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Noche de grandes epopeyas

Un momento que anteanoche ofreció la Orquesta Sinfónica de Yucatán

Salvador Navarro y la OSY se unen majestuosamente

Si se disfrutó el octavo concierto de la XXXII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán fue por los significativos ejemplos del obrar de tres músicos: los alemanes Johannes Brahms y Richard Strauss y el amado ruso Piotr Ilich Tchaikowski.

Al escenario del teatro Peón Contreras arribó anteanoche el destacado cornista español Salvador Navarro, quien siguió los signos de batuta del director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, en la parte medular del programa.

Este dio comienzo con la Obertura para festival académico con la que don Johannes, a veces irónico y desbordado en bromas, agradeció la recepción de un grado honorario de doctor deslizando esta pieza cuya aparente solemnidad pretende conciliar autoridad y libertad de espíritu al incluir, junto a temas severos, un famoso himno juvenil (“Gaudeamus igitur”…Alegrémonos). En la lectura de esta mezcla de cielo y tierra el público advirtió aplomo y pulcritud rítmica.

Concierto de corno

Algo decepcionado quedó don Ricardo tras la composición juvenil de su alegre Concierto para corno No.1, pues su señor padre, cornista celebrado en Baviera, se negó a ejecutarlo pese a la amorosa dedicatoria de su audaz vástago con el alegato de complicaciones técnicas que lo ponían en zozobra.

Sólo hasta 1942, ya en avanzada madurez, Strauss repitió el intento con el No. 2 en Mi Mayor como un deshogo ante graves preocupaciones vitales como la enfermedad de su esposa y peligro que una de sus nueras corría de ser deportada a un horrendo centro de exterminio por ser judía.

Navarro —con las exigencias del profesionalismo— discurrió por los tres movimientos de la pieza en firme comunión con nuestra orquesta, afirmado en la tibia, germinadora voz de su instrumento, bien amado por, entre otros, Mozart y Beethoven.

Gran introducción la del Allegro. Rapsódico avance, de lucimiento, del instrumento solista hasta que, en sociedad con la orquesta, fragua una serie de elaboraciones de la idea fundamental. El corno retorna para una segunda parte, de triste pulso y acento incrustado de reflexiones, en la que don Salvador fue sustantivamente convincente.

Con el ímpetu colaborador de sus hermanos de aliento, el corno amengua sus ímpetus en un Andante que se desliza con tintes de canción, pero en el Rondó final retoma bríos con uno de los más gloriosos temas diseñados por don Richard.

La habilidad de Navarro fermentó el generoso dialogismo con la orquesta y nos atrajo hasta ese instante, de verídico climax, en que los otros cornos secundan al solista y redondean la repetición temática.

Los aplausos del público para don Salvador y nuestra orquesta fueron prolongados y demostrativos.

Pequeña Rusia

Ucrania es ahora independiente, pero antaño se le conocía como una región rusa riquísima en folclore y poseía el sobrenombre de“pequeña Rusia” porque, dentro de sus fronteras, podían hallarse muchos rasgos del espíritu eslavo en forma clarísima. En una finca ucraniana de su hermana, Tchaikowski compuso su Sinfonía No. 2 en Sol bemol.

Trompa y clarinete inician el dibujo de un Andante cuya estrategia contempla dos temas. El primero, melancólico, evoca las evoluciones del río Volga; el segundo, muy lírico, deja campo al esmero de las cuerdas y algunos traveseos del oboe antes de un desarrollo pleno de colorido que le fue muy alabado al autor por sus pares.

Es puro gozo el siguiente Andantino marcial que utiliza en su estructura una antigua marcha nupcial de don Piotr y una canción ucraniana nombrada “Hilando en la rueca”.

Es difícil no dejarse contagiar por la precisa y amorosa ritmicidad del maestro ruso que amaba los sones populares dondequiera que los escuchara.

Tras un nervioso Scherzo con una sección poblada de variaciones escuchamos el hermoso instante final-Moderato, cuyo primer tema, vivaz, proviene de otra canción de Ucrania llamada “La grulla” y es seguido por otro más intimista. Ambos se combinan en un lozano desarrollo que desemboca en plenitud, como si de la hierba creciesen infinitos girasoles. Muy aplaudida fue esta versión del maestro Lomónaco.— Jorge H. Álvarez Rendón

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