retratar a las reinas y a los presidentes del Club Campestre, a los presidentes municipales de Mérida y a los gobernadores de Campeche y Yucatán, de la entidad, el último cuadro que pintó fue el de Ivonne Ortega.

Para entonces ya era uno de los grandes pintores de la entidad y con reconocimientos como la Medalla Yucatán que recibió en 2000.

A pesar de todo, Ermilo Torre Gamboa no se siente cómodo cuando le dicen que es grande o famoso: “Para mí es una cosa insospechada, yo pinto porque me gusta, y por eso como marido he resultado malísimo porque mi mujer me dice: tú no haces más que pintar”.

Y sí, el maestro Ermilo no ha dejado de pintar ni porque le tiembla la mano ni porque ya no ve con el ojo izquierdo ni porque en los últimos 15 años ha sufrido tres ataques al corazón, uno de ellos, después de la boda de su nieto Jorge Ermilo Espinosa, el único de sus descendientes que heredó su talento en la pintura.

“Así como me ves, todavía puedo pintar, pero cosas abstractas”, dice el maestro, quien ya perdió la cuenta de cuántos cuadros ha hecho en sus 80 años de trayectoria, pero calcula que son miles: “Y serán más porque seguiré pintando. La pintura es mi vida”.— Jorge Iván Canul Ek

 

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