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Remembranzas del Dr. Fernando Dájer Hanum

16 de agosto del 2014 SOCIALES Forum Mayan HallEntrega de Reconocimiento a la Clinica Merida. OJO EL CONTACTO INDICO LAS FOTOS Y EL IDENTIFICA LAS FOTOS. foto. Adriana Carrillo Aleman

Por: Jorge Elías Razú Dájer

El Doctor Fernando Elías Dájer Nahum nació el 25 de mayo de 1944 en Mérida, siendo el quinto de nueve hijos de una pareja de libaneses.

Estudió con los hermanos Maristas y cuando terminó la preparatoria decidió estudiar Medicina. Cuentan sus condiscípulos de la época que no presentaría Anatomía hasta que estuviera seguro que su calificación sería de 100. Y así lo hizo, ya que preguntaba que cómo era posible ser médico sin conocer todas las partes del cuerpo humano.

Algunos de los premios que ganó académicamente en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yucatán (antes de que fuera Autónoma) fueron el “H Robbins” y el “Cabalan Macari”.

Al concluir su carrera en la Facultad, consiguió su residencia en el prestigiado Hospital de Nutrición de Ciudad de México, donde estudió la especialidad de Medicina Interna, Gastroenterología y Endoscopia.

A finales de los años 70 regresó a Mérida y abrió su consultorio en la Clínica de Mérida, donde empezó a dar consultas y hacer las primeras endoscopias y colonoscopias con el endoscopio flexible con cámara, una innovación para esa época.

Rápidamente se ganó la confianza de los pacientes por su don de gente, carisma y en especial por su ojo clínico para dar diagnósticos precisos.

El Dr. Dájer, hermano de mi mamá, fue una persona generosa con los demás, siempre ponía en primer lugar a los pacientes, por lo que atendía a personas de muchas partes del Sureste de México incluso de Centroamérica.

En una ocasión me habló por teléfono un sábado a las 5 de la tarde preguntándome si a mi hermano y a mí nos gustaría ir al concierto del tenor Luciano Pavarotti en Chichén Itzá porque tenía dos boletos que no iba a utilizar. Al preguntarle cómo había conseguido los pases me dijo que el director de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, se los había mandado en reconocimiento a que dos años atrás lo había ayudado con un problema de salud en una estancia en Mérida.

Era una persona muy generosa, realmente amaba al prójimo, incluso le cuestioné por qué cobraba tan barato en comparación con otros médicos y él me respondió: “a la gente hay que ayudarla”. Él siguió la escuela de los Doctores Laviada Arrigunaga: ayudar a los más necesitados. Incluso sus secretarias cuentan que cuando un paciente salía del consultorio él les hablaba por su intercomunicador y les decía que no le cobraran. En otras ocasiones, los pacientes salían con la receta con un billete pegado para que compraran sus medicinas o para hacerse algún estudio; realmente era extraordinario en su vida cotidiana y como médico.

En su consultorio siempre tenía pegado en su puerta un Popeye para recordarnos que siempre podíamos sacar fuerzas para superar las adversidades, también tenía un cuadro de Jesús Médico porque sabía que Dios era el que curaba y que el médico era solo su instrumento.

Tenía un trato humano con sus pacientes porque si notaba a la gente nerviosa o con miedo, procuraba calmarte con bromas; pero cuando atendía situaciones más graves tenía palabras de aliento como “no te aflijas”; siempre tenía palabras que daba esperanza, tranquilidad y paz.

Recuerdo que en mayo de 2014 mi esposa tuvo dolores abdominales y decidimos llamarle, él nos indicó unas medicinas y nos pidió que le llamemos ocho horas después para saber si había tenido efecto. Como era un sábado en la tarde, a nosotros nos dio pena molestarlo en fin de semana, pero él nos calmó diciendo que no sabíamos a cuántas personas había atendido en madrugada en la clínica. Mi esposa siguió con las molestias el domingo y el lunes decidió ingresarla, a pesar de la negativa de mi esposa. Al final, mi esposa tuvo peritonitis (un divertículo en forma súbdita se había perforado) y solo por el seguimiento que le dio le salvó la vida.

El día que se dio de alta a mi esposa, la familia le había organizado una cena con motivo de sus 70 años de edad. Lamentablemente nosotros no pudimos asistir porque a mi esposa le recomendaron reposo, pero mis familiares me comentaron que durante la cena, todos hicieron un círculo y cada uno se puso frente a él para decirle todo lo que sentía; no puedo explicar en estas líneas todos los sentimientos que le expresaron.

El Dr. Dájer estuvo 11 años como jefe de urgencias, quizás fue lo que más lo desgastó pero también fue el tiempo que estuvo más próximo al prójimo ayudando en todo momento. Cuando le pregunté si le pagaban algún dinero extra por ser jefe de urgencias, él solo me dijo “es un cargo honorario y se hace para ayudar”.

También le preguntaba por qué no tomaba vacaciones, él me decía “¿y quién atiende a los pacientes?”, ya que muchas veces la clínica se quedaba sin doctores, ya fuera por vacaciones, puentes, congresos… pero el Dr. Dájer siempre estaba ahí para el que lo necesitara.

Más de 40 años estuvo en el ejercicio de la Medicina, siempre con una cara amigable, siempre tendiéndote la mano, era muy querido por sus colegas, por las enfermeras, los camilleros, los mozos y personal de limpieza y administrativos.

Cuando terminó la misa de cuerpo presente en Nuestra Señora de Líbano y a iniciativa de unos doctores y sabiendo que el cortejo para la cremación pasaría por la Clínica de Mérida, no dudaron en pedir que se hiciera una parada en la entrada principal de la clínica; es indescriptible lo emotivo que estuvo ver a tantos trabajadores entre enfermeras, jefas de piso, camilleros, mozos, personal administrativo, doctores y demás dándole un largo aplauso, ver lágrimas sinceras de la gente que convivía con él en el día a día. Durante los funerales veías cómo las personas sentían que se habían quedado huérfanos.

Son incontables las anécdotas que vivió el Dr. Dájer sirviendo a los demás en el ejercicio de su profesión pero sin lugar a dudas las de sus últimas semanas son el mejor ejemplo de cómo Dios cuida a los que son leales a Él.

Cuando le diagnosticaron el cáncer gástrico tres semanas antes de partir (parece ironía que lo que tantas veces ayudó al paciente le tocaba a él, pero como el diría, “así pasa”), no tenía ningún síntoma grave, de hecho nunca tuvo dolor y tampoco se daba cuenta de lo que estaba pasando. Él se fue un jueves y apenas el martes anterior una de sus hermanas le llevó un sacerdote para recibir el sacramento de la Unción de los Enfermos, dos días después alrededor de las 6 p.m. partiría.

Si nos preguntaran cómo nos gustaría que sea nuestro último instante en este mundo, diríamos que durmiendo, sin sufrir y sin darnos cuenta, pues la forma que se fue él supera todo eso: estando sentado mirando la televisión en su recámara, en un momento determinado, empezó a mover la cabeza y en cuestión de instantes, cuenta mi primo y el enfermero que lo cuidaba, que levantó los ojos, cruzó su dedo índice y el pulgar en forma de cruz y empezó a persignarse, y haciendo el movimiento de la frente hacia abajo cuando decimos “en el Nombre del Hijo”, se fue.

El sacerdote que le dio la Unción de los Enfermos cuenta que lo que mi tío hizo fue una reverencia porque vio algo en el instante mismo antes de partir. El sacerdote vicario de María Inmaculada me comentó que solo sabía de otra persona más que justamente antes de morir tuvo la misma experiencia.

Cuando mi primo me contó los detalles de lo que acabo de narrar, yo solo alcancé a decirle con la piel erizada: “primo, tuviste el regalo de ver a una persona que vio el cielo”. En el justo instante antes de morir, mi tío estuvo en la Tierra y en el cielo al mismo tiempo.

Los que creemos y estamos formados en la fe cristiana, todo toma sentido al escuchar cómo se fue él y es que todas las personas que conocen esta anécdota dicen que tuvo una muerte de justos (sin sufrir viendo a Dios).

El Club Libanés de Mérida lo honró con el Premio Cedros (el máximo galardón que se le da a las personas de la comunidad libanesa que han hecho algo notable), él, siempre humilde, decía “¿para qué me lo dan, no he hecho nada extraordinario?”.

Siempre fue una persona sencilla, generosa, su gran amor eran sus hijos y junto con su esposa, formaron una familia especial.

Luego de su muerte muchas personas resaltaron sus virtudes como médico y como ser humano, incluso Gonzalo Navarrete Muñoz (cronista de la ciudad) dijo en un vídeoblog que la ciudad de Mérida debería poner alguna calle con su nombre. Si se permite sugerir, propongo la segunda calle nueva que mi abuelo, el papá del Dr. Dájer, siempre pidió que fuera peatonal (como ahora ya lo es), quizás esa calle podría tener su nombre.

Termino con una de las frases que muchas veces me decía el Dr. Dájer: “ten fe que Dios está contigo”.

Mi tío se fue con Dios el 5 de diciembre de 2019. Descansa en paz, ¡Nos vemos pronto Doc!

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