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Presentan en Campeche el poemario “Pesadumbres”, de la yucateca Verónica Rodríguez

Los escritores Verónica Rodríguez y Adolfo Calderón Sabido en la presentación de "Pesadumbres". Fotos: Cortesía
Los escritores Verónica Rodríguez y Adolfo Calderón Sabido en la presentación de "Pesadumbres". Fotos: Cortesía
Los escritores Verónica Rodríguez y Adolfo Calderón Sabido en la presentación de "Pesadumbres". Fotos: Cortesía
Los escritores Verónica Rodríguez y Adolfo Calderón Sabido en la presentación de "Pesadumbres". Fotos: Cortesía

En el interior del libro hay una fotografía. En ella se aprecia un lugar desolado dentro de una tienda que tal vez acaba de cerrar para siempre; en la imagen, un maniquí roto, de mujer, que quizá los empleados olvidaron. Ahí yace, inmóvil, con una luz tenue que casi proyecta una sombra en la pared. Ahí está su rostro, los ojos abiertos, la nariz, los labios y el cuello. Lenguaje de un cuerpo que sólo puede ser leído con la intuición.

— ¿Qué te pareció el librito? —preguntó Verónica.

—No lo he leído aún —mentí.

Lo cierto es que lo leí desde el momento en que lo tuve entre mis manos, luego de cerrar la puerta de su auto que aún mantenía el aroma del último cigarrillo.

De Verónica conozco el estilo violento de los cuentos que forman parte del libro Somos los mismos… ¡Desnudos! y de otros aún no publicados.

¿Qué hizo ahora ella con la poesía?

Lo primero que encuentro es que ésta no se trata de poesía de encantamientos mágicos; no es inánime: es beligerante y se desliza con movimientos pasionales. Se trata de un poemario que desde el título de cuatro sílabas, Pesadumbres, nos anticipa lo que encontraremos en el interior.

Pesadumbres, un dejarse llevar por las imágenes; pesadumbres de las huellas descarnadas de los días; pesadumbres de emociones que huyen al solar en el poema Llora el almendro.

En la poesía de Verónica las emociones arden y también navegan en ríos de sangre. Un hombre de figura geométrica no deja jugar al niño en su interior y las imágenes de Sálvate crean desolación en laberintos podridos.

El diseño del libro es digno de colección; diseñado como una pieza artística que abre con un epígrafe de Rubén Darío y que cierra con un ¡ya la mataste, pendejo, ya la mataste!

El ritmo de los versos no se asemeja para nada a una danza clásica, es más como el baile de Uma Thurman con Jhon Travolta en la película  Pulp Fiction.

En algunas charlas he escuchado a Verónica hablar sobre su libro, no le crean nada si les dice que ella no sabía lo que estaba haciendo cuando lo trabajó. Verónica siempre sabe lo que hace, la pregunta es ¿por qué y para qué lo escribe? Quizá para conversar con un amigo sin rostro, tal vez para sobrevivir, acaso para disfrutar de la vida o desquitarse de ella como lo hacían los goliardos.

Verónica no es alguien que se llame a sí misma escritora y tampoco tiene una pluma estéril. Verónica crea, emociona, irrita y siempre logra sorprendernos.

La creación y la reflexión sobre la vida es lo que impulsó a Octavio Paz, tal como lo señala él mismo en su libro La casa de la presencia. Asimismo, Verónica tiene en la creación y la reflexión los vasos comunicantes de sus poemas. André Breton afirmaba que, por sí misma, la poética es revolucionaria: basta leer el poema Lo que pienso de ti para darnos cuenta que eso es lo que encontramos en los versos de Verónica. Su lírica es una luz tenue en un lugar desolado, la penumbra en una tienda que acaba de cerrar, una luz tenue que acaricia el cuerpo de una mujer rota que los empleados quizás olvidaron para siempre.

La poesía no es para defenderla, mucho menos para explicarla. Tal vez sólo es una desatada necesidad de plasmar Pesadumbres en el tiempo.

*Texto leído por su autor, Adolfo Calderón Sabido en la Feria del Libro de Campeche el pasado 26 de octubre.

 

 

 

 

 

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