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Sus casas de campo los protegen de la pandemia

Un hombre se distrae realizando tareas de campo en su dacha

Los rusos dejan la ciudad y disfrutan de su nueva vida

MOSCÚ (EFE).— Las dachas o casas de campo rusas se han convertido en el mejor refugio contra el coronavirus. Casas de madera con amplios jardines, aire puro, lagos cristalinos, ausencia de aglomeraciones y distancia social garantizada.

“Nunca había pasado tanto tiempo en el campo en toda mi vida”, comentó Dmitri, un pensionista quien tiene una dacha a unos 50 kilómetros de San Petersburgo.

Tradicionalmente, los rusos descansan en las dachas en verano, ya que esas viviendas, con honrosas excepciones —hay dachas de hormigón o de ladrillo—, no están acondicionadas para soportar el crudo invierno.

Pero 2020 ha sido una excepción en todos los sentidos. La pandemia empujó a mucha gente al campo, especialmente a los más mayores, a los que el Gobierno ruso confinó en sus apartamentos en las grandes ciudades.

La alternativa era pasar el temporal epidémico en el campo, a lo que contribuyó el pronto fin del invierno y el hecho de que la primavera fue mucho más cálida de lo habitual por estos lares.

Desde finales de marzo las dachas se llenaron de gente, que no tiene intención de volver a la ciudad hasta que las temperaturas bajen de cero grados.

Muchos padres enviaron a sus niños a la dacha con los abuelos, ya que las escuelas cerraron y la educación a distancia fue la norma en todo el país hasta junio.

“Es el mejor verano que recuerdo. Nunca hubo tantos niños con los que jugar”, reconoció Dani, de 12 años, cuyos abuelos tienen una dacha cerca de la histórica ciudad de Gátchina, en la región de Leningrado.

Uno nunca se aburre en la dacha. Y si hace buen tiempo, los niños andan varios kilómetros hasta el lago más cercano. El agua está fría y hay muchos mosquitos y tábanos, pero el lago está limpio, no hay fábricas cerca y es seguro.

Los médicos consideran que las probabilidades de contagiarse en el campo son mucho menores que en la ciudad, aunque es verdad que existe el inconveniente de que los servicios sanitarios son en muchas ocasiones insuficientes.

Los inquilinos de las dachas se conocen desde hace años y suelen invitar a sus casas a personas de la máxima confianza. Como es el caso de Liubov, a la que le gusta reunirse con sus amigas en su jardín, mientras su nieto corretea por la hierba.

Al contrario que en las ciudades donde la gente se toma el uso de mascarilla y guantes con mucha relajación, en el campo las reglas son mucho más estrictas.

En las únicas tiendas de la zona no se puede entrar sin mascarilla y sorprende que, en comparación con el metro en Moscú y San Petersburgo, en el autobús todo el mundo sin excepción se cubra la boca y la nariz.

Además de la seguridad sanitaria, también influyó en el éxodo urbano la decisión del presidente ruso, Vladímir Putin, de conceder vacaciones retribuidas a sus conciudadanos.

“Ha sido una bendición. Vivir en la dacha y cobrar sin trabajar. Me apunto todos los años”, señala muy risueña Masha, quien trabaja en un teatro en la antigua capital zarista y que trae unos amigos un caldero lleno de frutos silvestres que ella misma agarró en el bosque.

Alma campirana

En la dacha siempre hay cosas que hacer. Sveta recoge cada día lechuga y tomates del huerto para preparar una ensalada. “No quiero volver a la ciudad. Me ahogo en mi apartamento”, comenta.

Este año no hay fresas, pero sus nietos le ayudan todos los días a recoger frambuesas y otros frutos silvestres, cuyas vitaminas son fundamentales para fortalecer el sistema inmunológico de cara al invierno.

Liubov prefiere cortar la hierba con su cortacésped y cuidar sus árboles frutales, mientras Katia no tiene tiempo para pasatiempos. Casi todo el territorio de su dacha está trabajado y tiene varios invernaderos.

La venta de artículos para la dacha se dispararon en los últimos meses, sean herramientas, césped, piscinas, utensilios para barbacoa, fertilizantes o muebles para el jardín.

Hay dachas que parecen mansiones y que cuentan con baño ruso, parque infantil y aparcamiento, y otras mucho más modestas con las letrinas en una pequeña caseta.

Según las agencias inmobiliarias, los rusos que optaron por comprar una dacha aprovechando la pandemia eligieron, por regla general, propiedades situadas a más de 100 kilómetros de las grandes ciudades.

Cuanto más lejos de la ciudad, más lejos del virus, piensan los rusos.

Dicen los historiadores que la palabra dacha tiene su origen en las tierras que Pedro I (1672-1725) concedía a sus principales asistentes para que descansaran a las afueras de la capital imperial, San Petersburgo.

Dacha, que provendría de la palabra “dats” (dar, conceder, regalar), era algo exclusivo de la nobleza hasta el siglo XIX, cuando cada vez más gente podía acceder a una segunda residencia.

Esa tendencia se vio frenada con la llegada al poder de los bolcheviques, que restringieron las dachas para los dirigentes del partido y más tarde para ciertos colectivos de trabajadores.

Las casas de campo vivieron su boom tras la muerte de Iósif Stalin (1953), en un intento de combatir la escasez de verduras y frutas.

Aunque el partido prohibía la propiedad privada, cada ciudadano soviético podía obtener una tierra de 600 metros cuadrados como máximo donde construir una casa de una sola planta y cultivar los productos que considerara necesario en su huerto.

Con la caída de la URSS y, especialmente, con la recuperación económica de los años 2000, las dachas crecieron como hongos después de la lluvia y son muchos los rusos que huyen todos los años del frenesí urbano con destino al campo.

 

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